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lunes 11 de mayo 2026
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El buhonero que pedía nada más que vivir, por José Luis Farías

La muerte de Víctor Hugo Quero Navas ha conmovido a la nación. Y cuando digo nación, digo a la que aún respira dentro de este territorio sitiado y a la que habita por fuera, en esa geografía del exilio que todo lo ve con el espanto de quien ya no se asombra de nada. Hasta aquellos que, desde las vitrinas de una falsa oposición, aplauden con disimulo al régimen, se han visto obligados esta vez a soltar un lánguido mensaje en X, como quien vomita una condena a cuentagotas para lavar su propia complicidad.

Escuche lo que dijo su madre, Carmen Navas, de 82 años, cuando por fin le revelaron la verdad: “Me decían que estaba bien, que pronto volvería. Yo le planchaba la ropa esperándolo.” Esa voz es la que ningún poder puede comprar ni acallar.

¿Por qué? ¿Por qué este crimen, entre tantos, ha logrado ese milagro cínico de unir en el repudio a verdugos y cómplices?

Porque más allá de lo repudiable de todo crimen —y en este país ya deberíamos tener un diccionario aparte para clasificar tantos—, más allá de que esta muerte sea una más en una lista que las ONG Provea y Justicia, Encuentro y Perdón (JEP) documentan con nombres y fechas: 27 presos políticos fallecidos bajo custodia del Estado desde 2014; más allá de que el Foro Penal, por su parte, confirme al menos 17 muertes en el mismo periodo y su presidente, Alfredo Romero, haya denunciado que se trata de un “esquema sistemático” de violaciones; más allá de la ilegalidad de su detención, certificada por informes de la ONU; más allá de la condición humilde de Quero, buhonero del sector La Hoyada, en el mismo corazón de Caracas, donde sudaba su sustento diario y el de los suyos; más allá incluso de que, sabiéndolo muerto, un juez del horror le negara el beneficio de la Ley de Amnistía —esa que la señora interina Delcy Rodríguez ha decretado fenecida, mostrando su desprecio por el derecho, ella que es abogada, aunque el oficio le quepa como anillo al puño—, está la burla contra su madre.

Una anciana de 82 años. A ella le ocultaron primero la detención. Luego la muerte. Durante más de un año le mintieron con la saña de quienes ya no distinguen el crimen del trámite. Un procedimiento avieso y abominable donde se dan la mano el crimen directo del régimen de Maduro y la complicidad sepulcral del régimen interino de Delcy Rodríguez. Un pacto de silencio entre dos caras de la misma podredumbre.

Dirán algunos, desde sus tribunas oficiales, que fue un hecho aislado, que hubo excesos de subalternos. Miente quien lo afirme. La cadena de mando que firmó su detención ilegal, que ordenó su traslado y que después instruyó el silencio es la misma que hoy finge investigarse desde el escritorio. No se salven los nombrados. En este suplicio tienen responsabilidad directa, para el momento de los hechos, el ministro de Interior y Justicia, el ministro de la Defensa, el Tribunal Supremo de Justicia, la Fiscalía General de la República y la Defensoría del Pueblo. Es decir: casi todo el estamento del poder político venezolano. Esa cadena de mandos que debió proteger a un ciudadano y que, en vez de ello, lo desapareció, lo mató y lo enterró en el sigilo de la burocracia del horror.

Hay un detalle pequeño, humano, imposible de inventar. Sus zapatos aún están en el cuarto de su madre, junto al puesto de buhonero que dejó armado la última noche, con la mercancía que nunca volvió a vender. Ese detalle es la pica en la carne de la impunidad.

Contra esa podredumbre los venezolanos —los de a pie, los que aún creen que es posible otra cosa— exigimos cuanto antes un cronograma electoral nacional, un CNE totalmente independiente y garantías para un proceso limpio. No por fe en los salvadores de turno, sino por puro y elemental instinto de supervivencia. Para que ningún otro buhonero, ningún otro hijo, ninguna otra madre anciana tenga que morir dos veces: primero en una celda, y luego en el silencio cómplice de quienes deberían dar la cara.

Y sí, exigimos investigación. No una simulación. Exigimos que la Fiscalía —independiente, no la que hoy obedece— publique en un plazo de 48 horas la hora exacta, la causa médica de la muerte y la lista de todos los custodios presentes durante su reclusión. Exigimos una investigación de verdad, de esas que duelen, de esas que desnudan a los poderosos y los sientan en el banquillo de los acusados. Porque mientras no haya un solo responsable tras las rejas —no un chivo expiatorio, no un subalterno al que se le quiebra la voz en una rueda de prensa—, la muerte de Víctor Hugo Quero Navas será apenas un número más en la estadística del horror. Un número que se suma a los 27 de Provea y JEP, o a los 17 de Foro Penal: cualquiera de las dos cifras es una condena.

Caiga con todo rigor el peso de la justicia. Pero, ¿de qué justicia hablamos en un país donde la ley se pliega como un junco al viento del régimen? Hablamos de esa justicia que aún no nace, la que tendrá que venir con un cambio político verdadero, con jueces que no juren lealtad al verdugo, con fiscales que no reciban órdenes por teléfono. Mientras tanto, los nombres de aquellos que estuvieron al frente del Ministerio de Interior y Justicia, de la Defensa, del Supremo, de la Fiscalía y de la Defensoría deben ser escritos en letras de hormigón. Para que la memoria, esa vieja tozuda, no los olvide.

Que sepa la madre de 82 años, esa a quien le robaron el derecho al duelo, que no estamos dispuestos a cerrar los ojos. Que sepa el buhonero de La Hoyada, el que cada mañana extiende su mercancía sobre una lona raída, que su vecino muerto no caerá en el vacío de la indiferencia. Porque si algo nos queda en esta Venezuela herida es la exigencia: la exigencia de investigación, de justicia, de cambio. Y, sobre todo, la exigencia de que ningún poder, ni el de palacio ni el de las sombras, pueda volver a enterrar la verdad bajo el escombro de su impunidad.

Convocamos a la comunidad internacional —a la ONU, a la CIDH, a los gobiernos que aún conservan un resto de decencia— a solicitar formalmente la lista de todos los funcionarios presentes en el lugar de reclusión de Víctor Hugo Quero Navas desde el día de su detención hasta la fecha confirmada de su muerte. Sin esa lista, toda condena es teatro.

Víctor Hugo Quero Navas no pidió gestas. Solo pedía vivir. Y el poder, ese monstruo de dos cabezas que se odian y se abrazan, decidió que eso era demasiado.

Esa muerte nos señala. Y no hay vuelta atrás.

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