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Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana

“Cuando me nombran a Chuao, ay, el corazón me palpita, mi corazón me palpita, mi orgullo de ser chuaeña, mi orgullo de ser chuaeña eso nadie me lo quita”. El canto de María José Cartaya inunda el patio de secado del cacao, en la plaza central del pueblo, y al mismo tiempo rebosa el corazón de quien la escucha; llega como un ola inmensa de amor identitario que te mece entre sus aguas: un mar cálido de sal, cacao y la fuerza inspiradora de todas las mujeres trabajadoras de Chuao, un paraíso del municipio Santiago Mariño, en el estado Aragua.

Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana
María José Cartaya, trabajadora de la Empresa Campesina de Chuao, explicando el proceso de trabajo en el patio de secado. Foto: Marcelo Volpe

Llegar no es sencillo. Hay que atravesar el mar desde Choroní; y se requiere tiempo y disposición. Quizá por eso, cuando una finalmente pisa ese pueblo escondido entre la montaña y la costa, algo adentro se aquieta. Como si el cuerpo entendiera, antes que la mente, que está frente a una verdad antigua, pura, cálida y amorosa como su gente, que recibe con los brazos abiertos.

Desde la orilla, el paisaje ya anuncia lo que vendrá: pescadores que se adentran en el mar en sus peñeros, con la rutina marcada por las olas; otras embarcaciones que van y vienen cargadas de visitantes; y más allá, el río que se entrega al mar en un abrazo constante, como si él también supiera que hay encuentros que son inevitables.

Yo llegué a Chuao con una interrogante que no sabía formular del todo, a pesar de que cada día trato de construir la respuesta paso a paso, vivencia a vivencia, paisaje a paisaje: ¿qué significa ser venezolana hoy? Qué fortuna haber encontrado una nueva respuesta en un grupo de mujeres.

El II Encuentro Mujeres, cacao y sal, entre el 17 y el 19 de abril, nació como una necesidad: reunirse, mirarse, escucharse. Fue impulsado por Génesis Romero, creadora de contenido y gestora cultural conocida en redes sociales como @Tucutrun, quien encontró en Chuao un hogar y un espacio donde la vida no solo se vive, sino que se siente con intención. Más que un encuentro, fue un tejido entre mujeres de Caracas, Maracay y Tucupita, en Delta Amacuro— porque sí, de allí viene el “Tucu” que luego completó con su “Trun”— , que se entrelazaron como fibras de una misma historia.

Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana
Génesis Romero, conocida en redes sociales como @Tucutrun. Foto: Marcelo Volpe

A finales de 2025, Tucu entendió que necesitaba crear un lugar para compartir su historia y abrir espacio a las de otras mujeres que, como ella, están en la búsqueda de reconectar, de detenerse, de volver a lo esencial y, de paso, descubrir la naturaleza y la cultura de Chuao desde lo femenino. “Yo siento que mi historia, y cada historia, es un regalo para las demás. Cada una va a conectar y va a tomar lo que necesite. Aparte de eso, les estoy entregando el pueblo de Chuao; les entrego mi perspectiva de Chuao, les facilito la oportunidad de estar aquí y de disfrutar de todo lo que ya está puesto”, cuenta para El Diario.

Mujeres distintas, con historias igual de diversas, fluyendo como un río que inevitablemente va hacia el mar; el mar de Chuao. Elba, que lee el tarot y parece descifrar lo invisible. María Antonieta, que ama a Venezuela con una convicción que desarma. Úrsula, que regresa para reencontrarse con sus raíces. Fanny, que se define en libertad, en reinvención constante. Bea y Lorena, que se regalaron un “sí” espontáneo para descubrirse juntas en un nuevo destino. Naya, movida por las ganas de redescubrir su Chuao de siempre desde otra mirada. Emi y Gaby, ávidas de conocer y contar el país. Aure y Marce, abiertas al aprendizaje. Y Carla, que lo dijo sin adornos: tuvo todo en Perú, pero estaba vacía. Porque hay cosas que no se compran y Venezuela, para muchas, es una de ellas.

Pero el encuentro no solo era entre nosotras. Era también con el lugar, y con sus mujeres de cacao y sal.

Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana
Instalaciones de la Empresa Campesina de Chuao. Foto: Marcelo Volpe

En Chuao, el cacao no es un producto: es historia, identidad y sustento

Venezuela fue, durante siglos, uno de los principales productores de cacao del mundo. Desde la época colonial, este fruto definió rutas comerciales, economías y hasta relaciones de poder. El cacao de Chuao, en particular, es considerado uno de los mejores del planeta por su calidad y por la persistencia de procesos tradicionales que se han mantenido casi intactos.

Estos granos de la gama más alta de Venezuela son producidos por la Empresa Campesina de Chuao, una asociación civil que se conformó en 1976 después que el Estado le entregara las tierras que antes eran administradas por el Fondo Nacional de Cacao. Con una tradición que supera los 500 años, los productores de cacao de Chuao recogen las mazorcas anualmente en tres cosechas que coinciden con el calendario religioso del pueblo: la Pascuera, que se da entre noviembre y diciembre; la Cuaresmera, entre marzo y abril, y la Sanjuanera, que suele ser la más copiosa y se da entre mayo y junio. Cada una tiene su ritmo, tiempo y carácter. Pero lo más poderoso no es eso, sino quién lo trabaja.

Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana
María José Cartaya sostiene granos de cacao.Foto: Marcelo Volpe

Berenise Fajardo, guía turística de Chuao Tierra Mágica, nos recibe entre cantos y abrazos cálidos para contarnos que, de 136 empleados de la empresa campesina, 100 de ellos son mujeres; son sus manos las que sostienen al pueblo. Algunas de ellas son María José Cartaya y Alejandra Ladera Ache, quienes hablan del cacao como quien habla de algo vivo. Lo cuidan, lo entienden, lo respetan. Hay una dignidad en su trabajo que no necesita discurso. No solo producen cacao, producen continuidad; un elemento que tiene especial importancia en un país que tantas veces parece quebrarse; pero no, ellas siguen.

Con amor y paciencia cuentan cómo llevan a cabo su faena como quien cuenta un relato mágico; el proceso es casi un ritual. Tras la recolección de semillas y el proceso en el cuarto de fermentación, donde reposan cubiertas por hojas de plátano, el paso que sigue es quizá uno de los más sorprendentes visualmente: el proceso de secado en la plaza central del pueblo. Dispuestos en montones circulares, como si el sol dibujara constelaciones sobre la tierra, descansan los granos de cacao. Allí, las mujeres los paletean, los barren y los acompañan con cantos entre los tres tipos de suelos, rústico, semirústico y liso, hasta que toca recogerlos. Una rutina que guarda algo profundamente sagrado.

Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana
Foto: Marcelo Volpe

Chuao alberga granos criollos, trinitarios y forasteros, que han llegado hasta ese punto por inserción humana. La mezcla que se ha producido en estas tierras durante años de polinización es la que le brinda a cada grano un sabor y aroma característico de la zona. Así, se ha convertido en su bien más preciado, fuente de trabajo y parte indispensable de su identidad, que a pesar del paso del tiempo mantiene sus tradiciones y vive a través de ellas.

Una memoria viva

Berenise Fajardo también nos llevó por caminos en los que la historia no está en libros, sino en la voz de quienes la cuentan y la mantienen viva. Nos habló del proceso del cacao, pero también de algo más difícil de explicar: la historia de sus ancestros y la energía que persiste y está latente.

Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana
Berenise Fajardo hablando sobre el cacao. Foto: Marcelo Volpe

Los cimientos de Chuao se levantaron sobre el silencio de sus primeros habitantes. La colonización española intentó borrar el rastro indígena con la fuerza del hierro y el exterminio, pero la tierra tiene memoria. De aquel violento choque nació una identidad inquebrantable: sangre española, raíces ancestrales y la fuerza africana que llegó encadenada a la esclavitud para terminar liberando su espíritu en el cacao. Esa mezcla es la que hace a este pueblo único y su mitología es el hilo que une a los vivos con los que ya se fueron.

La historia más profunda de Chuao hunde sus raíces en un pasado herido. Con la cruz y la espada llegó también el fuego; los colonizadores incendiaron territorios sagrados para purgar cualquier rastro de fe indígena. Aquel rincón, bautizado con cicatrices como Pueblo Quemado, se convirtió con el tiempo en el cementerio de la comunidad. Cerca, se alza un centinela de madera y leyenda: el Árbol de los Espíritus.

Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana
Árbol de los Espíritus. Foto: Marcelo Volpe

Se trata de un jabillo imponente que desafía al tiempo. No es un árbol cualquiera; su tronco es un relieve de la existencia, cubierto por extraordinarias protuberancias que parecen latir bajo la corteza. Para los chuaeños, la muerte no es una despedida, sino un tránsito hacia la savia. Creen fervientemente que, al ser entregados a la tierra del cementerio, sus almas no se desvanecen: migran al árbol para reposar en él, lo que añade una nueva marca al tronco.

“Es un árbol milenario. Mi abuelo murió con 101 años y lo vio así; cuentan las abuelas que el árbol suma una nueva forma cada vez que alguien muere. Es único en todo el pueblo”, afirma Berenise. En su voz no solo hay orgullo, sino la certeza de quien custodia un tesoro. Su relato es la prueba de que en Chuao las leyendas no son cuentos de camino, sino una forma de entender que hay presencias que no necesitan ser vistas para permanecer. El territorio, al final, no es solo tierra y mar; es el cofre donde el pueblo guarda, nudo a nudo, todo lo que ha sido.

El futuro de Chuao suena y el ritmo se vuelve herencia

En Chuao, el porvenir no solo se sueña, también se afina. En el Núcleo 441 del Sistema de Orquestas, el aire se llena de una vibración distinta, una que nace de las manos de niños y adolescentes que han encontrado en la música su lenguaje más poderoso. Bajo la coordinación de Alison Armas, los instrumentos —fruto de la generosidad de Fundamusical Simón Bolívar y de otros donadores que creen en el talento de la costa— han dejado de ser objetos extraños para convertirse en extensiones de su propia cotidianidad.

Allí, el cuatro y las tamboras no solo ejecutan notas; cuentan historias. A través del programa Alma Llanera, estos jóvenes artistas realizan un ejercicio de alquimia sonora: toman los géneros tradicionales y los funden con la esencia misma del Caribe. Es un rescate vital, una forma de asegurar que las tradiciones no se queden en el baúl de los recuerdos, sino que sigan respirando y evolucionando en cada rasgueo y en cada golpe de cuero.

Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana
Núcleo 441 de Chuao. Foto: Marcelo Volpe

Detrás de este milagro sonoro hay un engranaje de voluntades. Desde la batuta guía del maestro Henny Liendo hasta el compromiso inquebrantable de cada monitor, el equipo forma no solo músicos, sino ciudadanos. Con la disciplina como compás y la pasión como melodía, el Núcleo 441 demuestra queel futuro de Chuao tiene un ritmo propio, uno que resuena con la fuerza de un pueblo que se niega a olvidar y que ha decidido que su historia se siga escribiendo en clave de sol.

La fortuna ha sido generosa con este rincón de la costa, pero el talento de Chuao no es obra del azar, sino de una mística compartida. Entre sus filas está Anderson Itriago, el músico que el destino marcó como el integrante número un millón de El Sistema. Su presencia en el núcleo no es solo una estadística, es un faro de orgullo que ilumina a cada integrante. Bajo la tutela de maestros que llevan la tradición en la sangre, el Núcleo 441 ha logrado lo impensable: casar el rigor académico con el latido ancestral de la costa. Al verlos tocar, la certeza es absoluta: el país también se levanta así, nota a nota, compás a compás, con el ritmo inquebrantable de quienes deciden construir sobre la belleza.

Lo han hecho así desde hace ocho años, cuando se fundaron; con el paso del tiempo se han consolidado como un refugio de identidad. Alison Armas, a cargo de la coordinación, contempla con brillo en los ojos a los más de 150 integrantes que hoy dan vida al proyecto. Ella sabe que están trabajando por un mañana. “El trabajo que ha hecho siempre ha sido con mucho corazón. A pesar de que hemos pasado momentos difíciles como en todo el resto de Venezuela, hemos tratado de seguir luchando, perseverando, enseñando a nuestros niños, niñas y adolescentes que la música puede cambiar no solamente vidas, no solamente puede convertirse en un pasatiempo sino en una herramienta de vida para su futuro y que más adelante le va a servir a ellos no solo en la parte académica sino sabemos que también puede ser una fuente de trabajo como muchos venezolanos que hoy nos representan en cualquier parte del mundo”, dice con pasión.

Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana
Núcleo 441 de Chuao. Foto: Marcelo Volpe

Parte del presupuesto del que dispuso Tucu para el encuentro de mujeres se vierte aquí, en este núcleo que es pura apuesta por el futuro. Se trata de una inversión en el alma de Chuao, bajo la convicción de que la educación y la cultura son las únicas herramientas capaces de blindar la tradición. Con ellas, los jóvenes podrán custodiar su herencia con orgullo, ya sea en su tierra o alzando su voz en cualquier rincón del mundo, si deciden partir. Porque quien lleva a Chuao en la sangre, lleva consigo un territorio que no conoce fronteras.

Y antes de seguir en la búsqueda de los tesoros que este pueblo aún nos tenía reservados, el núcleo nos regaló un concierto que desbordó cualquier expectativa. Fue una marea de emociones a flor de piel; un llanto esperanzador que se mezclaba con sonrisas y aplausos que seguían el pulso de las tamboras. El aire se llenó del sonido primitivo y sagrado del bambú golpeando la piedra y allí, en ese espacio de formación musical y educativa, niños y adolescentes de todas las edades nos entregaron el fruto de su disciplina: un espectáculo de talento puro que nos erizó la piel.

Nos despidieron entre bailes y miradas encendidas de orgullo, al ritmo de un tambor que parecía no querer detenerse. En el ambiente flotaba una promesa, una estrofa que se hacía carne en cada nota: “Venezuela, tengo en ti mis ilusiones”. Pero en ese instante, el corazón dictaba otra letra: “Chuao, tengo en ti mis ilusiones”. Fue un abrazo convertido en música, una alegría que no cabía en el pecho y que terminaba desbordándose por los ojos en forma de lágrimas, recorriendo los cachetes bronceados por el sol costero.

Cerramos el día de regreso en la playa, con los pies hundidos en la arena y el agua cálida bañando nuestras huellas; dejamos que el mar se llevara todas las cargas. Nos entregamos al simple hecho de ser, al presente absoluto y al agradecimiento profundo por todo lo que somos y lo que descubrimos en Chuao, donde la vida suena a tambor, huele a sal y sabe a cacao.

Venezuela de mujeres

Quizá lo más difícil de explicar es el fenómeno que se desata cuando las mujeres se reúnen en un mismo espacio. No es magia, pero se siente como tal: es una frecuencia que vibra, una energía que lo cambia todo. En un país que a menudo fragmenta y aísla, el simple acto de escucharse, reconocerse y validarse deja de ser una dinámica grupal para convertirse en un acto de resistencia.

Tucu lo entiende. Por eso creó este espacio: no solo para conectar y unir fuerzas, sino para integrar a la comunidad con el resto del mundo, para generar trabajo y, sobre todo, para visibilizar lo que ocurre en estas calles de cacao. Porque ella sabe que contar también es una forma de cuidar. “Traer gente aquí y brindarle la oportunidad al pueblo de recibir en sus posadas, humildes, en proceso de construcción, de transformación, de mejora, es muy lindo. Por otro lado, el chuaeño se infla y se le llena el corazón cuando ve que llega gente; el chuaeño es para la gente y para ser visto; es pintoresco, es como una pintura que necesita y merece ser vista y observada y disfrutada”, describe Tucu con la certeza de que ya es una más de este pueblo que tanto adora.

Mujeres, cacao y sal en Chuao: un viaje a lo que significa ser venezolana
Foto: Marcelo Volpe

Pero su visión no se detiene en la contemplación; se nutre de lo que falta para construir ese país que aún vive en el mapa de nuestros sueños. Tucu proyecta un centro médico con recursos dignos y sueña con ampliar los horizontes académicos para que el joven de Chuao no se sienta obligado a elegir solo entre la red de pesca, el machete para el cacao o el turismo. Su apuesta es la educación como un abanico de opciones para mantener viva la cultura desde la ciencia, el pensamiento o la técnica.

Es una apuesta por ampliar el horizonte sin perder la raíz. Por eso sigue aupando a su comunidad, documentando sus costumbres y compartiéndolas de forma genuina y emocionante. Al final, este texto no es solo sobre un pueblo o un árbol de almas; es el también el testimonio de una mujer que decidió enamorarse perdidamente de Chuao y que, en ese romance, nos invita a todos a creer que Venezuela se reconstruye así: con la fuerza de quienes, a pesar de todo, no dejan de apostar por la luz.

Llegué a Chuao buscando respuestas y me fui con algo mucho más poderoso: una certeza. Ser venezolana no es solo una identidad, es una experiencia que se reconstruye en cada latido. Está en el aroma del cacao que se entrega al sol, en las manos que trabajan sin descanso, en las mujeres que se encuentran y se sostienen unas a otras y también en los niños que tocan sus instrumentos como si, a través de ellos, el país que imaginan se hiciera finalmente posible. Ser venezolanas está en nosotras: en las que volvemos, en las que nos quedamos, en las que seguimos buscando.

Antes de partir, la costa nos regaló una última lección de asombro. Vimos cómo trasladaban una camioneta por el mar, suspendida sobre dos peñeros preparados con paciencia y precisión, la llevaron desde Choroní hasta su destino: Cepe. Cruzar el mar con un carro encima. Así, sin más como lo hacen siempre. Y entonces logré ponerle palabras a lo que sentía: que los venezolanos somos así. Empecinados. Creativos. Incansables. Que incluso cuando el camino no existe, lo inventamos; que incluso cuando todo parece difícil, buscamos la forma de resolverlo. Que seguimos reconstruyendo, imaginando, insistiendo. Lo hacemos en Chuao, lo hacemos en Cepe y en cada rincón donde alguien decide que rendirse no es una opción.

Chuao no me entregó verdades absolutas, porque la identidad es una casa que sigo construyendo a medida que reconozco nuestra realidad en cada rincón del país, pero sí me recordó algo esencial y que me llevaré hasta el final de mis días: Venezuela, incluso en sus fracturas, sigue siendo un lugar donde siempre vale la pena encontrarse.

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