
El pequeño príncipe Benson ha enfermado.
Su padre es el rey Micanor, autoproclamado último monarca del Caribe, amo de los muelles de Puerto Príncipe, «señor de la guerra» del barrio de Wharf Jérémie y de Viv Ansanm, la confederación de pandillas que controla la capital de Haití.
Por Juan Martínez d’Aubuisson | BBC Mundo
Y está convencido de haber descubierto la causa: en el área hay hombres lobo, una suerte de hechiceros ancianos con el poder de transfigurarse en animales para atacar por las noches y con especial debilidad para enfermar y matar niños.
El rey decide entonces que, para salvar a su hijo, sus huestes deben salir a cazarlos.
En una casa, Sébastien, un hombre fuerte y rudo de 32 años, ve desde debajo de la cama de su mamá cómo dos hombres se la llevan.
En otra, la abuela de Evelyn le dice: «Que nadie diga nada. Escóndanse todos». La anciana entonces abre la puerta y la raptan.
También se llevan al abuelo de Sheila. Cuando quiere averiguar sobre su paradero, el anciano ya es un cadáver.
Manú también busca a sus padres. No contestan el teléfono. Al día siguiente descubre que a su papá lo desmembraron a machetazos.
Los bandidos de Micanor asesinan asimismo al tío y al primo de Dustin. Él lo cuenta con dos agujeros de bala en el cuerpo.
La madrugada del 7 de diciembre de 2024 muere el príncipe Benson Altes. Tenía seis años.
Durante seis días, su padre acaba con la vida de 207 personas. La mayoría tenía más de 60 años. Los corta a machetazos, los hace desaparecer con fuego o envía sus restos al fondo del mar.
A finales de febrero de 2025, tres meses después de la masacre en Puerto Príncipe, concierto una cita con Rosie Auguste Ducéna, una abogada al frente de la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos (RNDDH, por sus siglas en francés). Pero es complicado moverse.
El 90% de la capital de Haití, la ciudad más violenta del país más violento y pobre de América, lleva más de un año bajo el control de Viv Ansanm, la mayor confederación de bandas criminales jamás vista en la región.
Desde el 29 de febrero de 2024 los bandidos han tomado barrio tras barrio, quemando estaciones policiales, radios locales, escuelas, edificios gubernamentales, cementerios, carreteras… Han devastado la ciudad.
El 10% que resiste la ofensiva está defendido por lo poco que queda del Estado haitiano, una misión internacional comandada por Kenia, civiles y por los hombres de algunos caudillos, como el expolicía Samuel Joasil, el más reconocido de todos.
Estas brigadas montan barricadas casi todos los días, colocan carros quemados, portones improvisados, cercos de púas o llantas con fuego para impedir que los bandidos entren, y para conseguir que, si acceden, se muevan lento. Así podrán cazarlos, matarlos y en, muchas ocasiones, quemarlos.
La movilidad también es difícil para los que estamos en esta especie de fortaleza.
He hablado por teléfono con Rosie Auguste desde mi llegada a Puerto Príncipe a finales de febrero de 2025, pero es a mediados de marzo de ese año cuando consigo por fin sentarme frente a ella, en su oficina.
«No sé, nadie sabe por qué los bandidos hacen lo que hacen», responde cuando le pregunto por la razón de la masacre en Wharf Jérémie.
Rosie Auguste, una de las mayores especialistas sobre las bandas y la violencia de Puerto Príncipe, cree que es una forma de presión para hacer que la ciudad caiga más rápido. «Terroristas», les llama.
Considera además que los warlords (señores de la guerra) diseñan la estrategia, pero no controlan las huestes de adolescentes que, borrachos de adrenalina y poder, terminan asolando de formas escalofriantes a la población. Y también que años de vivir entre la violencia deforman a esos muchachos.
Pero, como el resto de expertos, cree, sospecha, intuye, pero no sabe.
Rosie Auguste está molesta, se le nota. Llama cobardes a los bandidos de Viv Ansanm. Dice que atacan a las poblaciones antes que al gobierno.
«Saben dónde está el primer ministro, dónde viven los funcionarios, pero ellos prefieren atacar a mujeres y niños desarmados. Hacen violaciones masivas frente a todo el mundo y matan a bebés», dice con el ceño fruncido.
Esta mujer lleva años documentando y denunciando no solo las barbaries de las bandas. También acusa al Estado haitiano de pasividad, permisividad y colusión. Por eso cree que su vida está en riesgo. No sería la primera persona que asesinan por documentar estas cosas.
Un periodista local me cuenta que es imposible. Dice que entrar a Wharf Jérémie no es opción porque el rey Micanor se ha vuelto paranoico y sus hombres con él.
Asegura además que los sobrevivientes tampoco podrán salir del barrio. Micanor ha montado retenes que controlan las salidas de la gente y quitado los celulares a los habitantes, y aquellos que han logrado huir a otros barrios o a campos improvisados de refugiados tendrían que arriesgar demasiado.
Le pregunto a Rosie Auguste y me promete intentarlo, pero añade que para ellos moverse por la ciudad sería casi un suicidio. Me pide que regrese a principios de abril de 2025.
Para esta segunda entrevista llego hasta su oficina en la moto de Ivander, mi guía local.
Este día la ciudad arde, Viv Ansanm ha mordido por la noche los linderos de la fortaleza, los tiros siguen sonando y la brigada del caudillo Samuel Joasil está en las calles con sus armas y su fuego.
Rosie Auguste me explica que la devastación de la ciudad comenzó con el asesinato en 2021 de Jovenel Moïse, el entonces presidente de Haití, y me cuenta sobre el trabajo de hormiga que su equipo tuvo que hacer, arriesgando la vida, para elaborar el informe sobre la masacre de Wharf Jérémie.
Al final de nuestra conversación me entrega un documento muy detallado con más de 120 testimonios.
Y luego me pregunta: «¿Dónde quiere hacer las entrevistas?».
Ante mi asombro, abre una puerta y me señala a cinco personas sentadas en una banca, con la mirada asustada.
En un acto insólito de valentía, cruzaron una ciudad en guerra, atravesando barricadas, fuego y balas, arriesgándose a correr la misma suerte que sus familiares, para contarme cómo murieron y evitar que su historia termine en el mismo lugar que sus cuerpos: en el fondo del Caribe.
Al final de las entrevistas todos aseguran seguir en contacto con los suyos, dicen hablar con ellos en sueños, y verlos habitar la casa, cuidar de sus hijos, cocinar su comida, huir con ellos por la ciudad.
Sus testimonios, un informe de la red de organizaciones locales y otro de Naciones Unidas son la base de esta reconstrucción sobre lo ocurrido entre el 6 y el 11 de diciembre de 2024, cuando el rey Micanor perpetró la mayor masacre cometida por una banda criminal en América en el siglo XXI. Aquellos días en que los sobrevivientes comenzaron a soñar.
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