lunes 20 de abril 2026
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Armando MartiniOpinión

La Guachafita, por @ArmandoMartini

Coreografía de ausencia, degradación sin pudor, deshonra sin rubor, orden en el desorden. Incisión en el guargüero de un país que baila sobre el vacío. Cuando el Estado se pudre desde la médula y la sociedad se desgarra en un absurdo de cambalaches, cuitas e insuficiencias, lo que emerge no es caos, es método. 

Un sistema de dominio que no se agazapa en la censura, le basta estrangular, asfixiar la dignidad utilizando el desbarajuste cotidiano. Bienvenido a la guachafita venezolana, donde la rutina es patria, y el horror costumbre.

El ciudadano no protesta porque es libre; lo hace porque se ahoga, y su grito se disuelve en la algarabía de la carencia. Y entonces, llega la ausencia presidencial. No como novedad sino como perfección del sistema. Es revelador, obsceno en su claridad, cuando la maquinaria funciona sin que nadie firme; el jolgorio no necesita conductor presente, ya está automatizado. El Leviatán hobbesiano que no protege sino administra el miedo opera igual, -quizás mejor-, cuando su trono parece disponible.

La ausencia temporal no es accidente institucional, es político, que no se resuelve con legalidades; porque es el síntoma elocuente de que el poder real nunca residió en la figura visible. Habita en la deshonestidad e ilicitud. Si el bullicio no se interrumpe cuando falta el jefe, es porque fue prescindible. El caos es el verdadero Estado.

Asistamos, sin el consuelo de la épica, al espectáculo habitual, con la ironía que solo concede la angustia y el sobresalto. La guachafita. No se trata del escándalo callejero, pintoresco y efímero que dio sabor a las zonas populares. Es un sistema político-económico disfrazado de caos; un bailoteo del servilismo cómplice y adulador en el que cada actor, llámese régimen, oposición fragmentada, saqueador civil o militar y seudo empresarios, danzan al son de la misma partitura. La supervivencia en un Estado fallido, pero rentista.

Hay que liquidar el mito del «desorden popular», no nace del pueblo, sino de las élites. Es la estrategia deliberada de un poder que, incapaz de construir hegemonía, opta por la gestión de la escasez. El error más costoso es confundir ese método con incompetencia. Cuando los servicios públicos funcionan como ruleta rusa, los salarios son burla macabra y la ley se aplica según el color de la camisa o tamaño del soborno, el régimen no está perdiendo control; demuestra que el único orden posible es el de la lealtad administrada.

La situación evoca la distopía más lúcida de Thomas Hobbes: el estado de naturaleza no es un pasado remoto, sino un presente fabricado. Pero, el demonio no protege; administra el miedo. El chavismo perfeccionó el arte de convertir la anomia en recurso, y al normalizar el escándalo, hace innecesaria la dictadura perfecta. No se requiere el totalitarismo básico, de manual, cuando la desesperación cumple la misma función sin costo político explícito. 

Cuando el presidente desaparece, y el sistema no cruje. Funciona. Esa es la obscenidad que nadie nombra; no es fortaleza institucional, por el contrario, evidencia que la institución está vacía de contenido republicano, reemplazada por conveniencias e intereses que no requieren rostro visible para reproducirse. La ausencia es el mensaje.

Sin caer en el pesimismo académico. La guachafita también es, en su entraña, una forma de resistencia. La abuela que teje una trama de trueque en su edificio sin luz ni agua. La economía informal que opera transacciones por WhatsApp. Esto existe, es real, y loar sin nombrar a quienes fabricaron la necesidad es complicidad intelectual. La dignidad no debería depender del ingenio bajo presión extrema. El problema es que esta resiliencia, celebrada por malabaristas del líquido color ambarino y ensayistas de cafeína e infusiones, no es virtud sino condena, prueba forense de un fracaso. No se debería tener que inventar el agua potable cada mañana.

Para los que han visto caer imperios y nacer republiquetas, Venezuela no saldrá del estrépito por un mesías ni por una receta de manual. La superará cuando su caos deje de ser rentable para quienes lo administran. Mientras haya impunidad para violadores de los Derechos Humanos y crímenes de Lesa Humanidad; divisas y prebendas para enchufados, cómplices, cooptados y el silencio encubridor de una comunidad internacional, que habla de sanciones mientras negocia petróleo, el desorden seguirá siendo el orden.

La guachafita venezolana no es un evento. Es el síntoma avanzado de una enfermedad. Y como todo mal terminal, que avanza sin que nadie lo detenga, duele más en los pobres, pero acabará por gangrenar al resto. 

La neutralidad ante el sufrimiento es, en sí misma, una postura política. Nombrar el mal con precisión es el primer acto de resistencia intelectual posible. No escudriñe lógica donde solo hay metabolismo de la podredumbre.

@ArmandoMartini

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