El sábado al atardecer, en un barrio acomodado de Caracas, un bar se llena de gente. Hombres bien vestidos y perfumados relatan su semana; mujeres con melenas lacias y pestañas largas se hacen selfies en el baño. Hay gente en la calle que habla por el celular, charlas acaloradas sobre la actualidad, un DJ que pincha vinilos. Cócteles de autor. Todo en su lugar. Por encima de los tejados, una bandada de guacamayas azules cruza el cielo con su estrépito habitual. La capital de Venezuela, al menos en algunas partes, vuelve a parecer una ciudad cualquiera. Y desde el pasado 3 de enero, al menos parece más segura y más libre. Aunque no más rica. La imagen del local de moda convive con otra recurrente: la dificultad de la mayoría para salir adelante.
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