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miércoles 11 de marzo 2026
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José GerbasiOpinión

El suicidio de la inteligencia: La estupidez estratégica, por José Gerbasi

En el convulso escenario de la política venezolana, ha echado raíces un fenómeno que la ciencia del comportamiento denomina estupidez estratégica (functional stupidity). Contrario a lo que el insulto común sugiere, este no es un problema de falta de luces o de títulos académicos; es, según lo han documentado investigadores como Mats Alvesson y André Spicer en el campo de la psicología organizacional, una incapacidad deliberada de utilizar la reflexión crítica para evaluar las consecuencias de las propias acciones. En Venezuela, esta patología se manifiesta en la ansiedad febril por el protagonismo, en candidaturas que nacen muertas y en la proliferación de figuras que, bajo el mote popular de «alacranes», pretenden pescar en el río revuelto de una crisis humanitaria.

Desde la psicologia social, este comportamiento revela un narcisismo clínico donde el «yo» político anula la realidad del contexto. El político que padece de estupidez estratégica confunde el oportunismo con la astucia. Ignora el concepto filosófico del Kairos —el momento oportuno y trascendental— para lanzarse a una carrera de cargos en un sistema que él mismo ayuda a degradar. Es una ceguera voluntaria: el actor político decide no ver que su postulación a destiempo, o su complicidad con el statu quo a cambio de migajas, destruye el capital ético que debería sustentar cualquier proyecto de país. Estamos ante una «mala fe» existencialista, donde el individuo se miente a sí mismo llamando «pragmatismo» a lo que es, en rigor, una traición a la inteligencia colectiva.

La falta de ética política en estos sectores no es un descuido moral, sino una deficiencia estratégica de primer orden. Como bien señalaba la teoría de los niveles de desarrollo moral de Lawrence Kohlberg, estos actores operan en un nivel pre-convencional, donde solo importa el beneficio personal inmediato. Sin embargo, la ciencia política y la historia demuestran que el poder obtenido mediante la fragmentación y el engaño es inherentemente frágil. Al intentar «ganar» mediante la división de la alternativa democrática, el político estratega-estúpido termina siendo el arquitecto de su propia irrelevancia futura. Se convierte en un «idiota útil» de la estructura que lo utiliza, validando procesos que carecen de legitimidad a cambio de una cuota de poder efímera y despreciada por la ciudadanía.

La tragedia de la política venezolana no reside únicamente en la perversión de sus instituciones, sino en la erosión del juicio de quienes aspiran a conducirlas. Cuando el cálculo pequeño nubla la visión de Estado y la ambición personal devora el sentido de oportunidad, lo que presenciamos es el triunfo de la estupidez estratégica. Esta no es una falta de intelecto, es un suicidio de la inteligencia al servicio de la supervivencia inmediata. El «alacrán» que pica al cuerpo que lo sostiene, el candidato que se postula para fragmentar y el oportunista que confunde el ruido con el Kairos, son todos prisioneros de esta patología conductual. Al final, la historia no recordará sus nombres por su astucia, sino por su incapacidad científica de comprender que, en el tablero de la ética pública, quien traiciona el momento por el cargo termina por no tener ni lo uno ni lo otro. La estupidez estratégica es, en última instancia, la condena de quienes prefirieron ser dueños de las cenizas antes que arquitectos de una nación.

Vamos por más…
@jgerbasi

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