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Cuando los presidentes viajan, lo hacen porque conviene a sus naciones estrechar lazos, ampliar su economía, fortalecer su seguridad, etc., normalmente lo hacen acompañados de los asesores y ministros clave para los propósitos del periplo, de diplomáticos, de traductores, de un grupo pequeño de periodistas y hasta de algunos empresarios; pero, cuando en un viaje como el reciente de Trump a China, los CEOs de las mayores compañías de EE.UU, constituyen su principal séquito, no es solo que la economía es el móvil fundamental, sino que los negocios privan sobre todo lo demás. Así, el anfitrión Xi Jinping tuvo claro, sin que nadie se lo dijera, que Trump venía a rescatar un mercado que un año antes él mismo había atacado ferozmente, colocándole aranceles de más de 100%. Eso le dio ventaja al líder asiático.
Esa pelea de Trump con el mundo entero, pero más incomprensiblemente con sus aliados, ese comportamiento inadecuado de un jefe de Estado e impropio del mundo en que vivimos, ese sin sentido de considerar que las demás naciones se aprovechan de EE.UU, ese disparate de resucitar los aranceles lo que echa por tierra los fundamentos de la Organización Mundial del Comercio, creó resquemores, desconfianza y disgusto en todos los países, menos en Rusia la cual no fue afectada. El asunto fue que las relaciones diplomáticas se congelaron, por decir lo menos, y Trump se inventó sus propios viajes, sin que nadie lo invitara. En la relación con China, la segunda potencia del mundo y un rival emergente, era muy interesante ver quien daría el primer paso de aproximación. Dado que el país asiático fue agraviado por la política norteamericana, era cuestión de tiempo para que Trump lo diera. Ahora, ese gesto implicó en sí mismo una cierta debilidad; reveló quien necesita más del otro, a la vez que fue el reconocimiento de que se actuó mal, aunque en su comportamiento el inquilino de la Casa Blanca, no hiciera explícito eso, estaba sobreentendido.
Xi no fue a recibir al aeropuerto al mandatario visitante; en su lugar mandó al vicepresidente. Aunque el trato del presidente chino fue muy cálido y cordial, lleno de simbolismos como es del gusto asiático (se le brindó acceso a la ciudad prohibida y se le trató con la dignidad que corresponde a un jefe de Estado) pero Xi, se guardó una carta que soltó oportunamente sobre la mesa. Le dijo a Trump calmadamente: “Nuestra reunión ha captado la atención mundial. Los cambios en los últimos 100 años están evolucionando a un ritmo muy acelerado. La situación internacional ha cambiado y ustedes han llegado a una nueva encrucijada frente al mundo. ¿Pueden China y EE.UU. evitar la trampa de Tucídides, y crear un nuevo modelo entre grandes potencias? ¿Podemos trabajar juntos para enfrentar los desafíos globales y aportar más estabilidad al mundo?, ¿Podemos concentrarnos en el bienestar de ambos pueblos, en el futuro y destino de la humanidad, así como en construir juntos unas relaciones bilaterales armoniosas? Se puede decir que estas son preguntas de la historia, del mundo y de los pueblos”.
El uso de este lenguaje diplomático, educado y culto, pero directo y duro, podría interpretarse que esconde una amenaza velada, porque Xi dejó entrever que Estados Unidos está en declive y China en ascenso, y que esta lo superará; además, implícitamente sugirió que durante la gestión de Trump el declive se ha intensificado, y que cuanto antes los americanos entiendan esto, mejor para el mundo. El ateniense Tucídides, el padre de la historiografía científica y del realismo político, señaló hace 2.500 hace años que existe un alto riesgo de conflicto armado cuando una potencia ve en peligro su supremacía, ya que puede ceder a la tentación de impedir el ascenso de su rival emergente. Es significativo que Xi en vez de apelar a Sun Tzu o a Confucio, más propios de la cultura china, haya escogido a Tucídides. Supongo que es para que el mensaje entrara directo.
Xi Jinping, no es un demócrata, es otro dictador más, bajo cuya conducción China ha perdido buena parte del fuelle que la caracterizó en las primeras dos décadas del Siglo XXI. Lo que él no entiende es que la libertad y la democracia, la defensa de los derechos humanos y la alternabilidad en el poder, aunque propician avances más lentos, son más sostenibles, seguros, sólidos y estables, además hacen florecer la creatividad de los pueblos.
El líder chino trazó una línea roja sobre Taiwan que Trump no contradijo sino que reafirmó al declarar: “No pretendo que nadie se declare independiente, creo que lo último que necesitamos ahora mismo es una guerra a 9.500 millas de distancia”. Además, Xi logró que le vendieran los potentes chips H200 de Nvidia, compró 200 aviones Boeing en vez de los 500 que esperaban los americanos y aceptó comprar ganado. Por otra parte, promovió el inicio de conversaciones para lograr un acuerdo sobre los aranceles. Por último, no se comprometió a mediar con Irán, algo que esperaba Trump.
A Taiwán lo que le queda es comprar todos los drones ucranianos que pueda…
Miguel Méndez Rodulfo
