
Una humareda negra escapa de un vaso roto en el suelo de un colegio y entra directamente por la nariz de Estefanía Gutiérrez Lázaro, de 15 años. Es 1990 y una sesión de Ouija acaba de interrumpirse de golpe: ese fue el origen de uno de los casos paranormales más conocidos de la historia reciente. Luego de varios meses de convulsiones inexplicables y episodios en los que aseguraba ver siluetas oscuras durante la noche, la joven murió en un hospital en medio de un coma cuya causa nunca pudo entenderse. Poco después, su casa fue escenario de fenómenos extraños: crucifijos que se movían, ruidos en distintas habitaciones y fotografías familiares que, según consta en un informe policial, llegaron a incendiarse sin explicación aparente.
Por infobae.com
Esa historia misteriosa comienza a escribirse cien años atrás, en 1890, pero en un contexto comercial y espiritista en plena era victoriana. El 28 de mayo de ese año, el abogado Elijah Bond y los espiritistas Charles Kennard y Theresa Maupin registraron oficialmente un tablero bajo la patente número 446.054, que fue clasificado como un simple “juguete o juego de mesa”. Aprovechando el auge del espiritismo entre las clases medias y altas, fundaron una compañía para comercializar el tablero Ouija, presentado como una puerta para contactarse con el más allá.
El negocio fue un éxito en ventas, aunque también estuvo marcado por conflictos internos. Bond terminó perdiendo los derechos sobre la patente y murió en 1921 en bancarrota. Luego, William Fuld, empresario clave en la expansión comercial del tablero, llevó el producto a una escala industrial. Según relatos, prohibía que sus empleados los utilizaran dentro de la fábrica. En 1927 murió tras caer desde el techo de una de sus instalaciones en Baltimore, un accidente que alimentó todavía más la leyenda alrededor del juego.
El deseo de conectarse con “el más allá”
La aparición de la Ouija no fue casual. Surgió en una sociedad atravesada por la muerte, donde millones de personas convivían a diario con funerales, epidemias y guerras. La necesidad de creer que existía algún tipo de contacto después de la muerte abrió un mercado inmenso para quienes pudieron convertir el duelo en espectáculo. En las grandes ciudades de Estados Unidos y Europa comenzaron a multiplicarse las sesiones privadas, los médiums itinerantes y los salones dedicados al espiritismo. Las luces se apagaban, las mesas crujían y cualquier movimiento inesperado bastaba para convencer a los consultantes de que alguien, desde otro lugar, intentaba comunicarse “desde el más allá”.
En ese escenario aparecieron las hermanas Fox, en Nueva York, convertidas en figuras centrales de la fiebre espiritista. Aseguraban que se comunicaban con entidades mediante golpes en las paredes y ese tipo de manifestaciones: sus sesiones despertaron fascinación inmediata. En una época marcada por la Guerra de Secesión y enfermedades como la tuberculosis, miles de familias buscaban cualquier forma de reencontrarse con sus muertos. Lo que antes era visto como una práctica marginal comenzó a instalarse como una costumbre social entre los sectores acomodados, donde las reuniones espiritistas convivían con cenas, tertulias y encuentros privados.
Pero los métodos de comunicación que usaban eran poco prácticos. Los médiums recitaban el abecedario letra por letra hasta recibir una señal que indicara la letra correcta, haciendo que cada mensaje demorara largos minutos en completarse… Fue cuando Charles W. Kennard y la espiritista Theresa Maupin vieron que existía un mercado enorme para un sistema más rápido y accesible. Su idea consistía en adaptar los antiguos tableros parlantes europeos y convertirlos en un producto capaz de llevar el misterio de las sesiones espiritistas al interior de cualquier hogar.
El éxito de la idea siguió con la forma legal y comercial del proyecto que llevó a Kennard a buscar a Elijah Jefferson Bond, el abogado de Baltimore especializado en patentes e interesado en fenómenos ocultos. Juntos fundaron la Kennard Novelty Company en 1890, pero antes de comenzar la producción necesitaban un nombre para el tablero. Según cuenta la historia, durante una sesión nocturna los fundadores colocaron las manos sobre el puntero y preguntaron cómo debía llamarse el objeto. Lentamente, la pieza de madera comenzó a desplazarse sobre las letras hasta formar una palabra: O-U-I-J-A. Cuando preguntaron qué significaba, la respuesta fue breve: “Buena suerte”.
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