lunes 18 de mayo 2026
VenezolanosHoy
Alfredo Álvarez:Opinión

La segunda muerte de Carmen Teresa, por Alfredo Álvarez

La noche de este domingo, justo cuando regresábamos de una actividad política en el interior del estado, a la cual fui invitado como observador, fui nuevamente conmovido por la tragedia de Carmen Teresa Nava. La persona responsable de invitarme, es un médico amigo, recién liberado en su condición de preso político, y el cual desarrolla una muy intensa tarea de organización en las filas de la oposición democrática. Mientras conversábamos animadamente sobre las perspectivas de cambio y transición que se dibujan en el horizonte político venezolano, una tercera persona que nos acompañaba revisaba con fruición su teléfono, porque en esa área de la autopista ya tenía cobertura. 

Era obvio que padecía de un justificado síndrome de abstinencia noticiosa, el cual trataba de superar con frenética devoción. De repente, la joven colega soltó como un petardo la ingrata noticia: Ha muerto la señora Carmen Teresa Nava. Yo me congelé y un amargo sabor desplazó la sensación de plenitud que experimentaba por todo lo visto en ese día de una frenética actividad política. Recordé que había escrito un artículo largo y extenso donde pedía conocerla para abrazarla y decirle lo mucho que yo sentía el dolor por el cual ella había transitado. La joven periodista, amplió los detalles, que no eran muchos; pero mi amigo, que recién ha sido liberado de las ergástulas del régimen, rompió en llanto. No se contuvo.

Después de un rato en silencio, logramos retomar el hilo de nuestra conversación y él me dijo: “Lo que pasa es que yo lo siento distinto a ustedes porque yo estuve allá en ese averno. Yo sé lo que en verdad lo que sucede allá adentro. Ustedes lo ven desde afuera, se hacen solidarios y lo hacen muy bien, pero yo sé lo que eso significa: Es la muerte. La inmerecida muerte. La manera más absurda y ruin de morirse, y vale decir que, como médico, tengo una idea de lo que les estoy diciendo. Ofreció excusas por su reacción, pero yo acoté que no era necesario.

Nuestro silencio fue un signo de respeto solidario y de una solemne conmoción por su emotiva reacción. Durante el día habíamos hablado con algunos presos políticos presentes en las actividades que fueron convocadas y descubrimos cosas realmente dramáticas. En Barquisimeto, en un centro de reclusión que está en la esquina de la avenida Carabobo, en el sector “Pataépalo”, a las personas que concurren allí a visitar a su familiar detenido se les obligaba a pagar una “contribución parafiscal” -por pago móvil- hasta una cuenta privada -de 5 dólares equivalentes en BCV tasa del día- para poder llevar a cabo su visita. Un cover obligatorio con un insondable destino.

Otra presa política, nos confesaba temprano, cómo la disciplina interna del pabellón donde fue ubicada estaba condicionada por el alto riesgo de morir a manos de un compañero de celda. Todo en un episodio demencial, súbito, normalizado, donde se había malinterpretado el sentido del poder, la justicia y el orden. De alguna manera, ese redentor oscuro –el pran-  sentía como un atributo poseer la potestad de asesinar con absoluta impunidad a quien contradijera el rigor del orden interno. Esa norma de facto que imponía como normal esa arbitrariedad llamada lógica carcelaria. Razones suficientes para gestar un tsunami de indignación colectiva.

Pero este dolor que inundó la cabina del auto en que retornábamos a la ciudad era distinto. Se trataba del dolor de una madre que estuvo caminando por todo el país, tocando las puertas de todos los centros de detención que contenían presos políticos para preguntar por el paradero de su hijo. Una madre humilde, octogenaria y cansada, haciendo un esfuerzo sobrenatural en busca de una certificación de vida que le indicase que su hijo estaba allí. Él, no podía respirar los aires de la libertad, pero a ella le hubiese bastado tener la confirmación, la certeza de que su hijo aún vivía. Ese tránsito, conscientemente, duró nueve meses. Y cuando por fin se consumó la declaración de impunidad que reconocía haber asesinado a ese joven, ella esperó de manera prudencial no más de quince días para también morir y cerrar de esa manera un patético y trágico ciclo.

Recordé que días antes -posiblemente una semana, no más tiempo después de la liberación de Henry Alviarez- nos vimos obligados a coincidir en la funeraria para expresarle nuestro pésame por la muerte de su mamá. Henry estuvo dos años detenido injustamente por ser el responsable de la organización de un movimiento político tan importante como Vente Venezuela. Recién salido de la cárcel, a pocos días de ser liberado de una injusta prisión, su madre rindió su aliento postrero. Ese desangelado evento nos conmovió de una manera terrible y total. La cifra no oficial de fallecidos en cautiverio por ahora trepa hasta los 16 casos. El médico amigo me asegura que pueden ser muchos más.

La muerte cruel de un hijo suele quebrar a una madre en todas sus dimensiones: emocional, física, relacional y de sentido de vida. Es una de las experiencias humanas asociadas al mayor nivel de sufrimiento medido y descrito por la psicología del duelo. Se rompe el proyecto de futuro. Muchos padres describen que cuando muere un hijo “se pierde el futuro”, porque lo que desaparece no son solo recuerdos sino todo lo que se esperaba vivir con ese hijo. La muerte cruel -violenta, inesperada, evitable- añade un componente de injusticia y absurdo que hace mucho más difícil aceptar lo ocurrido. La experiencia se vive como “contra natura” y como una violación del orden básico de la vida.

Culpa, impotencia y autoacusación  

Es muy frecuente que la madre sienta que ha fallado en su rol de protección, incluso cuando racionalmente sabe que no podía haber evitado lo ocurrido.  Esta culpa puede ser difusa (“debí ver las señales”, “debí insistir más”) o muy concreta (pensar una y otra vez en una decisión que podría haber alterado el desenlace), y alimenta pensamientos intrusivos que reescriben la escena de la muerte una y otra vez. El estrés extremo del duelo se manifiesta en pérdida de apetito, insomnio, cefaleas, cansancio físico y mental, alteraciones del sueño y de la concentración.  Se ha descrito el “síndrome del corazón roto” (miocardiopatía de takotsubo), donde un shock emocional intenso puede afectar el funcionamiento del corazón, ofreciendo un correlato fisiológico a la sensación de que “el corazón se ha roto”. Cuando el dolor se prolonga sin apoyo, puede derivar en una depresión severa o en un duelo complejo persistente, con deseos de muerte, ideas de “unirse” al hijo y un deterioro general de la salud de la madre 

Aproximadamente un 20% de los padres que pierden un hijo desarrollan un duelo complejo persistente. Un dolor intenso que no disminuye, dificultad para aceptar la realidad, ira, aturdimiento, soledad extrema y deseos de morir. En estos casos, es relativamente frecuente la presencia de pensamientos de hacerse daño o de “irse con el hijo”, lo que aumenta el riesgo de suicidio y de conductas de abandono (dejar de comer, descuidar la salud) que también acortan la vida. 

Muchas madres sienten que “la vida continúa, pero como desde lejos y sin motivación”, como si seguir vivas fuera doloroso en sí mismo, lo que repercute en el vínculo con otros hijos, la pareja y el entorno.  La dinámica familiar se altera, puede haber sobreprotección extrema hacia los otros hijos, conflictos de pareja, aislamiento social o, en el otro extremo, una hiperactividad que intenta evitar el contacto con el dolor. 

Los especialistas señalan que el dolor nunca se va del todo, pero puede volverse menos agudo y más habitable con el tiempo. El objetivo no es “olvidar” al hijo, sino aprender a vivir con su ausencia. Muchas madres encuentran alivio parcial en grupos de duelo con otros padres; señalan que solo allí se sienten realmente comprendidas, porque quienes no han pasado por algo similar tienden a minimizar o a dar consejos que hieren. 

María también murió en la Cruz.

La imagen de una madre que muere, literalmente o simbólicamente, consumida por el dolor de la muerte de su hijo es un motivo muy antiguo, con raíces míticas, literarias y también médicas. Ese tránsito del duelo extremo al colapso vital de la madre atraviesa la cultura como una forma de decir: “este dolor excede lo soportable”.  En muchas tradiciones, la figura de la madre doliente está asociada a la idea de que el vínculo materno es tan absoluto que su ruptura puede destruir a la madre misma.  

En la matriz cristiana, la imagen de la Mater Dolorosa -María al pie de la cruz- no muere físicamente, pero se representa como atravesada por espadas de dolor, casi anulada por la pérdida del hijo. Esa iconografía impregna luego a la literatura, la pintura y al teatro, donde la madre que sobrevive es una especie de “muerta en vida”.  – En relatos y mitos antiguos (tragedias griegas, leyendas medievales, cuentos populares) es frecuente que la madre en duelo enferme, enloquezca o simplemente “se deje morir”, marcando el límite de lo humano ante la pérdida del hijo, incluso si el texto no siempre explicita causas fisiológicas.  

La literatura contemporánea ha trabajado con enorme detalle el dolor por la pérdida de un ser querido y su efecto destructivo, aunque a menudo desde la voz del hijo que pierde a la madre, no al revés. El movimiento inverso -la madre que muere de dolor por el hijo- aparece a menudo de forma indirecta. Ensayos y memorias sobre duelo subrayan, que no existe una palabra para nombrar a los padres que pierden a un hijo (como sí hay “viudo”, “huérfano”), justamente porque la experiencia se percibe como tan extrema que desborda el lenguaje. Ese vacío lingüístico se llena en la ficción con imágenes límite. En madres que pierden el habla, que se repliegan hasta apagarse, que desarrollan enfermedades psicosomáticas o que, directamente, se suicidan tras la muerte del hijo. La literatura usa esa cadena dolor –agotamiento-muerte como metáfora de la imposibilidad de rehacer la vida después de una pérdida percibida como “contra natura”.  

En otras palabras, la narrativa literaria no solo cuenta que “muere la madre”, sino que se detiene en cómo el amor, la culpa, el trauma y la imposibilidad de simbolizar la pérdida van erosionando cuerpo y mente hasta hacer verosímil esa muerte. Desde la historia de la medicina y de la psicología, el vínculo entre duelo extremo y muerte no es solo metáfora.  Se identifican textos sobre el duelo donde aluden a que el impacto de la pérdida puede desencadenar o agravar enfermedades preexistentes, o llevar a comportamientos autodestructivos, como dejar de comer, descuidar tratamientos, consumo de sustancias, intentos de suicidio. 

La cardiología moderna incluso habla de “síndrome del corazón roto” (miocardiopatía de takotsubo), donde un estrés emocional agudo puede producir un cuadro cardiaco grave, dando una base fisiológica a la vieja intuición literaria de que “uno puede morir de pena”. En el imaginario cultural, ese conocimiento se traduce en historias donde la madre, devastada por la muerte del hijo, entra en una especie de declive acelerado: su cuerpo no soporta el shock emocional o “decide” no seguir.  

Literariamente, la madre que muere tras el hijo cumple varias funciones dramáticas, un de ellas es la función extrema del amor, al enfatizar que el vínculo madre–hijo es el más radical. Si el hijo muere, la madre pierde también su razón de ser, y su propia muerte dramatiza ese desgarro absoluto.  Le acreditan una función de denuncia en contextos de guerra, dictaduras o violencia estructural, la madre que muere de dolor -o que muere buscando justicia- se convierte en símbolo de un sistema que no solo mata a los hijos, sino que destruye el tejido afectivo y moral de la sociedad.  

La función moral, la muerte de la madre, desencadenada por la del hijo, actúa como advertencia sobre el costo humano de ciertas decisiones como migrar, ir a la guerra, desafiar al poder, o de ciertas injusticias como la pobreza extrema, violencia policial, represión política.  No siempre la muerte es inmediata o explícitamente atribuida al duelo; muchas veces el texto construye una cadena de causas donde el lector entiende que, sin la pérdida del hijo, esa madre no habría enfermado, no se habría abandonado, no habría tomado la decisión de morir.  

Del dolor a la muerte: el desencadenante  

Si lo miramos como una “secuencia narrativa”, la literatura suele articular este tránsito en varios momentos: 

Golpe inicial: La noticia de la muerte, la visión del cuerpo, la despedida. Aquí se quiebra el mundo simbólico de la madre: pierde su rol, su proyecto, su identidad. 

Fijación al hijo ausente: La madre queda atrapada en recuerdos, culpa (“no lo protegí”, “debí estar allí”), fantasías de alternativa (“si hubiéramos llegado antes al hospital”). Esta fijación impide que el duelo avance hacia una integración de la pérdida. 

Retirada de la vida: abandono de hábitos, del cuidado de sí, de vínculos con otros hijos o familiares; el mundo se reduce al hijo muerto. Esa reducción es el momento en que el cuerpo, la psique o ambos comienzan a deteriorarse. 

Desenlace: La muerte puede ser súbita (un infarto tras recibir la noticia) o lenta (enfermedad no atendida, depresión profunda, suicidio). Lo importante, desde el punto de vista literario, es que el texto subraya que esa muerte está “encadenada” a la otra: Es la segunda ola del mismo desastre.  

Hace ya algunos años, tantos que no quisiera recordarlos, falleció una de mis hermanas, Lala. Era posiblemente una de las más cercanas en afecto y praxis filial a mi madre, porque, precisamente en el momento en que muere, era quien se encargaba de cuidarla, y ya Ana Brígida trepaba más allá de los ochenta años. Además, según todos nosotros –el resto de la familia- ella era quien más se le parecía tanto; en lo físico como en su carácter.

Lala murió de manera súbita. Un infarto canceló sus días en la tierra. Mi madre, que era una mujer muy fuerte, severa, estricta y determinada, me pidió personalmente que la llevase a la funeraria. Allí, sentada, silente y conmovida, muy cerca del féretro, recibió todas las muestras de afecto, cariño y solidaridad que la gente le fue tributando. En un momento de la funeraria verbena, me miró determinada y me dijo: “Sáqueme de acá”. Yo, disciplinadamente, acaté la orden, tomé mi auto y regresamos a la casa. En el trayecto me detuve en un sitio de su agrado y compré algunas frutas, Era lo que más le gustaba comer a esas alturas del juego.

Durante el trayecto mi madre guardaba un silencio gélido, sepulcral podría decirse. Miraba en modo automático a través de la ventana del automóvil, el paisaje urbano que corría a la par de nuestro vehículo. No emitió sonido alguno, no pronunció palabra. Al llegar, se sentó, se cambió de ropa por algo más ligero para el calor que hacía en ese momento y comió algo de fruta, mientras mantuvo una resignada disciplina argumental. No habló, no lloró, ni se quejó.

En algún momento de nuestro inaudible dialogo me miró al fondo del alma, como solía hacerlo cuando quería trasmitirte un evento, o un detalle de relevancia. Su mirada era tristemente apacible, profunda y sostenía como si fue una antorcha, una larga interrogación. Solo eso bastó, para entender el tamaño y la geografía de su dolor.

En todos los años que han transcurrido después de ese instante, nunca he visto una demostración de dolor tan grave como esa. Mi madre había perdido a una de sus hijas más cercanas. Creo tener una idea –solo una idea aproximada- de lo que significa el dolor que traduce la pérdida de un hijo. Ya que no podré conocerla personalmente, solo deseo que la eternidad le sea leve a Carmen Teresa Quintero. Solo eso deseo, y que pueda superar su trágica pérdida.

 

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