
La taza de té estaba sobre la mesa. Llevaba allí décadas. El líquido se había evaporado mucho antes de que alguien se molestara en abrir la puerta. Las telarañas cubrían cada rincón. Una capa de polvo sellaba los muebles como barniz. El televisor en blanco y negro permanecía apagado y mudo frente al sillón. Y en ese sillón, envuelta en mantas, con la taza a su lado, yacía Hedviga Golik, momificada, perfectamente conservada, exactamente donde había caído en algún momento de 1966. Nadie la había buscado allí. Nadie había llamado a su puerta en cuarenta y dos años.
Por infobae.com
Fiume, 1924: el origen de una mujer que el mundo olvidaría
Hedviga Golik nació en 1924 en Rijeka, ciudad costera del Adriático que en ese momento no era yugoslava ni croata sino italiana, y llevaba el nombre de Fiume. Era una ciudad de fronteras disputadas.
No hay registros de su infancia. No hay fotos de sus padres, ni nombres de hermanos varones, ni anécdotas de la escuela. Lo que se sabe es que, de adulta se formó como enfermera. En la Yugoslavia de posguerra, ser enfermera era una función dentro de un sistema que el Estado socialista había construido con la idea de que la salud era un bien colectivo.
Los centros de salud comunitarios proliferaron en Zagreb durante los años 50, y fue en uno de ellos, el Centro de Salud de Trešnjevka, donde Hedviga trabajó durante años.
También tenía un novio. Era el conserje de un edificio en la calle Medveš?ak, en el barrio de Gornji Grad, en el corazón de Zagreb. Ambos eran testigos de Jehová, lo que en un Estado oficialmente ateo los colocaba en una posición de discreción obligada. Cuando la relación terminó, por razones que nadie documentó, el departamento quedó en manos de Hedviga. Se mudó allí en 1961. Tenía 37 años.
El ático de 18 metros cuadrados
El departamento de la calle Medveš?ak 77 era una unidad de 18 metros cuadrados en el cuarto piso de un edificio de cuatro plantas. Separado del resto de las unidades por una entrada independiente a la que se accedía por una escalera propia, sin conexión con el pasillo común del edificio. Era un espacio apenas más grande que el garage de un auto, con techo inclinado y ventanas que daban a la calle.
Hedviga no tenía familia cercana en Zagreb. Su hermana, maestra en la misma ciudad, había roto el contacto con ella. No había más parientes conocidos. Los vecinos del edificio la conocían de vista, pero apenas. La recordaban gritando en ocasiones sin causa aparente, o corriendo por la calle Medveš?ak. El término que circulaba entre los residentes era “esquizofrénica”.
Una de sus vecinas, Katica Cari?, relató años después a medios croatas que Hedviga rara vez bajaba a hacer sus propias compras. En cambio, bajaba desde su ventana una bolsa con dinero y una nota escrita a mano con lo que necesitaba. Cari? dejaba los productos en un cubo, que Hedviga subía con una cuerda desde el ático.
Para mediados de los años 60, entre los vecinos del edificio circulaba la idea de que Hedviga planeaba irse. Algunos decían que pensaba unirse a una secta religiosa en Macedonia. Otros, que se mudaría a Belgrado. Ella misma, antes de desaparecer, les dijo que se ausentaría por un tiempo indefinido. Y eso fue todo.
El rumor que la borró del mapa
En algún momento de 1966, Hedviga Golik preparó una taza de té, se acomodó en su sillón frente al televisor en blanco y negro, y murió. Tenía 42 años. El corazón simplemente dejó de latir. No hubo testigos. No hubo gritos. No hubo nada que alertara a nadie en el edificio de cuatro plantas donde vivían otras familias, donde los niños corrían por las escaleras y los adultos se cruzaban en la entrada.
Los días se acumularon. Las semanas se convirtieron en meses. Los meses en años. La ausencia de una mujer solitaria y “rara” no generó alarma entre sus vecinos.
En 1973, siete años después de la última vez que alguien la vio, un vecino finalmente reportó su desaparición a la policía. Se realizó una búsqueda informal en toda Yugoslavia. No se encontró nada. Nadie revisó el departamento porque todos asumían que estaba vacío. Después de todo, ella había dicho que se iba. El expediente policial quedó abierto. Y archivado.
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