
El reactor 4 de la Planta Nuclear de Chernóbil, quedó completamente destruido con la fatal explosión del 26 de abril de 1986. Pero a unos 10 metros de profundidad aún están los centros de control y monitoreo, que sobrevivieron al desastre.
Por Carlos Serrano y Diana Kuryshko | BBC Mundo
«Es como un gran laberinto bajo el reactor», le dice a la BBC Anatolii Doroshenko, de 38 años e investigador del Instituto para los Problemas de Seguridad de las Centrales Nucleares (ISPNPP).
Su trabajo incluye recorrer ese laberinto al menos una vez al mes, una misión que según la revista New Scientist «puede considerarse el trabajo más peligroso del mundo».
En esa red de salas y corredores subterráneos todo está contaminado de radiación: el piso, los equipos, las paredes y el aire.
Ahí, Doroshenko se encarga de revisar los equipos, recolectar datos, instalar medidores, tomar muestras y monitorear el estado del combustible nuclear.
En algunas salas, la radiación es tan alta que debe completar estas tareas en menos de cuatro minutos y salir de inmediato.
En otras, los niveles de radiación no son aptos ni siquiera para detenerse ahí.
Su labor es clave para asegurar de que las condiciones del reactor se mantengan estables.
Doroshenko reconoce que su trabajo produce miedo, pero él lo usa como su aliado.
«El miedo te ayuda a mantener el control y seguir las indicaciones para asegurar bajas dosis de radiación», dice.
«Aquí el mayor riesgo es acostumbrarte a las condiciones del lugar. Si te acostumbras al miedo, comienzas a ignorar que estás rodeado de radiación. Cualquier cosa, un guante, una pieza de metal, puede estar contaminado, aunque no lo notes».
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