En una calle de San Telmo donde abundan los cafés y los turistas, una fachada azul intenso rompe con los tonos grises del otoño porteño. Afuera, el ritmo habitual del barrio continúa entre conversaciones y personas que van de un local a otro, pero adentro, entre libros, plantas, discos y tazas de café, el tiempo parece moverse más lento.
Así funciona Ifigenia, una cafetería literaria ubicada en Buenos Aires, Argentina, que se convirtió en un refugio de calma en medio del ritmo acelerado de la capital, esa misma “ciudad de la furia” que inmortalizó Soda Stereo.

Detrás de sus ventanales está Isabela Nouel, una venezolana de 39 años de edad que decidió convertir la nostalgia, la literatura y el desarraigo en un proyecto propio. Cuando emigró de Venezuela en 2016 llevó consigo cuatro maletas y 80 libros; años después, esos mismos libros terminaron dando vida a la cafetería con la que buscó reconstruir sus sueños lejos de casa.
Ifigenia no es una cafetería de paso, sino un lugar para quedarse. Las personas entran para desayunar, leer, conversar o simplemente desconectarse por un momento del ritmo exterior. La experiencia parece pensada para la permanencia, ya que las meseras atienden con cercanía, los libros ocupan cada rincón y entre cafés, postres y recomendaciones literarias, el lugar invita a desacelerar.
La identidad venezolana no aparece de manera evidente o folclórica, aunque sí está presente en los sabores, en los libros y especialmente en el nombre del local: Ifigenia, como la novela escrita por Teresa de la Parra en 1924.
“Yo no me siento habilitada a que este es un lugar solamente de comida venezolana, porque yo le debo mucho a Argentina”, expresó Nouel en una entrevista exclusiva para El Diario.
La carta de Ifigenia está conformada por arepas; agua de jamaica; agua de panela con limón, conocida en Venezuela como papelón con limón; pero también alfajores de maicena caseros, medialunas de masa madre, pastafrola y tostadas de pan con jamón y queso.

Una historia que no inició en una cafetería
La historia de Nouel no comenzó en una cafetería, sino mucho antes, entre playas, montañas, libros y cocina. Cuando piensa en Venezuela, lo primero que aparece no es una ciudad ni una casa, sino “la playa”.
Para la venezolana, nacida en Caracas y criada entre Charallave, estado Miranda, y Carabobo, el mar no es un recuerdo aislado, sino una memoria profundamente emocional. Detalla que el Caribe representa felicidad y una conexión directa con la naturaleza.

“Yo tengo una conexión con el mar que es como terapéutica. Para mí el mar en mi infancia, en mi vida en Venezuela, siempre fue de mucha paz, de una conexión con la naturaleza directa, de la belleza del paisaje. Pertenecer a un territorio donde tenemos el mar Caribe es una bendición, no sé si todo el mundo lo puede comprender, pero lo que se desprende de ahí es felicidad, clima, música, comida, cuerpos, exposición, sol”, dijo la venezolana, cuyo acento, tras varios años viviendo en Argentina, ya se mezcla con la entonación característica de ese país.
Nouel relató que su infancia estuvo atravesada por una relación íntima con la tierra, con el campo, los animales, el cacao, el café recién tostado, las frutas silvestres y los alimentos producidos sin intermediarios. Un estímulo sensorial que hoy permanece vivo en su memoria y en las recetas de su cafetería.
Aún recuerda la sensación del budare caliente en su casa, el olor del maíz tostándose para hacer arepas, la leche recién ordeñada, el queso comprado en una antigua bodega y el cacao que procesaban en casa. También recuerda a su padre tostando café lentamente en un sartén.
“Yo recuerdo el olor a café recién tostado que mi papá ponía en una sartén y lo iba tostando, moviéndole, dándole movimiento para que no se le quemara”, recordó.
Toda esa experiencia cercana a lo natural alimentó un sueño que no era precisamente tener una cafetería, sino una posada cerca del mar en Venezuela.
“A mí me pasó que uno de los primeros proyectos que empecé a gestar en mi cabeza era poder tener una posada. Un terreno con una casa que posiblemente era una herencia familiar, era de mi mamá, que quedaba en Chichiriviche (estado Falcón) en Venezuela y fue la primera exploración que yo tuve con la gastronomía y con la hospitalidad. Yo estudiaba en la Facultad de Negocios en la Universidad Tecnológica del Centro en Valencia (…) A mí siempre los negocios me parecían muy distantes y quería hacer cosas que tuviesen que ver con negocios, pero con la parte humana”, precisó.

Nouel imaginaba esa posada como una casa abierta a la hospitalidad, rodeada de libros, cocina autóctona, huertas y contacto directo con pescadores. Quería unir negocios con humanidad, una idea que ya comenzaba a definir su visión.
La violencia cambió el proyecto
Sin embargo, la inseguridad en la playa, el miedo a robos y secuestros y el deterioro del entorno terminaron por romper ese plan familiar y personal. Aquel refugio junto al mar quedó suspendido.
“Entonces, el terror de eso me hizo decidir que ese sueño estaba postergado. Ese sueño queda ahí en una gaveta y empiezo a planificar la vida para alejarme de ese miedo que me causaba estar en Venezuela”, recalcó.
La migración la llevó a Buenos Aires, una ciudad que ya había visitado en 2014 y que era distinta a todo lo que conocía. Venía del Caribe, del calor, del mar y de una cultura alimentaria profundamente ligada a la tierra. Llegó a un territorio nuevo donde primero eligió observar.

Comenta que no llegó con la intención de imponer, sino con la necesidad de entender. Se encontró con una ciudad inmensa, con otra lógica gastronómica y otro ritmo. Mientras trataba de adaptarse, notó algo que le generaba extrañeza: el café no le gustaba, las frutas no le sabían a nada y había una desconexión entre esa nueva cotidianidad y la memoria alimentaria que traía consigo.
“Cuando yo llegué a Buenos Aires, yo tenía apagada completamente toda esa maleta de memoria sensorial. Pero cuando uno llega a un lugar desconocido, por lo menos en mi valor, trato de ser ética. Uno tiene que observar, tratar de entender el entorno (…) ahí empecé a entender la gastronomía en Argentina”, agregó.

Esa observación se convirtió en investigación. Empezó a entender la agroindustria argentina, los monocultivos, la cultura gastronómica porteña y la manera en que se producían y consumían los alimentos. Entonces comenzó a buscar productos de mejor calidad, proveedores agroecológicos y materias primas más nobles. Y sin saberlo, estaba construyendo las bases de Ifigenia.
“Mi primer acto revolucionario con la comida”
Nouel salió de Venezuela con su hijo. En Argentina, como migrante, enfrentó dificultades económicas, así que comenzó a vender granola casera. Algo que denominó, entre risas, como “mi primer acto revolucionario con la comida”.
Contó que la elaboró pensando en las conservas de coco de la playa: coco rallado, especias, ralladura de naranja, azúcar mascabo y una mezcla aromática que remitía al Caribe. La respuesta fue inmediata: a la gente le gustó.

La granola comenzó a circular, a venderse y a consolidarse. Ese fue su primer negocio fuera de Venezuela, mientras en paralelo trabajaba en una cafetería de especialidad. Ocho años después, todavía la vende en Ifigenia.
El simbolismo de Ifigenia
Ifigenia no nació únicamente como una cafetería. Antes de abrir sus puertas el 16 de octubre de 2022, fue una idea que Isabela Nouel defendió en medio de la migración, la falta de recursos y la incertidumbre de levantar un proyecto propio en Argentina.

Sin capital para iniciar, tuvo que buscar a alguien que creyera en una propuesta construida desde la memoria: recetas familiares, libros, objetos heredados y una experiencia que no respondía a la lógica de una cafetería convencional. Un camino en el que, según comenta, hubo rechazo, pero que lejos de quebrarla, terminó reafirmando que Ifigenia no era un capricho, sino una forma de preservar identidad, afectos y comunidad.
El nombre tampoco fue casual. La novela de Teresa de la Parra fue una obra que Nouel retomó durante los años de escasez en Venezuela y en la que encontró preguntas y respuestas sobre la feminidad, la fuerza y la historia de muchas mujeres de su propia familia.
Más tarde, ya en Argentina y mientras imaginaba un café literario, decidió convertir ese nombre en un tributo a la literatura venezolana, a las mujeres que la antecedieron y a una memoria que no necesitaba símbolos evidentes para seguir viva.

“Yo quería que esto fuera un tributo a la novela, a la mujer venezolana y a Venezuela también, pero sin tener que pintar de tricolor la pared (…) A veces eso puede alejar en vez de acercar. Ifigenia significaba todo eso que yo quería contar”, recalcó.
Con el tiempo, el simbolismo se hizo todavía más profundo. Nouel descubrió que su propia historia familiar estaba atravesada por ese nombre: María Ifigenia era el segundo nombre de la mujer que crió a su abuela materna, una figura que representó resguardo, fortaleza y cuidado dentro de su historia familiar.
Esa coincidencia terminó dándole una dimensión íntima y casi inevitable al proyecto.
Ifigenia se convirtió en una mezcla de identidades entre Venezuela, Argentina, literatura, memoria, hospitalidad y gastronomía. No es un espacio exclusivamente venezolano, ni una cafetería argentina tradicional. De acuerdo con su testimonio. es un lugar híbrido, construido desde la experiencia migrante y también desde el deseo de encuentro.
Cerca de la caja hay un libro de mensajes donde los visitantes dejan palabras escritas a mano. Entre cafés, conversaciones largas y estanterías repletas de libros, Ifigenia parece insistir en algo cada vez menos frecuente, que es desconectarse del ruido exterior para volver a conectar con otros.

La entrada Ifigenia: una cafetería que guarda la memoria de una migrante venezolana en Buenos Aires se publicó primero en El Diario Venezuela – elDiario.com.
