Venezuela ha comenzado a moverse.
No con el estruendo de una transformación estructural, sino con la discreta respiración de un sistema que, tras años de colapso, ensaya una forma precaria de estabilidad. Los precios ya no se desbordan como antes. El tipo de cambio parece contenerse. Algunas actividades económicas muestran signos de reanimación.
Y, sin embargo, conviene decirlo con claridad:
esto no es una reconstrucción. Es apenas una pausa en la caída.
La estabilización —en cualquier economía— es un fenómeno técnico.
La reconstrucción, en cambio, es un acto político, institucional y moral.
Confundir ambos procesos no es solo un error analítico.
Es un riesgo estratégico.
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La ilusión de la normalidad
Toda economía que logra contener su inflación genera, inevitablemente, una narrativa de alivio. Es comprensible. Después de años de distorsiones extremas, cualquier atisbo de orden se percibe como progreso.
Pero la estabilidad de corto plazo puede ser engañosa cuando no está sostenida por fundamentos sólidos.
Hoy, Venezuela exhibe algunos signos de estabilización apoyados en factores frágiles:
Una dolarización de facto no institucionalizada
Una contracción sostenida del gasto público
Un entorno de liquidez restringida
Y, más recientemente, expectativas vinculadas a la reapertura del sector energético
Nada de esto constituye, por sí mismo, un proceso de reconstrucción.
Porque la reconstrucción exige algo más profundo:
confianza.
Y la confianza no se decreta.
Se construye.
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El núcleo del problema: instituciones
Durante años, el análisis económico sobre Venezuela se ha concentrado en variables: inflación, reservas, producción petrolera, tipo de cambio.
Pero el verdadero deterioro no ha sido solo macroeconómico.
Ha sido institucional.
Sin reglas claras, sin seguridad jurídica, sin independencia operativa de las instituciones, cualquier estabilidad es transitoria.
Una economía puede funcionar un tiempo sin crédito.
Puede sobrevivir con baja inversión.
Incluso puede adaptarse a esquemas informales.
Pero no puede reconstruirse sin instituciones.
La inversión —la verdadera, la sostenida— no responde a oportunidades coyunturales.
Responde a certezas.
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Energía: oportunidad sin arquitectura
El eventual reingreso de Venezuela al circuito energético global abre una ventana de oportunidad. El mundo necesita energía. Venezuela la tiene.
Pero entre tener recursos y convertirlos en desarrollo hay una distancia que no se mide en barriles, sino en gobernanza.
Sin un marco institucional claro:
la inversión será oportunista, no estructural
los flujos serán volátiles
y los beneficios, concentrados y efímeros
El riesgo no es que Venezuela no crezca.
El riesgo es que crezca mal.
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Reconstrucción: lo que realmente implica
Reconstruir una economía no es reactivar el consumo.
No es estabilizar el tipo de cambio.
No es atraer inversiones aisladas.
Reconstruir implica:
Restablecer la credibilidad institucional
Diseñar reglas estables y previsibles
Reconfigurar el rol del Estado
Fortalecer la gobernanza corporativa
Y reconstruir la relación entre poder económico y marco legal
Es, en esencia, reconstruir el contrato económico de un país.
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El rol del sector privado y la gobernanza
En contextos de transición, el sector privado adquiere una responsabilidad que trasciende lo empresarial.
No se trata solo de invertir.
Se trata de cómo se invierte.
Los consejos de administración deberán asumir un rol estratégico en:
gestión de riesgos país
estándares de gobernanza
transparencia
y visión de largo plazo
Porque en economías frágiles, la calidad de las decisiones empresariales puede acelerar —o comprometer— el proceso de reconstrucción.
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Una advertencia necesaria
La historia económica está llena de episodios donde la estabilización fue confundida con éxito.
Y casi siempre, esa confusión tuvo un costo.
Venezuela no necesita celebrar prematuramente una estabilidad incipiente.
Necesita comprender su fragilidad.
Porque lo verdaderamente difícil no es salir del colapso.
Es no volver a caer.
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Mirar más allá del corto plazo
Hoy, más que optimismo, se requiere lucidez.
La estabilización puede ser el inicio de algo.
Pero solo será el inicio correcto si se reconoce que aún no es el final.
Venezuela tiene una oportunidad.
Pero las oportunidades no se materializan por inercia.
Se construyen.
Se diseñan.
Se sostienen.
Y, sobre todo, se gobiernan.
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Rosana Sosa
Economista
