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Cada época parece encontrar su propia definición de riqueza. Hubo un tiempo en que la tierra concentraba buena parte del poder económico. Más tarde llegaron las fábricas, la industria y los recursos naturales. El petróleo terminó convirtiéndose en uno de los grandes protagonistas del siglo XX. Hoy, mientras la inteligencia artificial, Blockchain y otras tecnologías transforman la economía global, empieza a surgir una pregunta, nueva. Distinta.
No tiene que ver únicamente con algoritmos, centros de datos o innovación tecnológica. Tiene que ver con algo mucho más antiguo: la propiedad.
¿Quién tiene derecho a la riqueza producida por la información?
La pregunta puede parecer extraña porque todavía pensamos en la riqueza como algo que ocupa un lugar físico. Una vivienda tiene propietario. Una empresa tiene propietario. Un terreno tiene propietario. Sin embargo, buena parte del valor económico que se genera actualmente no está concentrado en un espacio concreto. Está disperso entre miles de millones de personas.
Quizás por eso cuesta tanto reconocerla. A diferencia de una vivienda, una fábrica o un terreno, esta riqueza no puede verse ni tocarse. Tal vez estamos frente a una nueva forma de propiedad invisible.
Hace apenas unos años habría parecido exagerado afirmar que una fotografía, una búsqueda en internet o una conversación digital podrían convertirse en activos de enorme valor económico. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió. Algunas de las empresas más poderosas del planeta han construido gran parte de su ventaja competitiva sobre algo que durante mucho tiempo parecía irrelevante: la información.
Lo llamativo no es solo la cantidad de datos que producimos. Es que todavía estamos aprendiendo a comprender lo que realmente representan. Según estimaciones de International Data Corporation (IDC), el volumen global de información continúa creciendo a un ritmo extraordinario. Nunca antes habíamos producido tanto conocimiento, tantas interacciones ni tantos registros de nuestra actividad cotidiana.
Pero quizás la verdadera novedad no sea la cantidad de información disponible. Lo novedoso es que ahora existen herramientas capaces de convertirla en valor económico.
Toda esa información surge de personas reales. De investigadores, escritores, periodistas, artistas, consumidores y usuarios comunes. Surge de nuestras decisiones, nuestras conversaciones y nuestras actividades cotidianas. Una parte importante de la revolución tecnológica actual se alimenta precisamente de ese conocimiento generado de manera colectiva.
Y ahí es donde la discusión se vuelve interesante. Si una parte importante de la riqueza creada por la inteligencia artificial depende de información producida por millones de personas, ¿quién debería beneficiarse de ella?
Resulta curioso que casi nadie se escandalice cuando una empresa obtiene beneficios a partir de la información que producimos, pero que la idea de que los ciudadanos pudieran participar de alguna manera en ese valor siga sonando extraña. Sin embargo, muchas ideas económicas que hoy consideramos normales parecieron extravagantes cuando aparecieron por primera vez.
Hay además otro elemento que suele quedar fuera de esta conversación y que quizás merezca más atención: la atención humana.
Los datos no aparecen por generación espontánea. Son consecuencia de hábitos, decisiones e interacciones. Cuanto más tiempo pasamos conectados, más información generamos. Y cuanto más información generamos, mayor es el valor potencial que puede extraerse de ella.
A veces pareciera que la gran competencia tecnológica ya no consiste únicamente en construir mejores herramientas. También consiste en lograr que esas herramientas formen parte de nuestra rutina diaria.
Las redes sociales demostraron hace tiempo que la atención humana podía convertirse en un activo extraordinariamente rentable. La inteligencia artificial podría profundizar esa dinámica. No porque las empresas necesiten simplemente usuarios, sino porque necesitan interacción constante para perfeccionar sistemas cada vez más sofisticados.
Aquí aparece una paradoja interesante. Una parte creciente de la riqueza contemporánea ya no depende exclusivamente de los activos que poseen las empresas. También depende de algo mucho más distribuido: las contribuciones de millones de personas que generan información mientras trabajan, consumen, aprenden, crean o simplemente viven.
Por eso algunos economistas y tecnólogos han comenzado a explorar ideas que hasta hace poco parecían propias de la ciencia ficción. Jaron Lanier y Glen Weyl, entre otros, han planteado mecanismos mediante los cuales los ciudadanos podrían participar de alguna manera en el valor económico generado por los datos. De allí surgen conceptos como dividendos digitales o fondos colectivos de información.
La propuesta puede sonar lejana. Pero tampoco sería la primera vez que una sociedad encuentra formas de distribuir colectivamente los beneficios de un recurso estratégico. Cuando Alaska descubrió petróleo, creó un fondo que todavía hoy reparte dividendos a sus ciudadanos. Algunos economistas se preguntan si algún día podrían aparecer mecanismos comparables en torno a los datos y la inteligencia artificial.
No existen respuestas definitivas.
¿Puede considerarse la información una forma de propiedad?
¿Existen derechos económicos asociados a los datos personales?
¿Deberían los ciudadanos participar de alguna manera en el valor generado por sistemas entrenados con información producida colectivamente?
Lo más interesante es que estas preguntas ya dejaron de pertenecer exclusivamente al ámbito académico. Comienzan a aparecer en debates regulatorios, tecnológicos y económicos alrededor del mundo.
Quizás la mayor ironía de toda esta discusión sea que la mayoría de las personas produce información constantemente sin percibir que está generando algo con valor económico. No se consideran productoras de un recurso estratégico. Y, sin embargo, buena parte de la economía digital funciona gracias a ese flujo continuo de información.
Si algún día ese valor termina siendo reconocido como un derecho económico o incluso como una forma legítima de propiedad, la llamada propiedad invisible dejará de ser una simple hipótesis intelectual para convertirse en una realidad económica y política.
No sabemos cómo evolucionará este debate. Tampoco sabemos si las instituciones actuales serán suficientes para responder a estos desafíos. Lo que sí sabemos es que las grandes transformaciones económicas rara vez comienzan cuando aparecen las respuestas. Normalmente comienzan cuando aparecen las preguntas.
Y quizás estas sean algunas de las preguntas más importantes de nuestro tiempo.
Dayana Cristina Duzoglou Ledo
X: @dduzogloul

