miércoles 15 de abril 2026
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El filósofo y la mosca: ¿duda metódica o pulsión poética?

En la penumbra de un cuartucho del siglo XVII, René Descartes escribe como quien levanta una catedral sin piedras ni horizonte, aletargado de incertidumbres y vigilia, y con la premura de quien teme que el pensamiento, si no se fija, acabe disolviéndose en la humedad temprana de las horas. Corre los visillos, prepara un café, deja que la luz se extienda como el ámbar del semáforo de una ciudad no inventada aún. Y se acoda frente al papel en blanco con la constancia sigilosa de un cenobita, sin crucifijos, sin santorales, sin más ancla que la razón. No olvidemos que la vocación despierta a menudo en la ausencia de ruidos y despistes y que va potenciando, mágicamente, una extraña fe en los hechos concretos. 

Descartes escribe como un poeta que no se atreve a llamarse poeta. Su metodología, aséptica y civilizada, parece poner en entredicho la arquitectura poética del verso (por su aguda naturaleza de variabilidades y licencias y tonos), pero fue imprescindible que alguien levantara ese código de la razón para sintetizar la tentativa de comprender el infinito desde las orillas del espíritu humano. En función de ese objetivo vital, la filosofía se contrapone a la superstición, pero no obstante nace una renovada poesía: una poesía de la claridad, o, si se prefiere, una ontología poética que aspira a suprimir el caos y modelar el mundo como arcilla de un origen respirable. Y, nuevamente, en función de ese objetivo (vital y espiritual) se encadenan ecuaciones y teorías que concluyen en la duda metódica respecto al alrededor que a diario nos apela. 

Consideremos el escenario: una mosca vuela en la habitación. Descartes la observa con la concentración de un escultor generacional que talla la delicada roca histórica de los conceptos. La mosca, insignificante, surca por el aire una improvisada geometría nerviosa, y la habitación se transforma en un complejo sistema de coordenadas. Entonces, la mirada del filósofo, predispuesta al orden, descubre que el espacio no es un territorio de sombras y alboroto, sino la superficie cartografiable de lo invisible. ¿Pero acaso no es poético traducir aquello que no vemos en corazonada y suspiro? Ahí se fragua el fuego inteligente: en la contemplación de lo cotidiano, en la decisión de incrustar el mundo en el espacio mental donde —como si fuera un poema matemático— se recitan recuerdos que son exactos hoy igual que ayer y que mañana. 

Y así, por intuición pura, surge la premisa que sostiene su edificio conceptual. O sea que la duda metódica, como borrón y cuenta nueva, es el cauce en que la razón riega con agua potable la sospecha del pensamiento. De lo cual se infiere que la existencia misma necesita una prueba y, por tanto, es el pensamiento el que verifica la vida. Ahí está el celebérrimo apotegma: Cogito ergo sum, que se alza como símbolo civilizatorio, como tambor de buen presagio y bienvenida, como certificado de nacimiento de la conciencia contemporánea

Desde su escritorio, el filósofo analiza el universo como quien mira el mar. Es consciente de que ahí ocurren las grandes revoluciones, y por ejemplo el infinito se manifiesta como eterno retorno a partir de las olas reiteradas que rompen en la espuma y se mezclan con las huellas y son, en última instancia, la suave alfombra de una verdad modélica: que somos efímeros y desfallecemos, tras cada día, en una cama por el agotamiento físico de no saber del todo lo que depara el destino. Y de nuevo el pensamiento, su magnitud, su ritmo de causa incausada, su progreso de revelaciones insólitas. 

No obstante, la imagen que nos ha llegado es demasiado rígida. Los manuales de filosofía lo presentan como un hombre solitario, arisco, repelente, encerrado en su laboratorio de ideas dándose lentos golpecitos de ánimo sobre su calavera pensante. Y, aun así, me parece que no se ha ofendido nadie nunca por la posibilidad de imaginarlo como poeta. Al contrario: esa aclaración nos permite comprender mejor su madurez intelectual, su aceptación del mundo como un territorio de contingencias que necesita ser ordenado sin perjuicio de la sensibilidad que lo habita, dando lugar a la unión entre el rigor y la flexibilidad, entre el vuelo lírico y el aterrizaje empírico. 

Porque no hay falsa moralina en su proyecto. Y ni siquiera se trata de imponer una verdad categórica por encima del bien y del mal, sino de hallar una pauta de seguimiento para que la razón pueda caldear enérgicamente la inquietud humana. La metodología cartesiana es la curiosidad del niño frente al escaparate, es neta, consustancial, auténtica. Y jamás ha de concebirse como un instrumento falaz ni como recipiente donde la imaginación se resquebraja con barbitúricos metafísicos. Digámoslo de una vez: se trata de una duda metódica que, en sí misma, es poética. Y así nace la arquitectura racional que organiza la entropía envolvente de nuestra existencia fugaz. Descartes supo aunar belleza y verdad, atravesado por el impulso de una filosofía poetizada, y aceptando la duda que, lejos de excluir al hombre de la vida, dignifica el silencio de pensar qué somos.  

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