
En Doral, un aroma inconfundible despierta los sentidos y también los recuerdos. Entre vitrinas que exhiben manjares tradicionales, hornos encendidos y tazas humeantes, Vía Oeste Café and Bakery se ha consolidado en un espacio donde el pan deja de ser un simple alimento para volverse una experiencia que se siente incluso antes de probarse.
Stephany Albornoz convirtió el caos de empezar desde cero en un garaje en una receta de éxito. En conversación con La Patilla, relató sin filtros el sacrificio, la constancia y la visión compartida con sus socios para dar forma a uno de los negocios más auténticos y comentados de la ciudad.
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Stephany estudió ingeniería industrial y su esposo Pedro arquitectura. Cada uno salió de Venezuela por separado con la intención de formarse, sin imaginar que tendrían una panadería. Aunque, desde jóvenes ambos tuvieron claro que debían crear sus propios ingresos. Vendieron tortas en pandemia, trabajaron en remodelaciones y avanzaron con lo que tenían a mano. “Siempre supimos desde que nos conocimos a los 19 años que necesitamos crear nuestros negocios”, recordó la visionaria emprendedora.
“Llegamos a Estados Unidos como estudiantes internacionales, quisimos graduarnos acá en Estados Unidos. Nos establecimos en Doral, porque es lo más cercano a nuestras raíces. Sin embargo, Pedro llegó primero a Boston. Fue después de estudiar inglés que se mudó a Doral”, dijo Stephany.
Manos en la masa
Los primeros trabajos en Estados Unidos marcaron el camino para ambos. Stephany entró a una finca en Southwest Ranches, Florida, donde limpió establos y cuidó caballos. “Recuerdo que lloraba con 17 años, ni sabía absolutamente nada, solo quería enviarle comida y dinero a mis papas”. Luego pasó a ser mesera en Bocas Grill, donde aprendió trato al cliente. Pedro, por otra parte, trabajó en construcción, fue conductor de Uber y consiguió empleo en panaderías de Miami.

“Creo que fue uno de nuestros grandes aprendizajes porque supimos lo duro que era, pero como toda persona que quiere progresar y seguir adelante lo hicimos con mucho orgullo”, comentó la criolla.
Más adelante, la idea de tener una panadería tomó forma a partir de una necesidad concreta. La llegada de su hija empujó la decisión de construir algo estable. Empezaron a trabajar en el garaje de la casa familiar con las recetas de Pedro. Compraron máquinas con ahorros y se enfocaron en un objetivo claro: lograr un pan que no resultara ácido ni se endureciera en pocas horas. Tras múltiples pruebas, dieron con una fórmula que cumplió sus estándares. “Hicimos tantas pruebas, que se logró esos panes perfectos como nos gustaba”, contó Stephany. Luego, distribuyeron al mayor a restaurantes y food trucks, y así se dieron a conocer entre conocidos y clientes cercanos.

Posteriormente, se atrevieron a dar el primer salto fuera del garaje. Rentaron un espacio de menos de casi 92 metros cuadrados dentro de un concepto comercial compartido. Mantuvieron la producción en casa y trasladaron los productos al local. El objetivo no fue crecer de inmediato, sino posicionarse. Sin embargo, el espacio quedó corto en poco tiempo. A eso se sumó un embarazo con complicaciones que obligó a cerrar operaciones por un periodo. Esa pausa no significó retroceso, sino un punto de decisión.
Una propuesta única
Entonces llegó el proyecto definitivo. Buscaron una nueva locación, sacaron cuentas y entendieron que necesitaban inversión externa. Tenían algo concreto para mostrar: productos diferenciados, ventas previas y una historia sólida. “Ahí empieza el gran proyecto de Vía Oeste. Busqué la locación, la conseguí, los dos armamos el proyecto. Hicimos todos los números para empezar a vender el proyecto, porque sabíamos que solos no íbamos a poder con esa inversión. Solo sabíamos que teníamos unos números en un espacio pequeño muy buenos, unos productos únicos y una gran historia”, dijo la venezolana.

Así que sumaron fuerzas con otras personas para consolidar la estructura empresarial y operativa de la marca. “Tenemos dos socios que nos ayudaron a montar la locación que se llaman Agustín Silva Díaz y Arcenio Fontalva”, señaló.
Finalmente el negocio, tal como lo conocemos hoy, abrió sus puertas el 16 de noviembre del año pasado en Doral. Pero el concepto no se limitó al pan; también incluyó mucha identidad criolla. Por eso el nombre no es fruto de la casualidad. “Vía Oeste Café and Bakery nace del crew de artistas urbanos del oeste de Caracas. Los dos somos del oeste de Caracas y quisimos siempre traer ese arte urbano a la zona de Doral, sabemos que es algo que nos iba a identificar y, sobre todo, también a honrar ese nombre de ese crew de artistas. Quisimos fusionar el arte del graffiti y el arte de hacer pan. Por eso es que se llama Vía Oeste Café and Bakery, le damos tributo a quienes nos inspiraron”.

En cuanto a la oferta, el menú se centró en productos tradicionales con algunos ajustes propios. Cachitos, pastelitos, pan canilla, pan de queso y focaccias formaron parte de la carta. Algunos productos destacaron sobre otros por preferencia del público. “En nuestro top siempre han estado el cachito de mortadella con straciatella, el pan de queso y la focaccias”.
Así, el factor diferencial no se apoyó en tendencias. Todo se debió a la perfecta ejecución de una receta invaluable. Además, la constancia en el trabajo diario y la repetición de procesos marcaron la distancia frente a otros negocios.

También, la comunidad venezolana en Doral jugó un papel importante en el avance del negocio. Muchos clientes identificaron sabores conocidos y respondieron con fidelidad. “Cada venezolano que nos apoya automáticamente nos dice que se transportan a Venezuela y es lo que siempre hemos querido. Aunque ya tengamos más de 10 años acá tenemos muchos clientes y nosotros mismos tenemos nuestro paladar único”, expresó Sthefany.
El horno nunca se apaga
En el plano personal, la criolla definió el aprendizaje como un camino de “paciencia, fortaleza, fe y constancia”. El proceso incluyó pérdidas, pausas y decisiones difíciles. “Aunque parezca que todo está muy oscuro siempre hay una luz al final del túnel que nos está esperando y que sobre todo, creo que no lo hubiésemos logrado sin Dios, gracias a él, logramos todo esto”.

A futuro, la meta no deja de ser ambiciosa. El objetivo apunta a expandir la marca dentro y fuera de Estados Unidos. “Desde el primer día decreté y prometí que llevaría hasta el lugar más escondido el nombre de Vía Oeste en alto y que sería una de las mejores panaderías y coffee shop de Estados Unidos”.

Para Stephany, el negocio tiene un valor que supera lo comercial. “Me siento muy honrada de llamarme venezolana”. Esa identidad definió el proyecto desde el inicio. También dejó una idea clara sobre el trabajo migrante. “No me cansaré de que sepan que nosotros los venezolanos somos muy trabajadores, y que si no los proponemos lo logramos no importa el tiempo, pero lo logramos”.
“Aunque tengo años que no voy a mi país, lloro y la añoro todos los días como si fuese ayer”, agregó.
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