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Cuando Charles Babbage, matemático británico, inventó la máquina analítica, por allá por 1837, suscribió el acta de nacimiento de la informática. Tendrían que pasar 100 años para que un coterráneo suyo, Alan Turing, le diera forma en 1936 al primer computador; 33 años después, en 1969, se inventó internet. La compañía Intel creó en 1971 el primer microprocesador, lo que permitió que en 1976 el dúo Wozniak-Jobs creara el primer computador personal. En 2007 Apple creó en primer iPhone que metió en un bolsillo el teléfono, el computador personal, la cámara de video, el grabador, el reloj de pulsera, etc. No sería sino hasta 2017 cuando la IA nació. Tal es el resumen apretado de las etapas que precedieron en la historia a la aparición de la Inteligencia Artificial. Fueron 180 años de febriles estudios, investigaciones, desarrollos tecnológicos y ciencia aplicada. Realmente sus inicios se remontan a Tales de Mileto y a Pitágoras, como los primeros matemáticos de la historia; siguieron con Leibniz que alrededor de 1670 perfeccionó el sistema binario; continuaron con Boole que en 1854 redujo la lógica a valores de cierto o falso; vino luego Ada Lovelace que más o menos por 1845, fue la primera programadora y la que antes que nadie escribió un algoritmo, que fue para la máquina de Babbage; después siguió Turing, hasta llegar a Von Newman que en 1945 determinó que los datos y los programas pueden residir en una misma memoria.
En 1956 se llevó a cabo una histórica conferencia, en Dartmouth, New Hampshire, EE.UU., sobre el desarrollo futuro de la Inteligencia Artificial, en la cual se avizoraba de una manera muy optimista que en el plazo relativamente corto de una generación, se podrían lograr máquinas con capacidades humanas. El coloquio de 8 semanas fue convocado y organizado por el Dr. John McCarthy (considerado el padre de la Inteligencia Artificial y el que le puso ese nombre). El optimismo inicial se estrelló contra las limitaciones de la realidad informática de la época. Las décadas de los años 60, 70 y 80 fueron de estancamiento y decepción. Los gobiernos y fundaciones disminuyeron al mínimo los fondos para la investigación y las universidades vieron casi paralizarse los proyectos en estas áreas. No sería sino en los años 90, con la aparición de hardware informático potente, recopilación de inmensas cantidades de datos y de métodos matemáticos de avanzada, cuando se hizo posible el resurgimiento de la Inteligencia Artificial. A partir de 2020 fue cuando inversiones milmillonarias fluyeron hacia la IA, y producto de ello hizo su aparición en el ruedo Chat GPT en noviembre de 2022.
Como la IA fue largamente esperada y sus últimos avances, así como sus primeros pininos, fueron seguidos con mucha atención por científicos, gobiernos, universidades, fundaciones tecnológicas, fondos de inversión, analistas perspicaces, líderes políticos, jefes militares estudiosos del tema, entusiastas de la tecnología, periodistas de investigación, etc., el mundo entero estuvo claro de los inmensos beneficios que ella suponía, pero también de sus potenciales riesgos, sobre todo en el ámbito laboral, donde no era difícil imaginar la automatización de procedimientos y tareas, sobre todo repetitivos (eslabón del proceso en el cual más gente se desempeña) y la consecuente eliminación masiva de puestos de trabajo. Una IA que se renueva exponencialmente cada tres meses y unos robots cada vez más inteligentes han puesto en jaque a la mayoría de los empleos del planeta. La conseja de que no hay que competir con la inteligencia artificial sino que hay que adaptarse a ella, choca con el hecho, por ejemplo, que ya la contabilidad la puede hacer completamente un agente de IA entrenado y que él mismo tiene un supervisor virtual que verifica que lo que hace esté bien y cumpla con los principios contables; entonces, la persona que se requiere es al gerente de contabilidad. ¿Esto es así? Otra cosa es que los cambios están ocurriendo de manera vertiginosa, sin apenas tiempo para reaccionar, algo que no había ocurrido nunca antes en la historia de las disrupciones tecnológicas que han impactado a la humanidad, cuando la gradualidad había sido la norma.
Con el fin de la edad de piedra y el advenimiento de la edad de los metales (cobre, bronce y hierro), la transición fue extremadamente lenta, duró aproximadamente 500 años para que las canteras y los picapedreros fueran desplazados por fundiciones y forjadores de cobre. Cuando el carro sustituyó al caballo como elemento de locomoción, en la segunda década del siglo XX, el cambio fue relativamente rápido, pero no inmediato, y los afectados fueron los criadores de caballos para el transporte, los amansadores de estos animales, los establos, los proveedores de heno, los fabricantes de herraduras, las fundiciones y talleres de construcción de carruajes, los encargados de disponer de los excrementos del caballo, etc. Una parte no sustancial de la economía, mientras que los empleos que se crearon gracias a los vehículos fueron muchísimos y tuvieron un gran impacto en la economía.
