Diana Mogollón había llegado a ese sitio del que conocía casi nada un día del mes de abril. Venía frustrada, con pena, sin ganas de que nadie se acercara a hablarle. Era para entonces la nueva entre todas las mujeres, las migrantes, las detenidas, hasta que en la noche vio entrar a una chica, demasiado joven y callada, con una panza que la ropa no podía esconder. “Llegó, se hizo a un ladito, estaba muy llena la habitación”. Había unas 70 allí dentro, durmiendo en colchonetas, sin apenas espacio, bajo unas luces inquietantes encendidas las 24 horas del día. Mogollón sintió lástima de la joven. “Le dije: niña, si quieres hazte de este lado que ahí no te van a pisotear”. Comenzaron a conocerse, a contarse la vida.

