Emprender una conceptualización teórica más o menos sólida introduce, en primer lugar, una premisa clave, que no es otra que la del mantenimiento de una postura de neutralidad respecto a las diversas y complejas consideraciones del tema que va a ser tratado. Y, en segundo término, introduce la exigencia (en todo caso lógica, propia del buen hacer y del orgullo personal) de abrir un campo de investigación sistemático y representativo donde el investigador no quede alienado bajo la materia tratada. A fin de cuentas, en el horizonte de la especulación todo y nada valen lo mismo. Pero la conceptualización teórica (sin querer incurrir con este sintagma en pleonasmos, ni aporías, ni paradojas místicas) es el proyecto de una singular obsesión que toda persona volcada en sus investigaciones desarrolla poco a poco.
Si el anhelo de dar cuenta de nuestra conducta humana es imposible, lo es, en gran medida, debido a las temporalidades que se disuelven y que nos comprometen en la vorágine idealista de la trascendencia. Sin embargo nunca —ni en nosotros, ni antes ni después de ahora— se habrá terminado de decir el matiz exacto de las cosas que nos rodean. ¿Qué es poesía?, ¿cómo garantizar que la era axial, en efecto, fue un punto de inflexión civilizatorio?, ¿el silencio es una fase prelingüística?, ¿creyó Marx en el materialismo histórico? Sin duda, la estructura de toda conceptualización teórica nos lleva a los interrogantes, a las hipótesis circulares, a las evidencias consideradas ontológicas cuando el problema en cuestión se nos revela, hasta cierto punto, vital para la salvación de nuestra fe (ya sea esta la fama, el dinero o el dogma).
Lo fundamental es que la acción humana no va por libre, pues existen fases de resultados que imponen tribunales, lectores, públicos, así como conflictos institucionales de diversa índole. De modo que, aunque el investigador se ejercita en soledad, uno está vendido, por simplificar muchísimo el asunto, a la sociología universitaria. La conceptualización teórica lleva aparejada un método que ni a todos agrada ni a todos convence, y es así que se acude a la psicología explicativa de la nota a pie de página y a unas determinaciones que, en rigor, son premoniciones antes que verdaderos fundamentos hermenéuticos. O puede que sea mejor pintar de negro el alfil blanco, enrocarse astutamente en la cómoda casilla de la conciencia universal unívoca. Citar lo ya citado y esperar la aceptación de nuestra (modesta pero sólida) conceptualización teórica. Y ojalá sin demasiadas sugerencias que incorporar después. La teoría tiene la desventaja de la inversión anímica, dado que es probable, de hecho, que el revisor (respetable filólogo, pero no filósofo) observe en la abstracción una situación de contingencia, aleatoria, casi improvisada, que ni hace justicia a la investigación en sí ni tampoco al atrevimiento especulativo y ensayístico del investigador.
En cualquier caso, el planteamiento de un problema motiva su fenomenología. Por tanto, la conceptualización teórica es pertinente siempre que se quiera poner de relieve un pensamiento propio, madurado, serio. Y me parece que este objetivo, acuñar ideas y debates, tendría que darse por descontado. Porque en el horizonte de la investigación conviene desplazar el énfasis. Antes aún de reiterar formulas periclitadas, se impone un examen de conciencia que haga visible la procedencia de nuestras categorías y su vínculo con una sensibilidad formada a partir de lecturas concretas. El bagaje del investigador ha de diluirse en el texto que, evidentemente, razona y produce. Es así que, en cuanto a la formulación de una propuesta teórica, se ha confundido con frecuencia el impulso de novedad teórica con un acto banal y caprichoso sin fundamento en marcos previos. Sin embargo, lo que resulta de la innovación puede ser, más bien, una inusitada vía de rigor, un desvelamiento sincero de aquello que ya estaba condicionado por el archivo de los saberes que nos constituyen como especialistas en un campo de estudio determinado.
De ahí que toda conceptualización teórica, adecuada a nuestro enfoque, sea digna. Y, asimismo, de ahí, que no deba entenderse la invención como una ruptura ex nihilo, sino como un trabajo asociado a un estudio de problemas, conceptos y tradiciones donde el foco se desplaza sin anular el peso de lo heredado. La teoría no es un sobrevuelo totalizador ni la extravagancia de un sujeto excepcional. Así, la llamada crisis de los modelos no autoriza la improvisación, pues exige mayor precisión y solvencia. Pensar teóricamente supone aceptar el reto de trasladar el conocimiento a una serie de aproximaciones que hagan productivo el gesto de innovar sobre la base de lo ya sabido. En ese proceso, el investigador, modestamente, coloca una pieza aislada en la arquitectura colectiva de su área. Naturalmente, cada hipótesis se inscribe en una red que la hace posible. Y emerge de un relieve intelectual cuya densidad impide, por principio, toda ingenuidad productiva.
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