La imagen es impactante. El director de la CIA —con toda su historia a cuestas de injerencia en Cuba y América Latina—, John Ratcliffe, en la misma mesa que su homólogo cubano, Ramón Romero Curbelo; el ministro del Interior de Cuba, Lázaro Casas, y el nieto de Raúl Castro, Raúl Rodríguez Castro. En La Habana. Departiendo civilizadamente y en el mismo día en el que, entre protestas populares y apagones generalizados, el régimen lanzaba un SOS: se habían agotado las últimas reservas de combustible que quedaban en toda la isla.
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