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miércoles 11 de febrero 2026
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One battle after another: la Revolución en tiempos de Babel

Estados Unidos tiene un particular imaginario de la Revolución que difiere bastante del resto del planeta. En cierto sentido, es un cuerpo extraño, inoculado en su sistema perfecto, en su idea del país más poderoso de la tierra, adalid y ejemplo de la libertad y la democracia, por los otros, que serían los afroamericanos, los emigrantes europeos, islámicos y, por supuesto, los hispanos. La Revolución es otra de lo que los estadounidenses llaman minorías. Este imaginario peculiar es una extraña mezcla de utopía y pesadilla, que actúa de manera distinta a cómo lo hace en Cuba o en Afganistan. En países así, la revolución es tentativa, esperanza de cambio ante una realidad donde domina la desigualdad, la miseria, la injusticia, y la libertad es casi un lujo secundario, frente a la necesidad de sobrevivir. En EE UU, donde hay separación de poderes, garantía de libertades, libre comercio, seguridad jurídica y una arquitectura política sólida (sin ser la sociedad ideal, sin embargo, aunque siga siendo el principal paradigma de estas nociones en el mundo actual), la revolución actúa como un complejo movimiento motorizado por fuerzas antisistema, reivindicativas de raza, género y una serie de abstracciones un poco más difíciles de explicar a un pueblo cuyo bienestar social es envidiado por más de tres cuartas partes del planeta, como no sea con consignas e ideologías de ardua digestión para el ciudadano promedio.

De alguna manera, el revolucionario en Estados Unidos es una suerte de variante menoscabada, de una figura mejor instalada en su imaginario, su literatura y su cine: el outsider, ese personaje marginal, libérrimo, descendiente a su vez del héroe maldito romántico, que encarnan, en la vida real y en la literatura, Edgar Allan Poe, Jack Kerouac, Ernest Hemingway, el Gatsby de Scott Fitzgerald, el Holden Caufield de The Catcher in the Rye, de J.D. Salinger, y James Dean dentro y fuera de la pantalla.

Outsiders actualizados

Estos outsiders armados inverosímilmente, ejército disperso por los ghettos de las ciudades es el que imagina Thomas Pynchon en su novela Vineland, en la cual se basa levemente Paul Thomas Anderson (PTA) para su One battle after another, en la escritura de su guion y la dirección de su filme. Se llaman French 75, en alusión al Mayo Francés del 68, y son una abigarrada mezcla de Panteras Negras, latinos y blancos outsiders, que coordinan una extraordinaria red de comunicación y logística, que si existiera realmente, tendrían efectivamente en jaque al “Imperio Americano”, como gustan sus adversarios de llamar a Estados Unidos. Viven y se mueven en la sombra; han sido reducidos a pequeñas células tras la muerte y la captura de sus líderes, y actúan como una resistencia, amparada en su red de comunicación y en su experiencia como sobrevivientes. Hasta un convento donde las monjas entrenan con armas y técnicas de combate integran esta subversión ficticia de Pynchon, quien imagina la mayoría de estos caracteres en un cronotopo posmoderno, y Anderson, que ensaya su actualización.

Desde nuestra periferia, toda esta parafernalia revolucionaria puede parecernos cómica, hiperbólica o irónica. Sin embargo, es sorprendente percibir que hay críticos que se dividen porque One battle les parece muy de izquierdas y a otros, de rancias derechas. Yo estoy convencido de que eso no es culpa de la película, sino del abigarrado y confuso tiempo que vivimos

La línea ficticia de tiempo que sigue el filme nos permite hacer los indispensables paralelismos con nuestro contexto. Al inicio se narran las peripecias de los jóvenes Ghetto Pat Calhoun (Leonardo Di Caprio) y su pareja Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor). Ya por allí, el discurso irónico empapa la historia. Estos seudónimos, autoimpuestos y de tan barroca composición no pueden ser tomados realmente en serio. Tampoco son reales ni verosímiles la caricatura militar que construye magistralmente Sean Penn con su personaje del Coronel Steven J. Lockjaw, ni el ridículo grupo de supremacistas blancos al que este quiere ingresar: los Christmas Adventurous ni la desesperante burocracia que se ha instalado en la red logística revolucionaria, ni las monjas guerreras, más cercanas a un secuela de Mad Max que a un referente real. 

One battle after another: la Revolución en tiempos de Babel
Foto cortesía: One battle after another

Un thriller desmesurado

PTA, que después de sus incursiones por el mundo del porno en Boogie Nights (esta sí basada en personajes reales), el de las sectas religiosas (The Master), el de las drogas en Inherent Vice, el del hedonismo, la elegancia y la alta costura en The Invisible Thread, del petróleo en There Will be Blood y el mundo adolescente, en su inmediatamente anterior a One Battle, Licorice Pizza, decide hacer un thriller con Una batalla tras otra, lo hace desde la desmesurada caricatura, una que no escatima en incisividad, pero tampoco es complaciente con ninguno de los colectivos que retrata en su película. El terrorismo ciudadano más encarnizadamente armado, aparentemente inspirado en los Black Panthers de la década de los años setenta alentados por Malcolm X con guiños a Bonnie & Clyde en la pareja de Calhoun y Perfidia, los campos de concentración de inmigrantes ilegales, las operaciones militares antiterroristas camufladas bajo la cruzada contra el narcotráfico (que tan de cerca nos toca). Y ya en la segunda parte de la historia, que acontece 16 años después, los elegantes herederos del Ku Klux Klan, que ya no necesitan capucha, pues tienen poder político y económico y se reúnen en habitaciones secretas de sus mansiones, la conducta de los propios revolucionarios superados por la ideología Woke, con sus reivindicaciones de minorías y de expansión de géneros, ejemplificados en los amigos de Willa/Charlene, la hija de Calhoun/Bob (y que éste no entiende) y Perfidia; la violencia citadina provocada por el asedio a la Preparatoria de Willa que recuerda la de Black Lives Matter o la más reciente de Minnesota contra el ICE de Donald Trump, la huida de Calhoun orquestada por revolucionarios hispanos, encabezados por el Sensei Sergio St. Carlos (un entrañable revolucionario Zen de Benicio del Toro), todo constela a una visión caricaturizada, pero no por ello, irreal ni acrítica de la sociedad estadounidense actual. Juega a un anacronismo tremendamente elocuente de la Babel en que vivimos.

Momentos memorables

One battle after another está hecha, con una factura impecable y en momentos virtuosa, de secuencias, escenas y diálogos memorables: las de la relación sexual entre Perfidia y Lockjaw al inicio, con las galvánicas actuaciones de Taylor y Penn, que está magistral en toda la película, con ese personaje construido músculo a músculo, cabello a cabello, rictus a rictus, sílaba a sílaba.

La de la revolucionaria ametrallando a discreción con su barriga de preñada desnuda; la disputa telefónica con el militante revolucionario que insiste en pedirle contraseñas a un Calhoun minado por la marihuana, ignorando la emergencia de vida y muerte por la hija secuestrada, mordaz dardo a la burocracia contaminante de la propia revolución; el divertido contraste entre Bob/Calhoun, el desconcertado revolucionario, convocado a su pesar a la batalla y el sereno y relajado Sensei; la persecución por las azoteas con la estrepitosa caída de Di Caprio filmada en unos audaces encuadres por la fotografía visionaria y eficazmente calculada de Michael Bauman; la reunión de los Christmas Adventurers donde se decide el destino de Lockjaw en una breve pero antológica intervención del veterano Kevin Tiger; el casi hilarante calvario de Di Caprio detenido y liberado por los infiltrados revolucionarios. La performance del actor es de una complejidad abismal, llena de matices que van de lo heroico a lo patético y de allí a lo cómico, sin cargar la tinta caricaturizante en un personaje que es una caricatura en sí mismo), las escenas entre Chase Infiniti (Willa) y Penn (Lockjaw), de una intensidad y una espontaneidad explosivas, el diálogo de perfil en close up entre Willa y la “Superiora” de las Monjas del Brave Beaver, que le revela su origen a la joven, y por supuesto, la cuádruple persecución final, que para este espectador, después de la de Matrix Reloaded, es la más originalmente filmada que recuerde, (con perdón de los fans de Fast & Furious).  Con un mérito incontestable para la edición de Andy Jurgensen, la música del maestro Jonny Greenwood y la imaginación visual de PTA, con las tomas de la carretera ondulada que intensifican hasta lo indecible esta inolvidable secuencia.

One battle after another: la Revolución en tiempos de Babel
Foto cortesía: One battle after another

En tiempos en los cuales las izquierdas han perdido la brújula a la hora de denunciar tiranías, la progresía y la corrección política coartan cada vez más libertades, los líderes autoritarios derrocan tiranuelos, los países se invaden para cazar inexistentes nazis y los adolescentes arruinan obras de arte por convicción ecológica, One Battle after another nos permite catar la confusión en la extraviada estopa de ambos polos de los extremismos actuales y el agujero negro detrás de las consignas subversivas.

La entrada One battle after another: la Revolución en tiempos de Babel se publicó primero en El Diario Venezuela – elDiario.com.

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