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lunes 9 de marzo 2026
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La escritura creativa: un poema en prosa

Diré con modestia, pero también con total firmeza y aplomo, que en mi experiencia docente y universitaria en el área de Teoría de la Literatura he defendido reiteradamente la pertinencia de plantear y desarrollar dentro de las aulas un ejercicio práctico que, siendo académico, no renuncie a la experimentación literaria.

Me refiero a la escritura creativa como tarea crítica de la materia que estudiamos. Concretamente, suelo poner el foco en el poema en prosa. Esta modalidad no consiste en un simple adorno pedagógico propio de gurús de la didáctica o de popes congraciados con el estricto diseño de situaciones de aprendizaje. No. Se trata, en realidad, de una estrategia teórica, pues la hibridación entre prosa y lírica permite analizar y examinar, a mi juicio, los mecanismos del logos poético desde la manipulación interna del objeto de estudio. El poema en prosa, en efecto, ofrece el recurso de la extensión y de la libertad, y ambos niveles resultan particularmente fértiles para hacerle sitio a la conciencia por medio de acuñaciones nacidas de la imaginación, sin cortapisas.

Así, al carecer de la sólida arquitectura métrica del verso y, simultáneamente, al no existir la irrenunciable lógica argumental del relato, creo que esta posición intermedia del poema en prosa parece necesaria para que el alumnado advierta cómo se produce una alianza de individuos mediada en virtud de la experiencia y del lenguaje en común. Con todo, la actividad no pretende la improvisación ingenua (casi cómica por garabateada a vuelapluma) de la expresión trascendente del yo, sino explorar una cosmovisión verbal que pueda volverse paradigmática respecto a la clásica relación entre forma y pensamiento.

Desde la preceptiva clásica, el equilibrio conformado por el archiconocido binomio resverba propicia la serenidad efectiva que todo texto estético ha de reflejar orgánicamente. Y he comprobado que esta práctica creativa facilita el hecho de estructurar la voz personal. No obstante, también obliga a adentrarse en un laboratorio introspectivo donde signo y memoria se entrelazan. Un submarinismo mental, un rescate del despunte anímico de la conmoción. Y en ese cruce sobresale, si se me permite expresarlo así, una incógnita del lenguaje, un sobresalto de la sintaxis insólita que organiza, sorpresivamente, la experiencia que nos nutre día a día.

La versatilidad del poema en prosa (o prosa poética, para nosotros es lo mismo), actúa, además, contra los abundantes prejuicios que identifican teoría con abstracción estéril. Su virtud radica, entonces, en el paulatino desvelamiento que arroja luz sobre la idea de que la reflexión literaria está necesariamente asociada a una cirugía especial del lenguaje disponible. El estudiante comprende (o esa ilusión albergo), y de modo casi táctil, como una imagen —por ejemplo, un collar de pétalos— puede asumir una función transversal en la concatenación de elementos dentro del discurso creado. Por tanto, al integrar y conectar imágenes dispares entre sí, como el agua, la púrpura o el estruendo, el aludido collar de pétalos puede operar como contrapunto que dinamiza la verosimilitud sorpresiva del conjunto. La imaginación, en este contexto, se revela fuente inagotable de acuñaciones imprevistas. La razón crítica no desaparece, y acomoda su fondo a la voluntad que rige el proceso de insertar lo sublime en los universos que, fruto de nuestra inventiva, pueden llegar a existir. Y es cierto que la actividad se propone sin imperativos estéticos. Pero precisamente reside ahí, sin lugar a dudas, la verdad pedagógica que soporta nuestra propuesta creativa.

Llegados a este punto de la explicación, voy a introducir un ejemplo propio. Pero no lo hago, en absoluto, con la pretensión de sentar un modelo canónico, sino como humilde demostración de mi estrategia didáctica para acercar lo sublime de la poesía al dominio promedio de la expresión coloquial. Pienso que despojando al género poético de su solemnidad tradicional, la actitud de acercamiento se vuelve más enérgica. Presento, en consecuencia, un breve poema en prosa de autoría personal. Lo inserto aquí para ilustrar la manera en que puede surgir un texto cuando se otorga a la conciencia una libertad exploratoria plena, sin reservas de ningún tipo. Y se trata, en esencia, de una tentativa teórico-práctica: la de permitir que el discurso creado avance mediante la estable interconexión de componentes que, a priori, no casarían por relación semántica. Pero es por medio de esa inesperada fricción como acontece, precisamente, la materia de lo poético.

A continuación va mi poema en prosa, titulado “Trayecto”:   

Las carreteras son líneas enlazadas a la paciente contingencia de los cronometrajes. Hay un periodo que antecede a toda comprensión. Y detrás del aleteo de las aves se acompasa el viento sobre la franja de asfalto que promete traernos de vuelta. Pero a dónde. Incluso la fenomenología de las intermitencias parece natural. En general algo se origina en silencio, como si el universo estuviera a favor de las palabras.

Los siglos gotean en conciencias y sin embargo no es un golpe de abandono. Porque no es igual ser que existir, y en esa diferencia se abre el desván de la memoria. Dulce cansancio después del amor. Colosalmente frágiles, parecemos errantes solitarios tan felices. Miro un jardín como si fuera una página del mundo. Los griegos lo sabían: la belleza es proporción. Y caminar contigo metáfora de lo que con gusto se repite. La encomiable gramática de un mapa nos revela en sus ejes el leve traqueteo de la dicha si vamos de la mano.

Hay soberbia en seguir, en traspasar el límite de la totalidad. Pero a veces las llaves mojadas del bolsillo recuerdan caminos torcidos. Si me pongo a deletrear cada curva, cada señal, cada silencio, diría que todo apunta a un infinito apacible. La velocidad del coche es proporcional al combustible incendiado entre promesas. Respiración y atardecer, dominio de periferia, extravagancia incierta de moverse. ¿Dónde hay que decir que sí o que no?, ¿cómo entender la erosión de la cima tras el beso imprudente? Hay una decisión incauta en la rueda que abre paralelos entre lo conocido y lo sin nombre.

Extiendo el sentido hacia su concreción. Y busco un más allá que sugiere encrucijadas. Igual que las primeras veces, trenzada expectativa de kilómetros de sueño y aire puro y súbita alegría. Yo ignoro a qué responde este impulso terco de permanencia, este afán de estar en el instante justo, actualizados, como si la obediencia a nuestra sombra fuese el único modo de atravesar las avenidas del mundo y sus conversaciones. Y sucede sin más que, de repente, en el cambio de marcha en la autovía, percibo un rumor de embrague como mecánica existencial de lo que somos, y el paisaje se va quedando atrás, pero insiste renovado en la ventana, y se vuelve estirado, remoto, ambiguo, y tiembla en la chapa del capó la luz raptada en ráfagas de brillos que perduran aunque el cielo ya vaya silenciándose, o aunque la voz al lado diga que todo es anodino y propenso a disiparse en un recuerdo.

No entiendo de cristales, pero sé (o, mejor, intuyo) que el amor en los espejos enaltece el eco de algún abrazo a oscuras, un zoom en las fotografías que destilan distancia lo mismo que destino. Y la costumbre nos obliga a doblar la ropa dentro del maletero de los días por venir, como si ponerse después la camiseta confundida fuera la ventaja de habernos conocido y ceder en el otro un poco nuestra vida en la forma doméstica de los aromas. Así uno va saliendo a flote, sintoniza la radio y escucha canciones de fondo, una mezcla de piano, disco roto y risotada torpe en las resacas. No lo sé. Entonces me pregunto por qué afloran semillas del sentimiento de culpa, qué intuición nos conduce a confiar en que todo se suceda. Se tachan páginas de calendario y, no obstante, permanece el temblor o la pausa milagrosa de la luna llena, el grito que atraviesa la subjetividad con demasiadas conexiones, el gesto lento con que intento convertir el cielo en amplia maquinaria lúdica para los ojos. Y a cada rato se desprende una idea del árbol flotante que hay al fondo de las mentes que tratan de cumplir con el plazo de un premio o un artículo de revista indexada. Estiro el hilo de tu jersey, que llega al mío, y elaboro un corazón a la mitad. Late porque latimos. Delegamos vida, sangre, ritmo de espíritu que cumple su misión para los dos. O sea que si te salvas me salvo, y viceversa. Así que regresamos del viaje sin haber permanecido allí ni aquí. Tampoco siempre y nunca. Es algo más profundo y, a la vez, idóneo para el tacto. Una cuartilla, un amuleto. La imprudencia del beso en precipicios. Por eso este poema, que dice un poco sus incógnitas, nos parece bonito y suficiente. Espero que estés bien. Dime que sí. Que sepas que te quiero es lo importante.   

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