
Cada mes de mayo, los campos y las tierras fértiles labradas por las manos nobles de los hombres y mujeres del estado Mérida se rinden en agradecimiento a San Isidro Labrador, el santo protector de los agricultores andinos.
Por Jesús Quintero / LaPatilla.com
No hay rincón de la geografía merideña donde la gracia y la bondad no hayan bendecido los suelos, transformando el esfuerzo diario de hombres y mujeres que, con el sudor de su frente, labran la tierra para convertirla en cosechas generosas de frutas, verduras y hortalizas que alimentan a la gente.
Durante los días 15 y 16 de mayo, los campos andinos se vistieron de fiesta en una demostración de profundo agradecimiento.
Desde las áridas tierras del municipio Sucre hasta los páramos más elevados y los verdes valles de Mocotíes, las comunidades celebraron la fertilidad de la tierra bajo una promesa inquebrantable que resonó en cada montaña: «San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol».
Esta manifestación de fe y cultura popular unió una vez más a los pueblos en un solo canto de esperanza por las cosechas venideras y los frutos que la tierra entrega.

El epicentro de la tradición se vivió en Lagunillas, en el municipio Sucre, donde la devoción religiosa se funde mágicamente con el sincretismo cultural a través de las Danzas de los Locos de San Isidro, una de las manifestaciones más vistosas de la región. Hombres y mujeres de la comunidad se transformaron vistiendo trajes multicolores hechos de retazos, acompañados de máscaras tejidas, de madera o cartón, mientras portaban látigos y bastones.
Lejos de ser una simple comparsa, este baile ritual de profunda raíz indígena y colonial recorrió las calles al ritmo de violines, cuatros y tambores para pagar promesas, pedir por la productividad de los suelos y alejar las plagas de los sembradíos.
Por su parte, en el municipio Santos Marquina la festividad adquirió un matiz de profunda conexión con la tierra laboriosa, especialmente en La Mucuy Alta y en el hermoso pueblo de Tabay, a pocos minutos de la ciudad de Mérida. Allí, los productores locales se esmeraron en diseñar carrozas monumentales que resultaron verdaderas obras de arte en movimiento, elaboradas exclusivamente con frutos frescos, verduras relucientes y legumbres de todos los colores.
Asimismo, en Tabay y sus comunidades aledañas, las majestuosas yuntas de bueyes —animales que simbolizan el trabajo histórico del campo— caminaron con paso firme y elegante. Adornados con flores, cintas y collares de frutas, estos animales fueron guiados por campesinos orgullosos de sus raíces que recorrieron las calles en agradecimiento al santo patrono.
La belleza de esta celebración se extendió con igual intensidad por el resto de la entidad andina.

En Bailadores, en el Valle de Mocotíes, la creatividad de los agricultores también se desbordó en sus propias actividades culturales y religiosas. Mientras tanto, a más de 3.000 metros de altura, en Mucuchíes, San Rafael de Mucuchíes y otras comunidades del páramo, el frío de la montaña se templó con la solemnidad de las misas y la bendición de las semillas.
Sin distingo de edad, esta tradición se inculca de generación en generación, desde los más pequeños de cada hogar hasta los abuelos, quienes custodian los valores cristianos de la región. Se trata de una celebración que representa el sentir genuino de los andinos en cada rincón, quienes con profunda fe se rinden cada año ante San Isidro Labrador.






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