
A un año de la gestión de Luis Caldera, el Zulia no celebra grandes logros, padece retrocesos. Lo que inició como una promesa de soluciones se transformó en un ejercicio de silencio, evasión y política vacía.
Mientras el estado se apaga y se agota, la Gobernación consolida un modelo marcado por el fracaso estructural. El zuliano, testigo presencial de este deterioro, observa como las expectativas de cambio se diluyen en la inercia de una administración que parece vivir de espaldas a la realidad.
La tragedia eléctrica no admite eufemismos ni justificaciones absurdas. Los apagones interminables no son sólo interrupciones de servicio, son golpes directos que destruyen electrodomésticos, asfixian el comercio local y fracturan la psique colectiva.
El gobierno regional abandonó su capacidad de gestión y normalizó la oscuridad de la rutina. No son fallas fortuitas, sino ante una desidia planificada. La administración actual carece de la voluntad política para exigir las inversiones necesarias ante el poder central, condenándonos a una penumbra permanente que paraliza cualquier intento de desarrollo económico regional.
El drama del agua expone la peor cara de esta gestión, la mercantilización de la miseria. Con las tuberías secas, el ciudadano queda a merced de camiones cisterna con precios dolarizados, una carga financiera insostenible para la mayoría. Lo más grave no es el costo, sino la profunda inseguridad sanitaria de un líquido sin potabilizar que llega a los hogares. Caldera ignora que el acceso al agua es el indicador más básico de civilización. En vez de rehabilitar la infraestructura, prefiere la propaganda y las inauguraciones de cartón, mientras las comunidades consumen un recurso que, más que un servicio, representa un riesgo latente para la salud pública.
La inoperancia de Luis Caldera no sorprende a quienes conocen su pasado político de gestión, es una repetición exacta del fracaso que dejó tras dos décadas como alcalde del municipio Mara. Basta visitar cualquier parroquia, caserío o barrio de esa localidad para constatar el desastre y el abandono. Hoy, esa se aplica a escala regional. La infraestructura vial parece un campo de guerra abandonado por las autoridades donde los huecos y la falta de señalización son el reflejo de un gobierno sin hoja de ruta. La inversión privada al ver la ausencia de condiciones mínimas, huye buscando refugio en otros horizontes donde la ley y la infraestructura aún ofrecen algunas garantías.
El sello distintivo de esta gestión es la mentira institucionalizada. El gobernador ha hecho del embuste su principal herramienta de gobierno para intentar ocultar un fracaso que ya es inocultable.
Caldera engaña a la gente al tratar de atribuir a terceros sus propias incompetencias, vende como grandes obras simples reparaciones y promete soluciones que sabe perfectamente no llegarán. Este cinismo no es un error de comunicación, es una política deliberada de manipulación. El gobernador le miente al Zulia en la cara, esperando que la propaganda oficial sea más potente que la realidad de los hogares sin luz y sin agua. Es un insulto constante a la inteligencia de los zulianos.
El diagnóstico es claro: no hay plan de desarrollo, no hay prioridades definidas y, sobre todo, no hay respeto a la dignidad de los zulianos. Un gobernador incapaz de garantizar los servicios básicos, por omisión o negligencia, ha perdido la legitimidad para gobernar. El Zulia no necesita más relaciones públicas para maquillar el dolor ni discursos triunfalistas que chocan de frente con la realidad de las familias que no tienen qué beber y cómo iluminar sus hogares. La gente exige soluciones urgentes no un cronograma de escusas.
Este primer año de gestión ha sido una extenuante prueba de resistencia para el zuliano. La administración de Caldera, en lugar de transformar nuestra dura realidad como prometió al asumir el mando del estado, solo ha entregado penurias y sufrimiento.
La realidad desmiente cualquier propaganda oficial. El Zulia sigue a la deriva y atrapado en la inercia de quien llegó para gobernar y terminó en el vacío del fracaso.
@angelmontielp
