
“Es la paradoja más trágica y dudosa de la historia alemana… fuimos derrotados y liberados a la vez”, diría después el primer presidente de Alemania Occidental, el liberal Theodor Heuss, al referirse a la rendición de Alemania en la Segunda Guerra Mundial del 8 de mayo de 1945. O una de las tantas rendiciones que el alto mando alemán debió firmar frente a los Aliados. Porque el derrumbe del Tercer Reich que debía durar mil años se produjo a ritmo vertiginoso y en esos últimos días de vértigo seguía habiendo muchas cosas en juego frente a enemigos victoriosos que iban a definir el destino del país derrotado: por un lado, estaban las potencias occidentales, lideradas por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia; por el otro, la temible Unión Soviética, que encarnaba a los ojos de los nazis —o lo que quedaba de ellos— el infernal fantasma rojo del comunismo.
Por Infobae
El suicidio de Adolf Hitler en el búnker de Berlín el 30 de abril fue la señal definitiva de que todo estaba perdido para la Alemania nazi, aunque antes de pegarse un tiro en la cabeza, el otrora todopoderoso führer nombró como su sucesor al almirante Karl Dönitz, un nacionalsocialista fanático, con el mandato de continuar la guerra. Por eso, al dar a conocer oficialmente la muerte del dictador, el 1 de mayo a la noche desde los micrófonos de la Radio de Hamburgo, el almirante aseguró que continuaría la lucha y llamó a los alemanes a la resistencia. “Proseguiré la lucha contra los bolcheviques todo el tiempo que sea necesario hasta lograr que las tropas combatientes y los centenares de miles de familias de las zonas alemanas orientales sean salvadas de la esclavitud o la destrucción. Contra los ingleses y los americanos proseguiré la lucha en tanto y en cuanto obstaculicen la ejecución del combate contra los bolcheviques”, dijo.
Dönitz tenía claro que lo que proponía era imposible con el Ejército Rojo en las calles de Berlín y el cerco aliado asfixiando a las tropas alemanas dondequiera que todavía resistían. Lo único que podía intentar era ganar tiempo negociando con los Aliados para “salvar” de caer en manos del “enemigo comunista” al mayor número posible de soldados y civiles alemanes. Una de sus propuestas sonaba delirante: rendirse ante los aliados occidentales, es decir Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, pero que le permitieran seguir combatiendo contra los rusos para evitar el avance comunista en Europa.
Aun así, lo intentó. Con el objetivo de lograr que los Aliados occidentales le avalaran el plan, envió a Reims, Francia, a Alfred Jodl, jefe del mando de operaciones de las Wehrmacht, a negociar con el general Dwight D. Eisenhower, comandante de las tropas aliadas. La respuesta de Eisenhower fue terminante: la única opción que tenían los alemanes era firmar un acta de rendición sin condiciones.
El almirante Dönitz recibió la mala noticia la noche del 6 al 7 de mayo, en un telegrama enviado por Jodl: “El general Eisenhower exige que firmemos hoy mismo. De lo contrario, se cerrarán los frentes aliados contra cualesquiera personas que intenten pasarse y quedarán interrumpidas todas las negociaciones. No veo más salidas que el caos o la firma”, decía el texto.
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