miércoles 27 de mayo 2026
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Gehard Cartay RamírezOpinión

Gehard Cartay Ramírez: Del antiimperialismo histérico al vasallaje vergonzoso

Todavía retumban aquellos discursos violentos del extinto líder del proceso con las infaltables imprecaciones de “váyanse al carajo, yanquis de mierda” y otras amenazas contra Estados Unidos. Y sus sucesores luego las repetirían a cada rato, con el mismo tono de voz, como si fueran un mantra.

Por aquellos años, a mediados de la primera década de este siglo, el chavismo se sentía sobrado y pretendía ser una fuerza hemisférica y planetaria, gracias a los recursos milmillonarios de PDVSA. Su jefe aspiraba a comprar un liderazgo mundial a la usanza del dictador Fidel Castro -lo que, en principio, logró a medias-, y su discurso fue entonces el mismo de aquél en los años sesenta, pero repetido cuarenta años después, lo que revelaba su falta de originalidad, desde luego. Aquello era la repetición de un catecismo maniqueo donde la crítica y la denuncia del imperialismo de Estados Unidos constituía su soporte fundamental.

En los hechos, el régimen chavista inició una cadena de expropiaciones de empresas estadounidenses que, seguramente, nos costarán en el futuro a los venezolanos de a pie miles de millones de dólares, en caso de que judicialmente se ordenen indemnizaciones, algunas de las cuales ya se han producido. Paralelamente, otras empresas de capital extranjero abandonaron entonces el país ante el temor de ser afectadas por aquellos discursos y acciones tan irresponsables como infantiles –“la enfermedad infantil del izquierdismo”, de la que habló el mismo Lenin- y, por supuesto, la gran mayoría evitaron invertir aquí. El daño fue colosal, no sólo por haber ahuyentado tales inversiones, sino porque casi todas -por no decir todas- esas empresas expropiadas fracasaron luego y hoy no existen o son ruinas que ejemplifican la falta de seriedad y de visión de quienes llevaron a la práctica aquellos discursos absurdos.

Esa prédica estúpida e irreal, en momentos en que hasta los gobiernos comunistas de China y Vietnam atraían gigantescas inversiones desde Estados Unidos, contribuyó, sin ninguna duda, al desmantelamiento industrial y a la destrucción de buena parte del aparato productivo de Venezuela, así como a la eliminación de miles de empleos que sumaron a miles de familias en la pobreza y la falta de oportunidades.

Por cierto que tan temprano como en diciembre de 2006 la Cámara Venezolana-Americana de Comercio e Industria (Venamcham) informó (El Universal, 15-12-2006) que las inversiones estadounidenses en Venezuela registraban bajos históricos, “pues si bien en otros años habían sido de 700, 800 o, incluso más de 900 millones de dólares, en aquel año sólo se habían registrado 16 millones de dólares invertidos desde Estados Unidos”. Modestia aparte, un libro mío, Cómo se destruye un país (“Los Libros de El Nacional”, 2009, 273 páginas), revela detalladamente este demencial proceso “antiimperialista”. Fue una gravísima consecuencia de la verborrea irresponsable, incendiaria y ególatra del extinto jefe de la mal llamada “Revolución Bolivariana”, repetida por sus áulicos.

Hoy estamos viendo la otra cara de la moneda, luego de los eventos del tres de julio y del vasallaje vergonzoso del Rodrigato ante Trump y su gobierno. Por lo visto, este giro radical del antiimperialismo de antaño a la sumisión obscena de hoy ante Estados Unidos sólo pareciera justificarlo el propósito bastardo de los sucesores de Maduro de continuar en el poder al precio que sea.

Hoy ya no les importan los discursos antiimperialistas de sus jefes en el pasado reciente y, por lo visto, no quieren ni siquiera recordarlos, salvo algunos disidentes radicales minoritarios y sin importancia, marginados por el Rodrigato, que reclaman la actual sumisión. En lo que no parece haber duda de parte de ellos es que, por ahora, se sienten muy cómodos al ser tutelados por Trump y recibir semanalmente la visita de los jefes estadounidenses para inspeccionar, revisar y examinar si se están cumpliendo sus instrucciones en esta primera fase de “estabilización”, tal como lo dictan los mandatos de la metrópolis gringa.

Lo cierto es que el tránsito de un antiimperialismo histérico a un vasallaje vergonzoso ha sido rápido y expedito para el Rodrigato, sin pausas de ningún tipo ni demostraciones de mínimo honor ni de patriotismo alguno. Porque la verdad es que los gobiernos anteriores, especialmente los de la República Civil entre 1959 y 1998 siempre mantuvieron el decoro y el pundonor indispensables frente a Estados Unidos, sin poses antiimperialistas irresponsables, pero, sin duda, haciendo valer siempre su autoridad como nación independiente y dueña de sus actos.

Días atrás, en un acto cumplido en la UCAB, el académico y filósofo Rafael Tomás Caldera nos lo recordaba con estas palabras: “Por primera vez en su historia como nación independiente, el país está presidido por un gobierno de facto, impuesto por una potencia extranjera. Como quiera que se mire, es una situación precaria e intrínsecamente inestable. No se tenga duda”. Y agregaba: “Venezuela debe regresar pronto a la normalidad democrática, que ha sido -es verdad- excepcional en nuestra historia, pero sin la cual no habrá paz ni podremos retornar el camino del desarrollo de nuestro pueblo”.

Hay que convocar elecciones cuanto antes y dejar en manos del pueblo venezolano la asunción de su propio destino. Lo demás vendrá, Dios mediante, por añadidura.

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