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miércoles 4 de marzo 2026
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Navegar contra el desencanto vía la Constituyente, por José Luis Farías

La historia no se detiene, ni siquiera cuando los pueblos parecen sumidos en el sopor del desencanto. Desde las grietas de un presente erosionado por el abuso, emerge la necesidad imperiosa de un Gran Acuerdo Nacional, un nuevo pacto fundacional soportado en un gran esfuerzo unitario que, como el Acta de la Independencia en 1811, declare la emancipación definitiva de nuestras miserias. No se trata de la mera ambición de encumbrar a un nombre propio sobre la multitud, sino de tejer, con la urdimbre del interés colectivo, el lienzo donde quepa el destino de todos; sin irrespeto a las legítimas aspiraciones personales ni a las preferencias de cada quien.

La política, sí, es la noble y a veces cruel disputa por el timón de la nave, pero cuando el barco hace agua por todos lados y la tormenta amenaza con hundirnos, la obsesión por quién ocupará el camarote principal resulta un lujo criminal. Nuestro empeño no debe ser colocar a un nuevo capitán, sino desatar, de una vez por todas, las amarras de hierro que nos atan al naufragio. Amarras forjadas con la violencia de la discordia, el plomo de la falta de libertad y la herrumbre de la miseria. Por eso insistimos, con la obstinación del que sabe que el tiempo se agota, en que el centro de gravedad de nuestra voluntad debe desplazarse hacia la gente, hacia sus dolores más antiguos y sus esperanzas más recientes.

Y en esa travesía hacia la reconstrucción, el faro que vislumbramos en la distancia no es otro que la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente. No ignoramos la fatiga, el escepticismo que como un manto de ceniza cubre los ojos de muchos. Comprendemos que el abuso y la deformación de este mecanismo, prostituido por el cesarismo rentista que nos ha gobernado, haya dejado en la boca del pueblo un sabor a fracaso. Es la consecuencia de ver cómo se profanaba la palabra sagrada de la República, cómo se vaciaba de contenido el anhelo de renovación.

Pero esa resistencia, ese justo cansancio, debe transmutarse en la fuerza necesaria para reclamar lo que es nuestro. Porque en el fondo, lo que está en juego es la posibilidad de garantizar la seguridad jurídica, la confianza que permita el regreso de esas grandes inversiones, particularmente las petroleras, que son la savia material que necesita la tierra para que, al fin, puedan florecer todas nuestras aspiraciones. No se trata de un clavo más en el ataúd de la esperanza, sino de la semilla que, regada con el acuerdo de todos, nos devuelva la posibilidad de un porvenir.

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