
Existe una consigna peligrosa emitida por un grupo de «pseudointelectuales» y «economistas reputados» que busca generar un daño irreversible a la lucha por la libertad. Es algo planificado y muy bien diseñado. La supuesta «apertura» económica no es un camino pragmático al desarrollo; es un caballo de Troya comunicacional orquestado por una élite que hizo de la destrucción una labor cotidiana. Es una trampa diseñada para que entreguemos lo único que les falta para seguir en el poder: nuestra resistencia.
Bajo la falacia de que la economía precede a la democracia, pretenden legitimar lo ilegítimo. Algunos aliados externos, entre ellos el mismísimo Donald Trump, podrían sucumbir a esta tesis desde un pragmatismo válido en otros países y culturas; pero en Venezuela esa fórmula es una imposibilidad técnica y una aberración histórica. Es una condena al saqueo eterno.
No se construye una economía fuerte sobre un pantano de corrupción. Es ingenuo creer que se puede atraer capital real sobre un suelo minado por la arbitrariedad. Aquí no hay cronología de pasos: o se acaba con la cleptocracia, o la cleptocracia devora cualquier intento de reforma. No digo que no haya mejoras puntuales en algunos sectores, pero el desarrollo orgánico y estructural en un país con una corrupción endémica y un sistema de justicia contaminado hasta los tuétanos por una élite despiadada, capaz de hacer cualquier atrocidad, no lo veo como algo plausible.
Lo más letal no es el dictador que amenaza, sino personajes conocidos que hablan sandeces a cada rato. Ese sector que intenta torpedear la ruta de María Corina vende un «autoritarismo próspero», como si el progreso pudiera brotar de contratos amañados, tráfico de influencias y un nepotismo estructural. Seamos claros: el empresario honesto hoy es un rehén, un héroe que pese a las circunstancias sigue luchando; mientras tanto, la «boliburguesía» son parásitos buscando oxigenar la expoliación y la desidia. En un Estado-mafia, la «estabilidad» es solo el nombre que le dan a la distribución eficiente del botín que tanto anhelan.
Usan como ejemplo a China, pero olvidan que ese país está sumergido en milenios de estructuras colectivistas; es otra cultura, acostumbrada a la sumisión y a ceder su libertad. Venezuela, en cambio, nació rebelde y con un espíritu profundamente liberal. Nuestro ADN es individualista. Intentar la prosperidad bajo ese modelo es como pretender llenar el océano con un camión cisterna.
Como bien advirtieron Acemoglu y Robinson, las instituciones extractivas son el cementerio de las naciones. No enfrentamos solo un Estado fallido, sino una corporación criminal donde la propiedad privada es un rehén. En este ecosistema, la inversión no es negocio; es una apuesta en una ruleta amañada por la tiranía. Por eso, el capital serio y los grandes inversionistas piden a gritos un cambio: solo tras la defenestración del régimen vendrán a invertir de forma estructural. Mientras tanto, habrá quienes decidan correr el riesgo y apostar bajo sus propias condiciones, pero eso no es desarrollo; son apenas movimientos aislados en un suelo que sigue minado.
Venezuela no acepta parches. Exige una transición a la venezolana: esa que no copia manuales de otros países, sino que nace de nuestro coraje, de nuestra rebeldía y de nuestra decisión inquebrantable de ser libres. La ruta de María Corina no es una estrategia más; es el alma de un pueblo que ya no se arrodilla. Ella no promete migajas ni pactos de élites, porque encarna la certeza de que el venezolano no quiere limosnas de la tiranía, sino forjar su dignidad y su futuro con sus propias manos.
Su liderazgo es el motor que nos recuerda que la libertad se conquista, y la vamos a conquistar sin atajos ni traiciones disfrazadas de pragmatismo y reformas balurdas. El empeño de nuestra líder no es solo cálculo político; es la garantía de que la prosperidad no será un regalo del poder, sino la cosecha legítima de un pueblo que, por fin, sera dueño de su propio destino.
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