jueves 12 de febrero 2026
VenezolanosHoy
Opinión

Luis Alberto Perozo Padua: La diplomacia venezolana en Estados Unidos bajo la sombra de Gómez

Entre 1908 y 1936, la representación venezolana en Washington fue un engranaje clave del poder de Juan Vicente Gómez. Diplomáticos de alto perfil, petróleo en expansión, neutralidad calculada y férrea disciplina política sostuvieron una relación marcada por conveniencia y evidente desigualdad. Un siglo después, el vínculo bilateral continúa tensado entre desconfianza, sanciones y tímido acercamiento

El 20 de junio de 1908, Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas con Venezuela. Retiró su legación en Caracas y confió la custodia de sus archivos e intereses a Luis de Lorena Ferreira, representante diplomático de Brasil. Seis días después, el 26 de junio, Venezuela ejecutó el retiro oficial de su legación y encargado de Negocios en Washington.

En ese contexto asumió Nicolás Veloz Goiticoa, caraqueño, como encargado de Negocios ad interim. Ya había ejercido el cargo entre 1905 y 1906. Fue el primer sostén institucional en medio de la interrupción formal del vínculo bilateral.

Las relaciones se restablecieron el 13 de febrero de 1909 mediante la firma del Protocolo para la decisión y arreglo de ciertas reclamaciones. Comenzaba así una etapa de normalización bajo la égida del benemérito Juan Vicente Gómez.

Conviene subrayar un punto esencial desde el rigor historiográfico: durante buena parte del gomecismo, la representación venezolana en Washington tuvo rango de Legación, no de Embajada. La elevación formal de muchas legaciones latinoamericanas al rango de embajadas ocurrió en las décadas de 1930 y 1940. Por ello, los jefes de misión fueron técnicamente ministros plenipotenciarios, no embajadores en sentido contemporáneo.

Diplomacia de estabilidad

Tras el restablecimiento asumió Pedro Ezequiel Rojas y Rojas, nacido en Cumaná en 1837, periodista y senador. Fue Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario desde 1909 hasta su muerte en Atlantic City en 1914. A sus funerales asistió el presidente Woodrow Wilson, gesto que evidenció el nivel de interlocución alcanzado.

Luego ocuparía la misión Santos Aníbal Dominici Otero (1914-1922), médico, abogado, escritor y ex rector de la Universidad Central de Venezuela. Su gestión coincidió con la Primera Guerra Mundial y con el despegue petrolero venezolano. Neutralidad prudente y señales de estabilidad fueron sus ejes operativos.

Posteriormente asumirían Pedro Manuel Arcaya Madriz (1922-1926 y 1930-1936) y, entre ambos períodos, Carlos Francisco Grisanti Franceschi (1926-1930). Arcaya, jurista e historiador; Grisanti, doctor en Derecho y figura parlamentaria. Ambos gestionaron una etapa en la que el petróleo ya había convertido a Venezuela en actor energético estratégico para Estados Unidos.

Gómez no viajaba, no cultivaba presencia internacional directa. Su política exterior descansó en intermediarios capaces de transmitir orden interno, pago puntual de la deuda externa y garantías a la inversión extranjera. Ese fue el verdadero eje de la diplomacia gomecista en Estados Unidos: estabilidad política como aval económico.

Rostro intelectual de la dictadura

En esos años también orbitaban en la arquitectura intelectual del régimen figuras como José Gil Fortoul y Manuel Díaz Rodríguez, quienes fueron enviados a Washington para entenderse con el gobierno norteamericano, pese a que ninguno fue jefe de misión permanente en Washington durante el período aquí descrito. Ambos representaron el rostro civil y doctrinario del gomecismo en el exterior.

Pero reducir a Gil Fortoul a un simple acompañante sería un error historiográfico. Nacido en Barquisimeto en 1861, fue uno de los intelectuales más influyentes del positivismo venezolano. Jurista, historiador, sociólogo y político, llegó a ser presidente provisional de la República en 1913 y presidente del Consejo de Gobierno. Su obra, particularmente su Historia Constitucional de Venezuela, no solo interpretó el pasado republicano, sino que ofreció una justificación teórica del orden como requisito del progreso. 

Para el gomecismo, Gil Fortoul no era un decorado: era la legitimación doctrinaria del autoritarismo como fase necesaria de consolidación estatal. Cuando fue enviado a Washington, su presencia comunicaba algo más que cortesía diplomática; transmitía la idea de que el régimen poseía fundamento intelectual y visión histórica.

Manuel Díaz Rodríguez, por su parte, médico y novelista modernista, aportaba otra dimensión: la cultural. Autor de Ídolos rotos y figura central del modernismo venezolano, encarnaba la sofisticación literaria que el régimen quería proyectar hacia el exterior. Su participación en gestiones diplomáticas buscaba mostrar un país no reducido al caudillismo rural sino capaz de dialogar con los códigos culturales del mundo atlántico.

Eran parte del andamiaje simbólico que acompañaba la política exterior: orden positivista, por un lado, refinamiento cultural por otro.

El discurso castigado

El 19 de abril de 1921, durante la inauguración de la estatua ecuestre de Simón Bolívar en Central Park, el diplomático Esteban Gil Borges representó oficialmente a Venezuela.

No era un funcionario menor. Nacido en Caracas en 1879, abogado, internacionalista y figura central de la Cancillería venezolana, Gil Borges fue ministro de Relaciones Exteriores en varias oportunidades y uno de los diplomáticos mejor formados de su generación. Dominaba el derecho internacional público y participó activamente en la modernización institucional del Ministerio de Relaciones Exteriores. Su carrera trascendía la coyuntura: era un profesional de Estado.

En Nueva York pronunció un discurso centrado en la figura del Libertador. No mencionó al general Juan Vicente Gómez.

La omisión desató una controversia en Caracas. La Biblioteca Biográfica Venezolana documenta que el silencio fue interpretado como falta de lealtad o imprudencia política. Al regresar, Gil Borges perdió su cargo como ministro plenipotenciario y fue objeto de críticas desde sectores cercanos al poder.

El episodio revela una tensión estructural: la diplomacia debía enarbolar el legado bolivariano ante el mundo, pero sin eclipsar la centralidad del gobernante. En un régimen donde el poder se concentraba en una figura, el discurso exterior también debía reflejar subordinación simbólica.

Que un diplomático de su talla fuese sancionado por una omisión protocolar demuestra hasta qué punto la política exterior estaba subordinada al control político interno. No era un problema de retórica: era un problema de autoridad.

Desequilibrios históricos

Desde una perspectiva historiográfica, la relación entre Venezuela y Estados Unidos durante el gomecismo estuvo marcada por pragmatismo y cálculo estratégico. No fue una diplomacia de afinidades ideológicas sino de intereses convergentes. Estados Unidos necesitaba estabilidad energética en el Caribe; Venezuela requería reconocimiento y capital.

En 1930, aprovechando los ingresos crecientes de la entonces incipiente industria petrolera, Juan Vicente Gómez ordenó la cancelación total de la deuda externa de Venezuela, que según estudios económicos ascendía a unos 225,5 millones de bolívares en 1909 y fue liquidada por completo el 17 de diciembre de 1930, fecha escogida para conmemorar el centenario de la muerte de Simón Bolívar. Eso implicó un desembolso de aproximadamente 24 millones de bolívares, equivalente a alrededor de 4,5 millones de dólares de la época, hecho que convirtió al país en uno de los pocos del mundo sin deuda externa formal en ese momento. 

Esa operación no fue un acto menor: mientras las economías europeas y latinoamericanas luchaban por cumplir con sus obligaciones financieras durante la crisis de 1929 y la Gran Depresión, Venezuela emergió sin la carga de deuda externa y con un flujo petrolero que la hacía atractiva para capitales e intereses norteamericanos. Dentro de ese contexto, el mercado estadounidense absorbió buena parte de la producción de crudo venezolano, pues para finales de la década de 1920 Venezuela ya era uno de los principales exportadores de petróleo del mundo, y los ingresos del petróleo representaban la base fundamental de la estabilidad fiscal y del pago de obligaciones internacionales. 

Sin embargo, esta estabilidad económica no significó equilibrio político. Gómez consolidó un Estado autoritario donde los resortes institucionales quedaban subordinados a su autoridad personal. La diplomacia, incluso en su dimensión técnica y profesional, era una extensión de ese control: un diplomático podía ser sancionado por un silencio. Ese contexto contraste con los desafíos que se presentaron después de su muerte.

Después del gomecismo, la relación bilateral con Estados Unidos siguió siendo amplia, con momentos de cooperación y también de tensiones. Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958) las presiones y alianzas geopolíticas continuaron, y en los gobiernos democráticos posteriores (1958-1998) la relación se manejó con normalidad institucional, incluso con altos niveles de comercio petrolero.

Todo cambió en la era Hugo Chávez (1999-2013) y se profundizó con Nicolás Maduro (2013-presente). La retórica ideológica antiestadounidense, las expropiaciones de activos de empresas norteamericanas, la nacionalización de industrias claves, y la alianza con actores geopolíticos adversos a Washington (como Rusia, Irán y China) sepultaron el modelo de entendimiento pragmático que había caracterizado gran parte del siglo XX. Bajo Chávez y Maduro, las relaciones con Estados Unidos se deterioraron hasta niveles sin precedentes: sanciones económicas, ruptura de la representación diplomática y acusaciones mutuas de interferencia política interna marcaron un punto de inflexión profundo.

La diferencia con la era de Gómez, cuantitativa y cualitativamente, es reveladora. Entonces, aunque la diplomacia estaba subordinada al poder interno, la relación con Estados Unidos se sostenía sobre una base económica compartida: la necesidad de estabilidad fiscal, el pago de las obligaciones y un interés compartido en el petróleo. Hoy, muchos de esos factores se invierten: la política exterior ideológica sustituye la convergencia de intereses, las sanciones sustituyen tratados y acuerdos, y la desconfianza sustituye la interlocución estabilizadora.

Pero la constante histórica es la asimetría. Entonces y ahora, Venezuela negocia desde una posición estructuralmente desigual frente a la potencia hemisférica. La diplomacia gomecista fue eficaz en transmitir orden, aunque al costo de subordinación institucional y concentración de poder. La diplomacia contemporánea enfrenta un desafío distinto: construir estabilidad sin depender de la lógica personalista ni de rupturas ideológicas que sepultan canales de interlocución indispensables.

La historia demuestra que la relación con Estados Unidos nunca ha sido sentimental. Ha sido instrumental, condicionada por el peso del petróleo y por las necesidades económicas del momento. La pregunta provocadora que deja el pasado y el presente es inevitable: ¿Puede Venezuela reconstruir una política exterior soberana y estable sin sacrificar la calidad institucional que ni Gómez ni las recientes administraciones han logrado consolidar?

Luis Alberto Perozo Padua
Periodista especializado en crónicas históricas
luisalbertoperozopadua@gmail.com
@LuisPerozoPadua

 

Related posts

Llantos de dignidad, por Omar González Moreno

Prensa venezolanoshoy

Gerardo Lucas: El lento ocaso del petróleo

Prensa venezolanoshoy

Corto y Picante: “Anatomía de una Jaula de Oro. Licencia y Liberación” Por José Luis Farías

Prensa venezolanoshoy