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jueves 7 de mayo 2026
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Tramparencia, por Edward Rodríguez

Hay mentiras pequeñas. Y luego están las mentiras que necesitan calculadora, y aún así no cuadran nadita.

Veamos, el gobierno interino de Delcy Rodríguez decidió inaugurar su versión de la transparencia: Según su propio relato, han ingresado a Venezuela desde que ella está al mando, 300 millones de dólares, y milagro contable, se han gastado exactamente esos 300 millones; ni un centavo más, ni un centavo menos. Todo redondito y perfecto.

El problema es que la realidad, esa incómoda costumbre de contrastar versiones, no acompaña la narrativa.

Desde Washington, funcionarios estadounidenses aseguran que los ingresos derivados de la venta de petróleo venezolano alcanzan los tres mil millones de dólares  . Y no lo dice un rumor de pasillo, lo respaldan declaraciones oficiales y el seguimiento de esos fondos.

Pero lo confirma, además, Transparencia Venezuela, dirigida por Mercedes de Freitas, que no es precisamente un club de opinadores improvisados. Es una organización que lleva años documentando, cifra a cifra, la anatomía del saqueo de lrégimen que ahora dirige “rodrigato”.

Ellos lo dicen sin anestesia: no fueron 300 millones; fueron más de tres mil millones. La diferencia (2.700 millones de dólares) no es un error, es un abismo.

Estimado lector, aquí no estamos hablando solo de números, estamos hablando de preguntas básicas que cualquier ciudadano debería poder hacer sin parecer subversivo:

¿De dónde salió ese dinero?, ¿Quién lo pagó?, ¿Bajo qué contratos?, ¿Dónde están los soportes?, ¿Quién autorizó el gasto?, ¿En qué se tradujo ese supuesto “aumento del ingreso”?

Nada de eso aparece.

Lo único que hay es una “página oficial” que, según reportes independientes, no ha sido actualizada desde su lanzamiento y se limita a repetir el mismo balance vacío: entra 300, sale 300. Transparencia, pero sin contenido; rendición de cuentas, pero sin cuentas.

En un país donde ni siquiera se publica la Ley de Presupuesto, donde la Contraloría es un adorno institucional y donde el control fiscal es una ficción, la opacidad deja de ser un accidente para convertirse en política de Estado.

Lo más delicado es que esta vez no están jugando solos.

Porque cuando el dinero pasa por el sistema financiero de Estados Unidos, deja rastro. Y allá el dinero no se evapora sin consecuencias. Allá las cifras se cruzan, se auditan y, si hace falta, se judicializan.

Por eso la advertencia no es retórica; el problema no es solo moral, es legal y también es internacional.

Porque si algo ha demostrado la historia reciente es que los dólares mal explicados no se pierden, se persiguen.

Mientras tanto, en Venezuela, el ciudadano sigue haciendo la pregunta más sencilla y más peligrosa de todas:

¿Dónde está el dinero?

Y esa pregunta,como siempre, sigue sin respuesta, “por ahora”.

Amanecerá, y esta vez, probablemente, sí veremos.

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