
Eran días convulsos. Nicolás Maduro vivía encerrado en el Palacio de Miraflores, la residencia presidencial. Cuando algún mandatario extranjero le insinuaba en ese noviembre de 2024 que le había llegado la hora de abandonar el poder, respondía con una sola palabra: “Jamás”. La policía y los servicios secretos bajo su mando detuvieron en ese momento a miles de personas que se habían echado a la calle a protestar por el fraude electoral que el chavismo había perpetrado a ojos de todo el mundo. Los manifestantes derribaron estatuas de bronce de Hugo Chávez por todo el país. Las cárceles estaban a rebosar. La nación, a punto de una rebelión o un baño de sangre; o las dos cosas. En uno de esos días de noviembre, Maduro recibió en su despacho a un hombre alto, delgado, que cuidaba su alimentación y corría varias veces a la semana. Era José Luis Rodríguez Zapatero y venía acompañado de los hermanos Rodríguez, Jorge y Delcy, dos personas de la máxima confianza de Maduro. Zapatero presentó en esta reunión, hasta ahora desconocida, lo que se conocía como el Plan Z, un planteamiento para Venezuela que cobra ahora especial relevancia cuando las relaciones del expresidente español con este país están bajo la lupa de la investigación de la Audiencia Nacional española por la que ha sido imputado por posible tráfico de influencias.
Por Juan Diego Quesada | EL PAÍS
El expresidente español no llevaba nada por escrito en aquella reunión con Maduro. Fue de viva voz como contó su propuesta para sacar a Venezuela de la gran crisis institucional que vivía, según testigos de ese momento. Proponía una reforma constitucional que acortase el periodo presidencial de seis a cuatro años y que crease la figura de un primer ministro encargado de la gobernabilidad. El papel del presidente, el de Maduro, se limitaría a la función de jefe de Estado, una representación simbólica a la manera de algunos países europeos. Incluía, además, una ley de amnistía. No había muchos más detalles, eran más bien ideas generales que, al final, estaban destinadas a lo mismo: apartar a Maduro. El sucesor de Hugo Chávez escuchó, aparentemente, con atención, asintió y dio por acabada la reunión sin mucha más ceremonia. No era raro que sus interlocutores, después de verle, no tuvieran claro lo que pensaba. El caso es que Maduro no respondió nada en concreto. Tampoco a las otras propuestas que le hicieron en esas fechas desde Colombia, Brasil o Estados Unidos, que le ofrecieron retiros dorados en Cuba, Rusia y Qatar. Nada lo convenció. No se marchó del palacio sino a la fuerza, cuando un comando militar estadounidense atacó Caracas de madrugada y se lo llevó vestido con un chándal Nike gris, camino a una prisión en Brooklyn. Donald Trump y Marco Rubio, el secretario de Estado, siguieron toda la operación a través de una pantalla, en directo.
El Plan Z fue una de las últimas intentonas del expresidente español por lograr un cambio político en Venezuela, un asunto que se ha convertido en una obsesión personal para él, como reconocen amigos y allegados. Desde que comenzó su labor de mediación entre el Gobierno y la oposición en 2015, ha viajado a Caracas más de medio centenar de veces. Según cálculos de EL PAÍS, en 2016 lo hizo en 15 ocasiones, a lo que hay que sumar un desplazamiento más a Washington por asuntos venezolanos. En 2017, sumó 14 nuevas visitas a Caracas, más otras nueve a República Dominicana, donde se abrió una mesa de negociación que él condujo. Prácticamente, esto copó toda su agenda. Al año siguiente estuvo seis veces en territorio venezolano y también visitó Roma y Bogotá por esta misión. En los siguientes años, sus viajes se redujeron a poco más de dos anuales. La oposición de línea más dura, que con el tiempo se convertiría en la mayoritaria, empezó a desconfiar por su cercanía al chavismo. Sobre todo, a Delcy Rodríguez, la ahora “presidenta interina”.
La intervención política de Zapatero en Venezuela ha estado rodeada todos estos años de polémica, pero eso no le ha movido ni un centímetro de sus posiciones para desesperación de muchos, incluida gente de su entorno que le aconsejaba tomar distancia. “Te vas a quemar”, le advirtió alguien cercano. Ahora se ha sabido de forma oficial que la justicia indaga en las actividades empresariales del expresidente en ese país. La Audiencia Nacional le investiga por varios posibles delitos, algo inédito en alguien que ha ostentado su cargo en España, y le sitúa como el presunto líder de una red de tráfico de influencias con empresas chinas y venezolanas a las que, según la investigación, cobró comisiones ilegales a través de Análisis Relevante, una consultora que figura en el registro a nombre de Julio Martínez Martínez, un amigo con el que salía a correr a menudo.
La de Zapatero ha sido una mediación en el abismo. Él nunca ha querido poner en peligro su relación con el chavismo y ha cuidado mucho sus palabras. Incluso en los momentos más dramáticos. No se pronunció sobre el fraude electoral de 2024 ni ha criticado abiertamente la represión o la detención de opositores. Ha evitado llamar dictador a Maduro, alguien tremendamente impopular, sobre todo en su país, donde contaba con un amplio rechazo, según los sondeos. En privado, Zapatero sostiene ante los que le escuchan habitualmente que esas declaraciones pondrían en peligro su papel de facilitador y toda la labor que ha hecho quedaría enterrada. No le ve sentido a dinamitar el diálogo con una de las partes. Zapatero es de los pocos interlocutores que el chavismo siente que no les ha abandonado en esta década, en la que ha llegado a estar aislado, con una economía destruida y sometido a sanciones por parte de Estados Unidos y Europa por su deriva autoritaria y represiva. “Ha hecho tanto bien en su empeño de acercar y de buen oficiar. No entiendo ese empeño en destruirlo”, opina alguien del entorno íntimo de Delcy Rodríguez.
La diplomacia con el chavismo es una suerte de funambulismo. Una mala palabra, un comentario de más o una insinuación pueden resultar fatales. Embajadores y representantes del más alto nivel han quedado bloqueados de un día para otro en WhatsApp y Telegram por una inconveniencia. Zapatero no. En Miraflores nunca han dejado de contestarle el teléfono. Se ha fotografiado con Maduro, con Jorge y Delcy Rodríguez. Maduro subió en redes una conversación telefónica entre ambos, en tono distendido, en la que él le agradecía sus labores y Zapatero le respondía con amabilidad. Esa cordialidad con el chavismo, uno de los regímenes que más se ha enfrentado a políticos de todo el mundo y que ha acaparado la atención como en su día Cuba, tiene más peligro que el salto base a nivel de imagen. Zapatero, acostumbrado a los ataques de la derecha en España, creía que podía resistir los de Venezuela y los de una parte de la comunidad internacional. ¿Su principal preocupación? “Los presos políticos. Ha pasado un mar de tiempo dedicado a eso. Liberar gente ha sido uno de los motores de su vida estos años”, resume alguien muy próximo a él.
En los entornos de María Corina Machado, la líder de la oposición, a Zapatero se le retrata como el demonio. Lo tienen por un falso amigo que en realidad ha servido para atornillar al chavismo en el poder. Zapatero abogaba por las mesas de diálogo y la celebración de elecciones, unos procesos que la oposición más dura consideraba contaminados, ya que el oficialismo jugaba siempre con ventaja al inhabilitar o encarcelar a sus rivales más populares. Y, como se demostró el 28 de julio de 2024, no tenía intención alguna de abandonar el poder. El optimismo de Zapatero colisionaba con la cruda realidad venezolana, según los que rechazan su papel en el país. Se adentró en aguas pantanosas.
Lea más en EL PAÍS
