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viernes 6 de marzo 2026
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José Luis FaríasOpinión

¡Electa por mí!, por José Luis Farías

Los hermanos Rodríguez deben estar brincando en una pata. Y no es para menos. Desde la mismísima Casa Blanca, Donald Trump, en una de esas alocuciones suyas que parecen salidas de un guion de reality show, se ha referido a Delcy Rodríguez como «PRE-SI-DEN-TA E-LEC-TA». Lean bien, no se apresuren a cambiar de canal o a buscarle las cuatro patas al gato. El hombre dijo: «Venezuela está yendo genial, está estabilizada, tenemos a una persona maravillosa, la presidenta electa Delcy Rodríguez y ella haciendo un trabajo fantástico y estamos tomando millones de barriles de petróleo que están siendo vendidos a otros lugares».

Wooooow. El asombro, la carcajada o el llanto, según el cristal con que se mire, nos embarga. Pero, ¿de qué se sorprenden? ¿Acaso no han leído la historia? ¿No recuerdan cómo funcionaba el viejo y querido sistema colonial? El estupor de los hermanos Rodríguez —y de toda su corte de adulantes vestidos de opositores— solo delata una cosa: un profundo desconocimiento de cómo se han escrito siempre las actas del poder en estas tierras.

No hay que rasgarse las vestiduras. El libreto es viejo, carcomido por la polilla de los siglos, pero efectivo. Lo que hemos presenciado no es más que la reedición de una vieja práctica de los Reyes Católicos y sus descendientes Habsburgo y Borbones cuando designaban, a dedo, virreyes, capitanes generales y gobernadores en la América Hispana. Aquellos dignatarios cruzaban el océano investidos de una autoridad incuestionable, ungidos por la gracia del monarca que, desde la distancia, sentenciaba: «Por la presente, es nuestra voluntad que…». El «electa» de Trump, dicho con esa mezcla de desparpajo y poder fáctico, viene a ser lo mismo. Un «¡ELECTA POR MÍ!» que retumba en el vacío de nuestras soberanías heridas.

Pero la cosa no termina ahí. Porque si el nombramiento virreinal llegó desde Washington, la estrategia de los ungidos ya no depende de ellos mismos, sino de los vaivenes de la política norteamericana. En realidad, la jugada de los Rodríguez consiste en algo muy simple, que es lo único que les queda cuando se han quemado todas las demás cartas: aguantar. Llegar a noviembre como sea, con la esperanza puesta no en una victoria propia —que ya saben imposible— sino en una derrota ajena. Que a Trump le vaya mal en las elecciones de medio tiempo. Que el republicano, acorralado por sus propios demonios y por los problemas domésticos que siempre terminan devorando a los presidentes americanos, tenga que aflojar la pistola que mantiene pegada a la sien del régimen. El arma se llama investigación fiscal, y dispara desde Washington.

La historia de esa investigación tiene todos los ingredientes de una novela de espías de segunda categoría, o de primera, según se mire. La agencia Reuters la destapa, el fiscal la niega, Reuters la repite y entonces el fiscal, sabiamente, opta por el silencio. Y en el silencio, como en las novelas, es donde suelen esconderse las verdades. Así que los Rodríguez calculan, y quizás no se equivocan, que el silencio del fiscal es el mejor síntoma de que la bala existe.

Pero lo decisivo, lo que realmente alimenta la esperanza en Caracas, no ocurre en los tribunales de Nueva York ni en los despachos del Departamento de Justicia. Ocurre en la gasolinera de la esquina de cualquier ciudad americana. El galón de gasolina, ese termómetro infalible del humor nacional en Estados Unidos, roza los 3,25 dólares. Las empresas, con la prudencia del que presagia tormenta, reducen personal . La construcción, ese músculo que mueve la economía real, se resiente porque el fantasma del ICE persiguiendo migrantes deja obras sin albañiles y campos sin brazos. Y para colmo, Trump ha tenido que despedir a Kristi Noem, su secretaria de Seguridad Nacional, a quien el Congreso pescó con las manos en la masa y los bolsillos sospechosos de gastos indebidos.

Porque en política, como en la vida, las certezas se desmoronan y las debilidades del adversario son el único consuelo del débil. Ahora solo falta esperar. Esperar a que la gasolina suba un poco más, a que el desempleo arañe un punto adicional, a que los escándalos de Kristi Noem no se apaguen del todo. Esperar, en fin, a que Trump tenga demasiados frentes abiertos como para mantener la pistola quieta. Y entonces, cuando noviembre llegue, veremos quién sigue en pie y quién se quedó esperando sentado, con la mirada perdida en el horizonte, brincando todavía en una pata.

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