24.7 C
Miami
jueves 26 de febrero 2026
VenezolanosHoy
Luis Alberto Perozo PaduaOpinión

Luis Alberto Perozo Padua: La increíble hazaña de dos scouts venezolanos que caminaron de Caracas a Washington

Entre enero de 1935 y junio de 1937, dos jóvenes scouts venezolanos cambiaron para siempre el significado de la palabra determinación. Con sus mochilas al hombro y el uniforme scout como insignia de identidad, Rafael Ángel Petit y Juan Carmona emprendieron una caminata épica desde Caracas hasta Washington D.C., desafiando selvas, montañas, pandemias y fronteras. Su meta: asistir al Primer Jamboree Nacional de los Boy Scouts of America. El resultado fue una gesta histórica de resistencia, voluntad y espíritu que atravesó la mitad del continente americano y aún hoy asombra por su audacia

 

A Carlos David Villasmil Delgado y Ali Palacios, 

cuya disciplina silenciosa y lealtad a la Promesa Scout 

son faro para las generaciones que vienen. 

A ellos, que entienden que servir es un honor 

y perseverar es un deber.

Era una fría mañana del 11 de enero de 1935 cuando tres jóvenes scouts se presentaron en la Plaza Bolívar de Caracas, listos para emprender un viaje que nadie en su tiempo podía imaginar. Rafael Ángel Petit, de la Tropa San Sebastián N° 1; Juan Carmona, español de nacimiento, pero formado en Venezuela; y el libanés Jaime Roll. 

Sus mochilas cargaban lo mínimo indispensable. En los bolsillos apenas cinco bolívares. En la mente, una sentencia que no admitía retrocesos: “Llegaremos a Washington o moriremos con gusto”.

El raid pedestre Caracas–Washington, promovido por la Asociación de Cronistas Deportivos, no era una excursión juvenil. Era una declaración de ambición continental. El escultismo venezolano, entonces en expansión, veía en ellos disciplina, resistencia y un espíritu de aventura moldeado en campamentos, marchas y pruebas de carácter. Lo que comenzó como una salida simbólica se transformó en una travesía que duraría más de dos años y medio.

Cruzar Venezuela era apenas el prólogo

La primera batalla fue el propio territorio. Los tres andarines avanzaron por la misma ruta que Petit había recorrido en 1933 durante la gira Maracaibo–Caracas. Descendieron por Los Teques y La Victoria, atravesaron Maracay y Valencia, bordearon El Palito y cruzaron San Felipe y Urachiche hasta llegar a Barquisimeto y Carora. Luego vino la verdadera prueba: el ascenso andino.

Trujillo, Valera, Alto del Páramo, Cachopo, Mérida, Tabay, Tobar Santa Cruz y Bailadores fueron estaciones de esfuerzo. Después, La Grita, El Cobre, Palo Grande y Colón; más adelante La Fría, El Guayabo, El Palmiro y San Cristóbal. Finalmente alcanzaron San Antonio del Táchira, última frontera venezolana.

Setenta y nueve días después de salir de Caracas, el 31 de marzo de 1935, los tres cruzaron el puente internacional Simón Bolívar rumbo a San Gil, Colombia. No era una meta alcanzada. Era el verdadero inicio.

La ruptura

Pero las grandes travesías no se fracturan por montañas sino por convicciones. A pocos kilómetros de Bogotá estalló el conflicto. Carmona, consciente de sus raíces españolas, aspiraba a que la hazaña trascendiera también hacia su país de origen. Petit fue categórico: vestían el uniforme de la Federación de Boy Scouts de Venezuela; la proeza debía ser venezolana.

La discusión escaló. Fue una grieta. Carmona decidió separarse y avanzar solo, llegando primero a Bogotá el 12 de mayo de 1935.

En la capital colombiana, Jaime Roll también optó por detener su marcha, afectado por los pleitos surgidos entre Bucaramanga y Bogotá. La expedición quedaba reducida a uno.

Petit solicitó instrucciones al teniente Leal Bracho. La respuesta fue escueta: “Recibido. Regrese a ésta. Familia bien. Cuerpo salúdalo. Miguel Ángel Leal B.”

La orden implicaba volver. Petit respondió con algo más fuerte que la obediencia:

“Hasta hoy sus consejos y órdenes han sido cumplidos al pie de la letra. Pero en esta ocasión, el caso cambia de aspecto. Va en ello no solamente mi honor, sino el de mi familia, el de mi patria para la que quiero cosechar glorias deportivas y el Cuerpo de Boy Scouts de Venezuela, que ha depositado, con la A.C.D. (Asociación de Cronistas Deportivos) de Caracas su confianza en mí. Así, pues, si muero en la audaz empresa, moriré con gusto. Antes morir con honor que vivir deshonrado.”

En ese instante la caminata dejó de ser colectiva y se convirtió en una empresa individual sostenida por orgullo, identidad y una obstinación que rozaba la temeridad.

Rafael Ángel Petit no era solo un joven entusiasta del deporte y la cultura física; era un atleta forjado en competencias y disciplina scout, preparado para jornadas interminables. Juan Carmona, por su parte, había encontrado en Venezuela un hogar y en el escultismo una escuela de carácter. 

Ambos encarnaban la voluntad, la lealtad y el sentido de misión que define al movimiento scout. Pero la historia demostraría que, cuando el ideal se pone a prueba, no todos lo sostienen del mismo modo.

Territorios y obstáculos: la ruta más difícil del planeta 

Caminar desde Venezuela hasta Estados Unidos en esa época requería algo más que pies resistentes. Significó atravesar paisajes, climas, culturas y fronteras sin el apoyo de carreteras modernas ni tecnología GPS. 

El 29 de julio de 1935, Rafael Ángel Petit abandonó Medellín con un propósito que ya no era solo geográfico: debía atravesar las selvas impenetrables del Chocó colombiano y el Darién panameño para reencontrarse con Juan Carmona, quien había partido quince días antes en solitario. No era un trayecto cualquiera. Aquella franja selvática era, incluso para exploradores experimentados, uno de los territorios más hostiles del continente.

Cuando Petit llegó a Colón, a finales de agosto, recibió una noticia inquietante: en el hospital Santo Tomás permanecía internado un joven procedente del Darién, víctima de una grave infección provocada por una picada de gusano, con riesgo incluso de amputación. Petit acudió de inmediato. El herido era Carmona.

El reencuentro no fue retórico ni sentimental; fue una reafirmación. Allí, entre el olor a antiséptico y el rumor del puerto, sellaron nuevamente su compromiso. Las diferencias que los habían separado quedaron atrás frente a la magnitud del desafío. Retomaron juntos la marcha bajo la misma consigna que había marcado su partida: “Llegaremos a Washington o moriremos con gusto”.

Costa Rica: Una recepción cálida y una batalla con la enfermedad

Tras meses de marcha, el 23 de diciembre de 1935 a las 8 de la noche, Rafael Ángel Petit y Juan Carmona llegaron a San José, capital de Costa Rica, donde fueron recibidos con una simpatía que, fuera de Venezuela, pocos lugares les habían brindado con tanta calidez. Su paso por ese país no fue fácil: el paludismo golpeó con fuerza a Petit, ralentizando sus pasos y obligándolos a prolongar su estancia antes de poder continuar hacia el norte del continente. 

Una vez repuestos, siguieron su marcha y el 15 de marzo de 1936 alcanzaron Managua, Nicaragua. Allí relataron las peculiaridades que observaron en Costa Rica: una nación donde las elecciones presidenciales atraían la atención de todas las familias, que colgaban retratos de sus candidatos y exhibían los colores de sus partidos desde las fachadas de sus casas —una escena que resultaba curiosa para dos venezolanos que, al salir de Caracas en 1935 bajo el gobierno del general Juan Vicente Gómez, no habían conocido procesos electorales comparables en su propio país. 

El 18 de marzo, en Managua, fueron recibidos por el presidente Dr. Juan Bautista Sacasa, quien los apoyó económicamente y posó con ellos para una fotografía que quedaría como testimonio de ese encuentro simbólico entre una joven gesta scout y los liderazgos políticos de Centroamérica. 

Entre sospechas y liberaciones: El Salvador

Atravesar El Salvador no fue un trámite pacífico. En plena dictadura de general Maximiliano Hernández Martínez, Petit y Carmona fueron detenidos dos veces en la frontera bajo sospecha de ser disidentes políticos. 

Las autoridades confundieron su presencia con movimientos contrarios al régimen, hasta que la revisión de sus documentos reveló la verdad: eran Scouts venezolanos caminando hacia los Estados Unidos. Tras aclararse la confusión, fueron liberados y pudieron proseguir su ruta.

México: Reconocimiento y descanso

En México enfrentaron largos tramos bajo el sol inclemente del altiplano y noches frías que exigían resistencia física y mental. En cada lugar, sus botas gastaban más suelas: se calcula que cada uno usó al menos doce pares durante todo el raid pedestre. 

El 22 de octubre de 1936 la capital azteca los recibió con honor. Petit y Carmona fueron saludados por figuras destacadas del escultismo mexicano: el Jefe Scout de México, Jorge Muñoz; el Comisionado Internacional Roberto Burkle; y el Comisionado del Distrito Federal, Emilio Raz Guzmán. 

En reconocimiento a su odisea, los Scouts de México los condecoraron, y durante un mes fueron huéspedes en la capital, donde pudieron descansar y compartir experiencias con la comunidad scout local. 

Cruce al norte: Texas y una carretilla legendaria

Finalmente, en la tarde del 25 de enero de 1937 cruzaron el puente internacional sobre el Río Bravo y pisaron suelo estadounidense después de más de dos años de marcha continua y tras haber recorrido a pie la mayor parte de Venezuela, Colombia, Panamá, Costa Rica, Honduras, El Salvador, Guatemala y México. 

Sin embargo, debieron regresar temporalmente a Monterrey y luego a Ciudad de México debido a problemas con sus visados norteamericanos, antes de lograr el ingreso definitivo. 

Una vez en Texas, en su tránsito por ese estado comenzaron a utilizar una carretilla construida por ellos mismos para transportar sus equipos con mayor facilidad gracias a las mejores carreteras pavimentadas de la región. 

Esta carretilla, que simbolizaba su adaptabilidad y creatividad, fue posteriormente donada al Museo Rafael Urdaneta de Maracaibo cuando regresaron a Venezuela. Con el tiempo se perdió del inventario del museo y figura hoy entre los artículos por recuperar, un relicario de una hazaña que marcó a toda una generación.

Cómo sobrevivían los caminantes 

Petit y Carmona no tenían dinero para comprar comida cada día. Para sostenerse, tuvieron que ingeniárselas: Daban charlas y conferencias informales en los pueblos que cruzaban, explicando su misión. 

Vendían postales autografiadas con su sello personal. Recibían donaciones, alimentos y hospedaje de autoridades locales y comunidades impresionadas por su propósito. Su uniforme no era solo un símbolo: funcionó como un salvoconducto moral. Les abría puertas, generaba confianza y despertaba curiosidad entre quienes encontraban a dos jóvenes caminando sin más compañía que su lealtad al sueño de llegar a Washington. 

¡Al fin! Llegamos a Washington

El 16 de junio de 1937, tras más de dos años, cinco meses y cinco días de caminata, Petit y Carmona entraron finalmente a Washington D.C., pisando sus últimos tramos por la Lee Highway, exhaustos pero triunfantes. 

Su llegada fue reportada en la prensa estadounidense: “Boy Scouts de Venezuela llegan a Washington después de una caminata de 8,000 millas…”, tituló The Washington Post. 

El mismo día fueron recibidos oficialmente en las escalinatas del Capitolio por el embajador de Venezuela, Diógenes Escalante en compañía de su esposa, Carmen Carolina Torres de Lecuna, quienes recibieron el tricolor nacional de parte de los dos Boy Scouts. 

Pero el momento más emblemático llegó días después: el 30 de junio de 1937 se inauguró el Primer Jamboree Nacional de los Boy Scouts of America en el National Mall de Washington, donde unos 27.000 scouts participaron del evento que agrupaba actividades, ceremonias y encuentros multiculturales. Petit y Carmona no solo participaron: fueron celebrados como símbolos vivos de la aventura scout. 

Eran los únicos scouts que habían llegado caminando desde su país de origen sumando más de 18 mil kilómetros, 2 años, 5 meses, 5 días y 4 horas, y eso los convirtió en una atracción destacada del máximo evento Scouts. 

Tan relevante fue la hazaña de estos dos venezolanos, que el propio presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt, presidente honorario de los Scouts, los elogió en público y estrechando sus manos.

Regreso a casa: del Capitolio al fervor venezolano

La monumental travesía encontró su culminación en Washington D.C., frente a las escalinatas del Capitolio, donde quedó sellada una odisea de miles de millas recorridas a pie. Tras participar en el Primer Jamboree Nacional de los Boy Scouts of America y convertirse en figuras celebradas del encuentro, Rafael Ángel Petit y Juan Carmona comenzaron el retorno a su patria por una vía impensable cuando partieron con cinco bolívares en el bolsillo: el aire.

El 25 de julio de 1937, a las 4 de la tarde, abordaron en Miami un vuelo gratuito concedido por la Pan American Air Lines. La ruta incluyó escalas en Puerto Rico y en Puerto España, en Trinidad y Tobago, antes de dirigirse hacia Venezuela. Dos días después, el 27 de julio, aterrizaron en el aeródromo de Maiquetía a las 7 de la mañana.

La escena contrastaba con la partida silenciosa de enero de 1935. Esta vez no eran tres jóvenes anónimos iniciando una aventura incierta, sino dos trotamundos que regresaban convertidos en símbolo de perseverancia nacional. Familias, autoridades y miembros del movimiento scout venezolano se congregaron para recibirlos entre aplausos, banderas y vítores.

La travesía de Petit y Carmona no fue solo una aventura juvenil. Fue, en su tiempo, un puente entre culturas. Fue un ejemplo de disciplina, constancia y lealtad a un ideal. Su historia cruzó fronteras y abrió una ventana para entender el poder del espíritu humano cuando se combina con una causa más grande que uno mismo. 

Recorrer miles de kilómetros a pie no es solo una proeza física: es una metáfora de la vida. Cada paso que Petit y Carmona dieron desde Caracas hasta Washington fue un acto de fe en sí mismos y en su sueño. 

Esto nos recuerda que el verdadero valor no siempre se mide en medallas o trofeos, sino en la capacidad de avanzar cuando todo parece indicar que no hay camino. Y es ese espíritu, ese gesto de caminar hasta la meta sin rendirse, lo que convierte esta hazaña en una luz que sigue inspirando a generaciones.

Luis Alberto Perozo Padua
Periodista especializado en crónicas históricas
luisalbertoperozopadua@gmail.com
@LuisPerozoPadua

 

Fotos: Cortesía del Museo Virtual Scouts Venezuela*

Related posts

Caricaturas de este sábado 21 de febrero de 2026

Prensa venezolanoshoy

Ángel Montiel: El sello imborrable del doctor Luis Moreno Guerra

Prensa venezolanoshoy

Justo Mendoza: La política como servicio y experiencialidad, ejes inteligentes del cambio político

Prensa venezolanoshoy