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Veintisiete (27) años de hegemonía militarista, de inspiración castrocomunista, en Venezuela han impactado de manera significativa la cultura democrática y los valores que la sustentan. La convivencia civilizada ha sido lesionada; el pluralismo político, profundamente afectado, hasta el punto de generarse graves intolerancias en amplios sectores de la sociedad. La ética ha sido relegada en segmentos importantes de la nación.
Los sectores democráticos estamos obligados a educar con la palabra, pero, sobre todo, con el ejemplo. Debemos demostrar, en nuestra propia esfera de actuación, que somos demócratas: que creemos y, fundamentalmente, practicamos los valores de un sistema de vida y de gobierno fundado en el pluralismo, la libertad y el respeto.
Ese déficit de valores democráticos ha corroído el tejido social de nuestra nación. El autoritarismo en boga, la arrogancia, el caudillismo, el abandono del bien común, la corrupción y las ambiciones personales han demolido prácticamente todas las instituciones, incluidas aquellas que deberían ser modelo de nuestro compromiso democrático.
Estoy convencido de que los antivalores de la dictadura han permeado incluso a ciudadanos, grupos y comunidades que rechazan el chavismo-madurismo, pero que, lamentablemente, reproducen en sus ámbitos de influencia los mismos patrones de comportamiento observados en la conducción del Estado.
Universidades, clubes sociales, sindicatos, gremios y partidos políticos —por mencionar los más relevantes— están lesionados por este virus del autoritarismo, la intolerancia y la exclusión. Estos virus antidemocráticos, por supuesto, han sido inoculados desde los centros de poder del Estado. Desde allí se intentó crear instituciones paralelas en aquellos momentos en que el espíritu de cuerpo funcionó como anticuerpo frente al avasallamiento.
La dictadura chavomadurista buscó crear una “iglesia popular” en un intento de dividir a la Iglesia católica. Aún hoy continúa buscando fisuras por donde fracturar a la principal institución religiosa de los venezolanos. Por fortuna, la sólida formación y conciencia del clero venezolano ha servido de dique frente a tales propósitos. No obstante, también han procurado minar las bases espirituales del pueblo, apoyando y financiando otras iglesias para restarle base social a la Iglesia católica.
Diversos clubes han sido instrumentalizados para ponerlos al servicio de los usurpadores, llegando incluso al extremo de exigir a sus directivas la destitución o exclusión de personas incómodas para los jerarcas del poder.
Las organizaciones deportivas, en buena medida, han abandonado su naturaleza plural y han sido intervenidas para convertir el deporte en instrumento de propaganda de la dictadura y, en casos más graves, en mecanismos para el lavado de dinero.
Las universidades han perdido, en parte, su naturaleza democrática. Sectores de ellas se han plegado a la dictadura para aferrarse a cargos que, conforme a nuestro ordenamiento jurídico, deberían someterse periódicamente a la consulta de sus respectivas comunidades.
Gremios y sindicatos han sido afectados de manera especialmente grave por esta cultura antidemocrática. Pasan los años y muy pocas de estas organizaciones celebran elecciones: algunas porque son intervenidas directamente por la dictadura; otras, porque han sido secuestradas por dirigentes que ni siquiera simulan procesos electorales, violentando así el principio de alternancia propio de la democracia.
Pero el caso más patético de la ausencia de valores democráticos lo representan nuestros partidos políticos. Por una parte, la dictadura ha logrado “cooptar” a dirigentes para imponerlos como autoridades por vía judicial; por la otra, existen actores aferrados a cargos de dirección durante décadas, sin practicar la democracia interna e impulsando dinámicas tan autoritarias e intolerantes como las del propio madurismo.
Durante la última dictadura chilena, los partidos políticos de ese país fueron ejemplo de democracia: promovían congresos, aun en la clandestinidad; debatían con inclusión y amplitud; elegían periódicamente a sus autoridades; y practicaban, con rigor, valores democráticos. En contraste, hoy muchos de nuestros partidos no realizan elecciones internas, no debaten sus políticas, no toleran la diversidad de liderazgos y se han convertido en estructuras cerradas, carentes de empatía con sus propios militantes.
El establecimiento, la profundización y la defensa de la democracia requieren el rescate de sus valores fundamentales en nuestras propias instituciones. Solo así podremos democratizar el Estado y construir una verdadera sociedad de instituciones, y no una sociedad de caudillos que dominan, a su antojo, las distintas esferas de la vida nacional. La construcción de la democracia trasciende la coyuntura: es un desafío estructural y cultural de toda la sociedad.
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