
Venezuela se acerca a un umbral peligroso. No al precipicio conocido del exilio, la miseria, cárcel política o tortura, sino a otro más sutil y determinante. Un pretexto que, bajo la indumentaria de sensatez y reconciliación, preserve el diseño que destruyó al país. Cuando la negociación se convierte en rendición, la ilegalidad, exceso y arbitrariedad afloran sin piedad.
No es la primera vez que la historia convoca al púlpito incómodo; y desde la conciencia moral, ha de declararse sin oropeles que se aproxima una traición de perjuros. No es insurgencia, peor, es la felonía que se perfuma de salida conveniente, útil y provechosa. Es la tentación de consentir una artimaña con recompensa. No es realismo político, es abdicación de la justicia.
La señal no proviene de una fuente ni de un único actor. Escuchen el coloquio diplomático; el lenguaje oficialista y de sus cercanos; el desespero empresarial copartícipe y los organismos internacionales vociferando gobernabilidad antes que justicia. Alegan evitar un baño de sangre, y se olvidan que lleva años derramándose, como lo evidencian las denuncias ante la Corte Penal Internacional.
No es si se debe negociar. Hay que hacerlo. Pero estableciendo condiciones, garantías, y un boceto institucional que impida a la delincuencia continuar. La historia en América Latina ofrece lecciones contradictorias. Hay casos en que los pactos imperfectos abrieron ventanas a las democracias. El Salvador, con los Acuerdos de Chapultepec en 1992; Guatemala con los de Paz Firme y Duradera en 1996, cedieron cuotas dolorosas de justicia a cambio de desmilitarización e institucionalidad. Pero hay advertencias. Nicaragua, dejó intocada parte del sandinismo y el resultado, tres décadas después, un régimen violento y represivo.
La diferencia entre transición legítima y restauración disfrazada no es la negociación en sí, es si toca o elude el núcleo criminal, que, en el caso venezolano, incluye redes de narcotráfico y sus ramificaciones en las instituciones del Estado, grupos paramilitares, y estructura de corrupción. Cualquier acuerdo que no aborde su desmantelamiento, no es transición, resulta en cooptación.
En nombre del realismo que no rehúye a la verdad, lo que se perfila incluye: amnistía selectiva y recíproca, acuerdo de impunidades y reconocimiento a cambio de reformas exiguas. Incorporación de pusilánimes sin legitimidad, procedimientos simuladores de rectitud y elecciones separadas para socorrer la degradación. No obstante, su efecto práctico es convalidar la continuidad con poca democracia y sin mucha reinstitucionalización, mientras se comercializan cuotas de poder. Una transición sin justicia no es paz, es aplazamiento, y, suele concluir, en una renovación autoritaria más consolidada que la anterior. Es rendición de la ética ante la comodidad.
La salida legítima demanda un trato democrático de condiciones no negociables. Participación de las víctimas, de la sociedad civil y la verdadera oposición democrática. Justicia transicional que registre violaciones a Derechos Humanos. Reformas en el sector de seguridad que disuelvan grupos irregulares y sometan a la Fuerza Armada al control civil. Y, por supuesto, elecciones justas con amplia observación. Ninguno de estos pedimentos es radical e imposible de cumplir, todos están contemplados en el derecho internacional. Lo que sí sería éticamente inaceptable, es firmar un acuerdo que los omita.
No se condena la negociación, pero tampoco se afirma que el cambio solo puede venir de la confrontación. Hay diferencia entre realismo político y claudicación moral; está en lo que se firma, quién lo rubrica, y qué mecanismos de comprobación lo acompañan. Los ciudadanos, deben leer con precisión lo que se pacta en su nombre. Porque en política, como en el derecho, el diablo vive en los detalles, en la letra pequeña.
El venezolano ha demostrado resiliencia frente a condiciones que habrían fracturado sociedades, y da lecciones de estoicismo que avergonzarían a los cortesanos. La salida no puede ser un apretón de manos que salve a quienes la provocaron. Pero ahora, el mayor peligro viene del recinto en el que negocian sin mandato popular ni legítima representación, para fraguar una restauración que no es reparación, sino otra oportunidad para la misma farsa. Venezuela, merece una transición que, aunque imperfecta, honre a sus muertos y abra espacio real a la justicia; porque los pueblos que no enaltecen a sus mártires terminan siendo pasto de la misma bestia.
La traición no siempre llega con la guerra, aparece llena de promesas, comunicados refinados y lenguaje protocolar acompañados de expertos que explican por qué esta vez sí; por qué esta vez las circunstancias son distintas, normalizando con una foto de última hora.
No es pesimismo, tampoco clarividencia, la traición no espera, se sienta y sonríe. Pero los hijos de Simón Bolívar y tantas luchas inconclusas, reconocen al enemigo, aunque este fatigue un disfraz de aliado.
@ArmandoMartini
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