
El jueves próximo pasado, se movilizó un número importante de trabajadores a la plaza Morelos de la ciudad capital en demanda de un aumento salarial. Incluso, hubo marcha hacia el centro e, insólito para los tiempos que hemos vivido, se les permitió romper distintas barreras policiales en el trayecto.
Lo curioso fue la reacción del oficialismo frente a un modesto evento anunciado con suficiente antelación, al inventar – ¿cuándo no? – una contramarcha de los empleados públicos que todavía están resignados a cumplir con la convocatoria. Esta vez, el gobierno que es temeroso al mismo tiempo que procura infundir temor, tomó las vecindades de la plaza, montó un espectacular escenario con un poderoso equipo de sonido, e, imaginando, el orador una avenida repleta de personas, no permitió que se oyera la voz de la protesta.
Mientras que los oradores de la Morelos intentaban hacerse oír por la entusiasta audiencia, el animador del gobierno improvisaba un mensaje que retumbaba en los edificios cercanos, asegurando que muy pronto llegarían los reales del petróleo para asistir a la población en los hospitales y darle de comer, como nunca lo hizo la cuarta república. Por supuesto, pidió la devolución de los Maduro y, el seguramente funcionario público de alguna responsabilidad partidista, ahogó con sus estridencias el mensaje limpio y concreto de los dirigentes opositores.
No cabe duda del superior costo material de la instalación de la tarima y de todos sus artilugios para tratar de neutralizar la legítima ciudadana que no tardó en marchar hacia el centro histórico caraqueño, mientras proseguía el espectáculo musical con los empleados públicos que poco a poco llegaban con evidente hastío en sus rostros. Y el costo emocional infringido a sus propios e impotentes seguidores que deben contener la rabia, porque tampoco les alcanzan los reales para que sobreviva la familia.
La disparatada propaganda gubernamental que pinta la realidad que no es, fracasa: todos tienen hambre, todos saben cuál es la responsabilidad que le incumbe al oficialismo y a más nadie. Lo peor es que el seguidor más desavisado, distraído y apendejiado de este socialismo del siglo XXI, siente vergüenza al percatarse del uso desproporcionado y avieso de los recursos públicos para esconder la protesta desarmada de la oposición responsable.
