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El aire en Caracas todavía arrastra coletazos de incertidumbre, pero al caminar junto al Ávila, hay una frescura distinta, una promesa silenciosa que parece flotar sobre los tejados. Charles Chaplin avanza con sus pasos vacilantes y rítmicos, haciendo girar su bastón de caña con una agilidad que desafía los años. A su lado, con el paso firme de quien lleva el mapa de un país en la cabeza y la responsabilidad de millones en el pecho, camina María Corina.
Charlot se detiene en seco. Se lleva una mano a la barbilla, entorna los ojos con sospecha cómica y, usando su bastón como si fuera un catalejo, apunta hacia la ruta que el país ha decidido transitar. Luego, extiende dos dedos de la mano izquierda, simula que los deposita en una urna electoral, y acto seguido se arrodilla exageradamente, rindiendo pleitesía a un triunfo invisible pero colosal.
María Corina sonríe con esa serenidad que desconcierta a los tibios.
—Te entiendo perfectamente, Charlot —dice ella, deteniéndose junto a él—. El mundo entero se pregunta lo mismo: ¿Por qué aceptar volver a medirnos en unas elecciones si el 28 de julio ya se ganó de manera categórica? Podría parecer una paradoja, pero la verdadera fuerza no radica en aferrarse a la confrontación, sino en la generosidad política. Ir allí no es dudar de lo que hicimos; es ponerles el espejo definitivo de su propia soledad ante los ojos del mundo. Es demostrar que la democracia no es un capricho, sino un mandato inquebrantable que defendemos en cualquier terreno.
Chaplin asiente con la cabeza de arriba abajo tan rápido que por poco se le cae el bombín. Se acomoda el sombrero con un toque rápido del dedo y, de repente, su rostro cambia. Adopta una postura inflada, saca el pecho de manera pomposa, se atusa un mechón imaginario de cabello dorado hacia un lado y empieza a mover las manos de arriba abajo, juntando el pulgar y el índice en ese gesto tan característico de los magnates de la televisión. Da unos pasos imitando una marcha triunfal y dibuja en el aire un gran letrero luminoso, para luego señalar hacia el norte con una expresión de desconcierto absoluto.
María Corina suelta una carcajada genuina.
—¡Ah, te refieres a la excentricidad emocional de Donald Trump y su idea del ‘Estado 51’! —comenta ella, con un brillo de picardía en los ojos—. Es todo un personaje de tu época dorada, ¿verdad? Hay quienes se toman esas declaraciones con angustia o rigidez geopolítica, pero la verdad es que la política internacional a veces parece un guion de Hollywood. Más allá de sus hipérboles y su estilo tan particular, lo importante es que el mapa del mundo ya entendió que Venezuela no es esta destinada a ser librey ser una nación soberana con una dignidad indomable que se ganó el respeto de pie.
Charlot sonríe, pero su expresión vuelve a transformarse en un segundo. Da un salto hacia atrás, fingiendo pánico. Se gira rápidamente hacia la vegetación del camino, actúa como si divisara a alguien escondido entre las ramas y simula que un amigo cercano corre a darle un abrazo, pero en el último segundo, ese amigo saca un puñal de utilería… ¡y se termina apuñalando a sí mismo en el pie por pura torpeza! Chaplin lo mira con lástima, se encoge de hombros, saca un pañuelo imaginary para limpiar el “arma” y continúa su camino con una gracia impecable.
María Corina lo observa fijamente, y su tono adquiere esa gravedad de acero que el país conoce bien.
—La traición, Charlot… el eterno mal de las causas grandes. Muchos que se sentaban a la mesa y se decían aliados han intentado jugar a dos bandas en la oscuridad. Pero no podrán. Y como tú bien lo has ilustrado, el asunto casi parece un chiste malo: ¿Sabe cuál es el colmo de un falso aliado en política? Intentar vender las cadenas del barco… ¡mientras el barco ya está llegando al puerto de la libertad! Se quedan con el eslabón en la mano y el agua al cuello. Quienes buscan atajos o transacciones a espaldas de la gente terminan siendo caricaturas de sí mismos. El movimiento ciudadano es tan profundo y transparente que la luz del día simplemente los deja en evidencia.
Llegan a un punto alto desde donde el valle de la ciudad se despliega bajo la luz del presente. Chaplin se detiene, mira a la gente que camina abajo —ciudadanos comunes que resisten, emprenden y no bajan la mirada— y repite la mímica que una vez conmovió a Albert Einstein. Señala sus propios labios, abre los brazos hacia el horizonte abrazando espiritualmente a toda Venezuela y luego hace un gesto como si abriera de par en par una puerta pesada que estuvo cerrada por décadas.
—Es verdad —añade María Corina en un susurro cargado de emoción—. El arte mudo te hizo universal porque la verdad de los sentimientos no necesita traducción. Hoy nos toca hacer lo mismo en el presente. La esperanza no es una expectativa cómoda; es una disciplina de hierro. A pesar de los obstáculos, de las ofertas engañosas y de los que flaquean en el camino, este pueblo ya entendió su valor.
Charlot se sienta en un borde de piedra, saca una flor invisible de su solapa y se la ofrece a María Corina con una reverencia que mezcla el respeto paternal y la admiración profunda. Luego, da media vuelta y comienza su caminata clásica: de espaldas, moviendo los hombros rítmicamente, alejándose hacia el horizonte. Pero esta vez no se marcha hacia el final triste de un rollo de película en blanco y negro. Se detiene un segundo, se gira hacia el presente de Venezuela y, con sus manos unidas, dibuja un corazón perfecto sobre su pecho.
El odio y la traición ya han sido derrotados en el plano moral por la alegría incontenible de un país que decidió volver a nacer. El vagabundo que no hablaba ha dejado claro que el desenlace de esta historia ya está escrito en el alma de cada ciudadano. Solo falta dar los últimos pasos.
Vamos por más…
@jgerbasi
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