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El término enfermedad holandesa surgió a mediados del siglo pasado para describir una situación económica paradójica donde el descubrimiento de un recurso natural abundante y valioso terminaba por perjudicar gravemente al resto de los sectores productivos de una nación. En el caso de Venezuela, lo que para muchos fue visto durante décadas como una bendición inagotable, el petróleo, se convirtió en el vehículo de una distorsión estructural que hoy pagamos con una profunda desindustrialización y una dependencia externa casi absoluta. Comprender este fenómeno es vital para cualquier liderazgo político que aspire a reconstruir el país sobre bases sólidas, pues no se trata simplemente de una mala racha financiera, sino de un mecanismo económico que desincentiva el trabajo y la inversión en las áreas que realmente generan desarrollo y empleo estable.
El mecanismo de esta afección económica opera de manera silenciosa pero devastadora a través del tipo de cambio. Cuando un país recibe ingresos masivos por la exportación de una materia prima, su moneda tiende a apreciarse de forma artificial. Para el ciudadano común y para el sector comercial, esto genera una sensación de riqueza inmediata, ya que importar bienes terminados se vuelve sumamente barato y sencillo. Sin embargo, este es precisamente el veneno que mata a la producción local. El agricultor que intenta sembrar maíz o el industrial que busca fabricar calzado se encuentran con que sus costos internos, medidos en una moneda sobrevaluada, son mucho más altos que el precio de los productos que llegan del exterior. Así, la competencia se vuelve imposible y el aparato productivo nacional comienza a marchitarse, dejando al país a merced de lo que se pueda comprar afuera con la renta del recurso estrella.
En Venezuela, la enfermedad holandesa no fue solo un proceso económico espontáneo, sino que fue profundizada por políticas públicas que ignoraron las advertencias de la historia. Durante los ciclos de altos precios petroleros, el Estado utilizó la abundancia de divisas para inundar el mercado de productos importados, destruyendo en el camino décadas de esfuerzo en el campo y en las zonas industriales. Esta dinámica creó una economía de puertos, donde era más rentable para un empresario convertirse en importador que mantener una línea de producción activa. El resultado fue la pérdida de capacidades técnicas, la fuga de talento humano especializado y la concentración de la actividad económica en el sector servicios y en el comercio de bienes extranjeros, dejando a la nación sin defensas ante cualquier caída en la cotización del crudo.
El daño de este fenómeno se extiende también a la configuración del mercado laboral. Al morir la industria y la agricultura, los empleos productivos y de alto valor agregado desaparecen, y la fuerza de trabajo se refugia en el sector público o en la economía informal. Esto genera una sociedad donde el ascenso social no depende de la productividad o del aprendizaje de nuevos oficios, sino de la capacidad de capturar una porción de la renta que el Estado distribuye. La enfermedad holandesa, por tanto, termina por degradar la cultura del trabajo, sustituyéndola por una cultura de la intermediación y el favor político. Una nación que no produce lo que consume es una nación cuya libertad está hipotecada a los vaivenes de mercados que no controla, y cuya estabilidad social pende del hilo de un solo precio internacional.
Para sanar esta patología económica, es necesario un compromiso firme con la disciplina fiscal y monetaria. La experiencia de otros países que han logrado manejar grandes riquezas naturales nos enseña que el secreto reside en no permitir que la renta contamine el resto de la economía de forma descontrolada. Esto implica la creación de fondos de estabilización que ahorren los excedentes en tiempos de bonanza para evitar la apreciación artificial de la moneda y para invertir en infraestructura y tecnología que fortalezcan a los sectores no petroleros. Pero más allá de las herramientas técnicas, se requiere un cambio de visión en la conducción del Estado. El gobierno no debe ser un competidor del sector privado ni un facilitador de importaciones baratas que arruinen al productor nacional, sino un árbitro que garantice condiciones de competitividad real.
Superar la enfermedad holandesa exige una política de estímulo a la oferta nacional que pase por la seguridad jurídica y la eliminación de controles asfixiantes. Debemos entender que la verdadera riqueza de Venezuela no está en el subsuelo, sino en la capacidad de nuestros emprendedores para transformar materias primas en productos finales con sello venezolano. Esto requiere un sistema financiero robusto que otorgue crédito a la producción y no solo al consumo, y una infraestructura de servicios públicos que no sea un obstáculo para quien decide encender una máquina o sembrar una hectárea. La diversificación económica no es un eslogan, es una estrategia de seguridad nacional que nos permitirá resistir las crisis globales y construir una clase media sólida basada en el conocimiento y la creación de valor.
Finalmente, el camino hacia la recuperación implica una labor pedagógica por parte de los partidos políticos y las instituciones. Hay que explicarle al país que el bienestar basado únicamente en importaciones subsidiadas es un espejismo que siempre termina en escasez y pobreza. La sanación definitiva de nuestra economía vendrá el día en que producir en Venezuela sea más atractivo que importar, y cuando el éxito de un ciudadano dependa de su ingenio y su dedicación en un mercado libre y competitivo. Romper el ciclo de la enfermedad holandesa es el gran desafío de nuestra generación. Solo así podremos dejar de ser una economía de enclave para convertirnos en una nación productiva, diversa y resiliente, capaz de ofrecerle a sus hijos un futuro donde la prosperidad sea el fruto del trabajo honesto y no del azar de la geología.
*Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE
Noelalvarez10@gmail.com
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