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¿Dónde queda nuestra dignidad mientras todo parece desmoronarse?
El país es un estruendo afuera. El ruido de la política y las visitas que prometen lo que no cumplen nos distrae de lo que es verdaderamente importante: nuestra propia capacidad de sostenernos en medio de una vorágine de carencias donde el dinero se evapora, los compromisos se diluyen y la incertidumbre es el único sueldo que cobramos a fin de mes. Pero, ¿es posible seguir apostando por el país cuando el bolsillo continúa vacío?
Hablemos claro, porque la desesperanza no es casual; en un sistema que espera que nos rindamos, que soltemos la tiza o la herramienta laboral que nos mantiene de pie y nos diluyamos en la queja y en la victimización.
Sin embargo, hay una respuesta que este perverso sistema no ha considerado ni calculado: la mística y el amor propio por nuestro país y por lo que hacemos. Mi caso, como el de muchos comprometidos con la educación y con la vida, no depende de una transacción bancaria. Esta última es sumamente necesaria, por supuesto, pero existe una convicción superior que nos moviliza en medio de esta oscura incertidumbre.
Actualmente me encuentro dictando un ciclo de 13 talleres de rescate de la dignidad a un grupo de docentes en Antolín del Campo. En ese lugar maravilloso nos acompaña un hermoso perro mastín napolitano que participo con una sensibilidad y sintonía sensorial que muchos líderes ya quisieran conocer. “Napo”, como se llama, fue un recordatorio para todos los que estábamos el pasado sábado 23 en la experiencia pedagógica de que la verdadera conexión —esa que trasciende las palabras— es la única que permite mantener el equilibrio cuando el mundo se desmorona. Él es la prueba de que, ante la escasez, la capacidad de sostener el eje, reside en una jerarquía basada en el respeto; ese es nuestro refugio inexpugnable.
El trabajo y la entrega de estos 17 docentes confirman que esta es una batalla espiritual. Cuando las crisis se gestionan desde el SER, la espiritualidad —incluso en medio de 27 años de tragedia— siempre encuentra una luz. María Corina está dando una gran batalla, expone su vida por nosotros y transita una ruta que cada quien interpreta desde sus trincheras personales y desde su interior. Pero estos docentes son la muestra viva que ilumina a nuestra Venezuela: ciudadanos que, convirtiendo mil vicisitudes cada sábado, continúan formándose con hambre de crecer para tener mejores herramientas para el gran momento del “día después”.
Hacemos un llamado a participar a todos, bajo una premisa de mayor amplitud, pero respetando siempre los parámetros de la búsqueda de la excelencia. Acompáñanos a rescatar la meritocracia y a tener la valentía de defendernos de los actos de corrupción, que es la ruta que nos trajo a esta orilla desolada. Todos tenemos la responsabilidad de aportar lo mejor de nosotros con la mística de quien sabe que el país es un ser vivo que nos necesita completos, saludables, éticos y comprometidos.
Necesitamos maestros que no sean solo un título; que sean personas que se respeten a sí mismas porque tienen la ética para defender una postura ante cualquier ser humano, llámese autoridad, niño o representante. Educadores que no solo faciliten contenidos, sino que enseñen a resistir con el alma en un aula donde los valores principales sean el respeto y el amor. Entendiendo que el cambio de nuestra Tierra de Gracia nace en la unión de la mente y el espíritu, desarrollada en quien se atreve a ver un horizonte distinto, la verdadera rebelión hoy no es el grito: es la construcción silenciosa de una vida con propósito.
Agradezco a Dios por la lección de respeto que recibimos de Napo, un animal que inspira su entorno y cuya presencia nos dejó profundamente conmovidos. Más allá de su nobleza, este cachorro resultó ser un experto lector del campo bioenergética del grupo. Se convirtió en un verdadero enlace terapéutico, un anclaje vivo que facilitó la apertura de los participantes, recordándonos que en el encuentro con el otro —incluso desde la sencillez de un ser animal— siempre es posible sanar. Por la magia de saber que, mientras continuemos compartiendo saberes y conectando con personas que han elegido avanzar, lograremos elevar nuestro universo a un nivel superior de compromiso.
El horizonte será seguro. Nuestro país no está muerto ni agonizando; está reviviendo desde sus cimientos. La verdad no es de quien grita; la verdad es de quien, aun teniendo el bolsillo vacío y el corazón apretado por la impotencia, decide contra toda lógica continuar sembrando con fe un futuro extraordinario.
Como bien instruyó Sócrates: “Solo sé que no sé nada”. Es precisamente en esa postura de humildad donde reside la única posibilidad real de aprender, de prevenir el estancamiento, de evolucionar y de continuar reconstruyendo el maravilloso país que nos arrebataron, edificando desde todos los flancos. Invito a todo aquel que se ame a sí mismo y ame a Venezuela a que deponga actitudes oscuras y dé lo mejor de sí para, finalmente, compartir ese país que nos merecemos todos.
Muchas gracias.
Mgs. Rosa María López de Marín
