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Los crímenes de “Iceman”, el asesino de la mafia que ensayaba métodos para matar y congelaba los cadáveres para despistar

Conocido como «Iceman» («El hombre de hielo»), Richard Kuklinski no solo demostraba frialdad para matar sino que congelaba los cadáveres de sus víctimas largo tiempo antes de dehacerse de ellos para desorientar a los investigadores y que pensaran que eran muertes recientes

 

Richard Kuklinski era un tipo imponente, cuya sola presencia provocaba temor, incluso cuando ya estaba detrás de las rejas y se sabía que no saldría jamás. Su físico, con 1,94 de estatura y casi 140 kilos sin una gota de grasa, resultaba intimidante, pero mucho más lo era su prontuario, con más de cien asesinatos en su haber. Había matado como sicario de la familia Gambino, una de las cinco de la mafia de Nueva York, pero también había asesinado por su cuenta, para cobrarse alguna venganza, para deshacerse de más de un cómplice incómodo o simplemente por el placer de “cazar”. Incluso mató al azar, para probar nuevos métodos antes de asesinar a los “objetivos” que le asignaban, y en eso tuvo una gran versatilidad: además de los clásicos cuchillos y armas de fuego llegó a utilizar cianuro, sogas y hasta una ballesta.

Por infobae.com

Al farmacéutico Paul Hoffman, por citar un caso, lo asesinó el 29 de abril de 1982 golpeándolo con una palanca para cambiar neumáticos, lo primero que encontró a mano. Le dio con el hierro en la cabeza hasta que la dejó hecha añicos, metió el cuerpo en un tambor de aceite y lo cubrió con cemento. Como detalle, cuando la mezcla ya estuvo seca, dejó el tacho en un parque, cerca de un puesto de comidas rápidas donde solía parar para comer un hot dog. Lo contemplaba mientras comía el pancho con salsa picante, una de sus debilidades gastronómicas. Cuando lo interrogaron por el motivo de esa muerte dijo simplemente: “Se había puesto insistente para que le consiguiera cianuro. Lo maté porque me molestaba”.

A pesar de su variabilidad para matar, al final de su carrera se lo conocía como “Iceman” (“el hombre de hielo”), no sólo por la frialdad con que cometía sus crímenes sino por la peculiar manera que había encontrado para despistar a la policía: no se deshacía inmediatamente de los cadáveres de las víctimas sino que los mantenía congelados durante mucho tiempo antes de abandonarlos en algún lado para que los investigadores creyeran que se trataba de una muerte reciente. Fue, sin embargo, ese método el que hizo que los agentes federales le echaran el ojo, lo investigaran y finalmente lo detuvieran en diciembre de 1986.

En el mundo del hampa se lo conocía como un hombre con códigos: mantenía a su familia al margen de su profesión —las dos esposas que tuvo creían que se dedicaba al comercio— y aunque no ponía reparos en asesinar a cualquier hombre, jamás mató a una mujer. De hecho, dejó de hablarle para siempre a su hermano mayor, Joseph, cuando supo que había violado y asesinado a una chica de 14 años. Para Richard Kuklinski matar tipos era una actividad lícita, pero dañar a las mujeres era una aberración. Esa era su regla de oro, pero como toda regla tenía una excepción: acostumbraba a “disciplinar” a golpes a sus dos esposas, y también a sus hijas.

Una infancia violenta

A Kuklinski la violencia le vino desde la cuna, casi desde el momento en que llegó al mundo en Nueva Jersey el 11 de abril de 1935. Su padre, Stanley —nombre que adoptó al llegar a los Estados Unidos—, era un inmigrante polaco que trabajaba en el ferrocarril; su madre, Anna McNally, hija de inmigrantes irlandeses, dividía el tiempo entre su empleo en una envasadora de carne y una asidua asistencia a la iglesia católica del barrio. Los dos le pegaban a Richard, aunque por razones diferentes: Stanley solía molerlo a golpes cuando volvía borracho después de la jornada laboral; Anna utilizaba un palo de escoba para motivarlo a seguir las enseñanzas de la Biblia que le leía todos los días.

Esos golpes lo convirtieron en un chico timorato y retraído, actitudes que contribuyeron a que sus compañeros de escuela y los pequeños pandilleros del barrio lo hicieran blanco de ataques y burlas. Incapaz de enfrentar la violencia de sus pares, Richard descargaba su frustración con cuanto animal se le cruzaba en el camino: empezó a torturar y estrangular gatos y perros. Dejó de hacerlo cuando lo descubrieron quemando el gato de un vecino y se produjo un escándalo descomunal que terminó con una brutal paliza paterna.

Siguió siendo víctima de burlas y maltratos hasta que una tarde, cuando tenía 13 años, se desató la violencia contenida que llevaba en su interior. Fue después de que una de las tantas pandillas del barrio, la capitaneada por Charlie Lane, le propinara una paliza. En lugar de ir a llorar por los rincones, esa vez Richard decidió vengarse. Esa misma noche esperó a Charlie en una esquina oscura, lo golpeó en la cabeza con una barra de hierro y cuando lo tuvo en el piso siguió pegándole hasta que quedó muerto en medio de un charco de sangre. Después le arrancó los dientes y le cortó los dedos de las manos.

La policía ni siquiera pensó en Richard al buscar sospechosos porque puso el foco en las otras pandillas del barrio y el tímido adolescente Kuklinski no pertenecía a ninguna de ellas. Eso le produjo una poderosa sensación de impunidad que lo acompañaría por el resto de su carrera criminal.

Después de esa muerte dejó la escuela y consiguió trabajo como auxiliar en un laboratorio fotográfico especializado en el revelado de películas. El dueño estaba contento con él, siempre dispuesto a trabajar las horas que fueran necesarias. Lo que el hombre no sabía es que, por las noches, cuando se quedaba haciendo extras, Richard copiaba películas porno para venderlas en su propio beneficio. Sus compañeros de trabajo no lo querían porque acaparaba todas las horas extras y lo denunciaron al sindicato.

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