El gobierno de Pakistán aseguró el viernes 27 de febrero haber bombardeado Kabul, la capital de Afganistán, y declaró entrar en una guerra abierta con dicho país.
Cinco años después de la llegada al poder de los fundamentalistas en Afganistán y de que Islamabad se convirtiera en su primer valedor internacional para lograr el reconocimiento de los talibanes, la escalada militar entre Pakistán y Afganistán escaló a un incidente más grave.
La ruptura de esta hermandad respondió a la negativa de Kabul a neutralizar los santuarios insurgentes que atacan a Pakistán, una demanda muy similar a la que los sucesivos gobiernos afganos hicieron durante años a Islamabad con los talibanes en territorio pakistaní.
Con la guerra abierta se pone fin al último pacto de seguridad firmado en Catar y transforma la disputa en la frontera en una zona de guerra con alto riesgo debido a que Islamabad es una potencia nuclear y los talibanes afganos tienen en sus manos el arsenal militar abandonado por Estados Unidos.

El pacto roto de Catar
El actual estado de guerra entierra el acuerdo de seguridad firmado en Doha en octubre de 2025, un fallido intento de tregua donde Kabul se comprometió a neutralizar a los grupos insurgentes que operan desde su territorio a cambio de que Islamabad detuviera sus bombardeos transfronterizos.
El núcleo de esta ruptura es el Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), los talibanes pakistaníes, una facción ideológicamente idéntica a los gobernantes de Kabul que ha disparado la violencia insurgente en suelo paquistaní un 70 % desde que sus aliados retomaron el poder en 2021.
La negativa de los talibanes afganos a enfrentarse a sus hermanos ideológicos pakistaniés ha empujado al mando militar de Islamabad a dar por agotada la vía del diálogo, optando por lanzar misiles directamente contra supuestos santuarios del TTP.

Los bombardeos preventivos de Islamabad
La escalada se desencadenó cuando la semana pasada Pakistán, afectado por las bajas en su propio territorio por ataques insurgentes, lanzó una serie de bombardeos aéreos directos contra lo que la inteligencia de Islamabad identificó como campamentos clave del TTP dentro de Afganistán, una acción unilateral que cruzó la línea roja de la soberanía afgana.
Tras denunciar el gobierno talibán que estos bombardeos habían masacrado a población civil en lugar de a insurgentes, el Emirato (como se autodefinen los talibanes) lanzó el 26 de febrero una respuesta armada sin precedentes contra las instalaciones militares paquistaníes en la frontera.
El contraataque con arsenal de Estados Unidos
Las fuerzas talibanes lanzaron en la noche del 26 de febrero un asalto contra los puestos fronterizos vecinos desplegando comandos de élite equipados con visores nocturnos y armamento pesado abandonado por la coalición internacional en 2021.
Este ataque logró desbordar las defensas de Islamabad mediante ataques quirúrgicos que forzaron la actual respuesta aérea sobre Kabul.

La deportación de refugiados
Este conflicto, sumado a la precaria economía afgana, ha acelerado la expulsión forzosa de más de un millón de afganos instalados allí tras décadas de conflictos -que comenzaron al final de los años 70 con la invasión rusa de Afganistán-, una maniobra de castigo demográfico que terminó provocando el efecto contrario al encender un fervor nacionalista.
Mientras los combatientes de Kabul transformaron su rechazo a la Línea Durand, la frontera impuesta por el Imperio Británico en 1893, en un frente activo, y enviaron maquinaria pesada para demoler la valla de seguridad levantada por el país vecino, con lo que convirtieron la zona en una trinchera de violencia.
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