El cine de Yorgos Lánthimos es como ver una película sentados en la butaca más incómoda de la sala: un resorte que nos punza la pierna, el respaldo demasiado duro para la espalda, la inclinación excesiva o insuficiente, el punto de vista hacia la pantalla demasiado lateral. Sus historias inician desde premisas improbables que, en lugar de ir navegando hacia una coherencia o ilación lógica, derivan hacia hipérboles y absurdos que no dejan de extraviarse y sorprendernos con su cuota inesperada de extravagancia, violencia, estupidez, inverosimilitud y crueldad. Nada es imposible en sus películas, nada tiene la apariencia de estar controlado, ni medido. Todo lo contrario. Lo exagerado, lo desmedido, lo excepcional, lo incómodo de ver, comprender y asimilar tienen patente de corso para demorar en la pantalla.
Sin embargo, su capacidad narrativa, su energía visual difícilmente nos dejan indiferentes ni mucho menos nos aburren. Pueden desorientarnos o repugnarnos, pero permanecen siempre interesantes. No terminamos de entender donde se encuentran atrapados los personajes de The Lobster (2015); la crueldad, la perversión y el desvarío de los personajes femeninos de The Favourite (2018) pueden parecernos un poco gratuitos, pero son absolutamente plausibles. Casi todo es repulsivo e intragable en The killing of a Sacred Deer (2017), lo fantástico e irreal promueve sin incoherencia la fascinante aventura de Poor Things (2023) y las psicosis, fobias y obsesiones impulsan los irrisorios episodios de Kinds of Kindness (2024). El guion de La langosta, el Oscar como mejor actriz a Olivia Colman en The favourite, y las 11 nominaciones y 4 estatuillas de Poor Things, lo han convertido en una figura de referencia en el cine de hoy. Con Bugonia y sus cuatro nominaciones este año, vuelve a aproximarse al triunfo, aunque, para quien suscribe, con mucho menos chance y mérito que las veces anteriores.
La saturación del signo
Y es que la extravagancia y la desmesura suelen cobrar impuestos implacables. Dos son los más frecuentes: si tu estilo está marcado por lo hiperbólico, te será inevitable reiterar y aumentar la cuota de lo disruptivo en cada nueva entrega, con una consecuencia inevitable, que creo empieza ya a pesarle a Lánthimos, la de la saturación del signo o del recurso.
En sus tres últimas producciones, el director se ha asentado en el extraordinario trabajo actoral de Emma Stone y Jesse Plemons (este último no aparece en Poor Things, pero en Kinds of Kindness es protagonista de dos de las tres historias). La actriz, por su parte, ha tenido que abordar -y han sido además sus cinco últimas apariciones en pantalla- un verdadero tour de force en Poor Things, no solo por llevar la película, como heroína, sobre sus hombros, sino por lo complejo, retador física y psíquicamente de su personaje, y continuar en el mismo registro de peculiaridad, de extravagancia extrema y de una casi absoluta escasez de normalidad en sus personajes, que la desafían incluso en su apariencia física en cuanto a invasividad corporal, degradación de su figura y autoagresión. Lo de Plemons no es muy distinto. El actor robusto, rubio casi pelirrojo de Judas & The Black Messiah o de El poder del perro ha ido perdiendo peso cercano al estilo de De Niro en Raging Bull o Christian Bale en El Maquinista, pero además cruzando riesgosamente la línea de lo psicótico y lo alucinatorio en sus bastante extremos personajes. ¿En qué los convertirá Lánthimos la próxima vez que los ponga en pantalla?, ¿en Therians?, ¿en pervertidos sexuales taoístas? Lo que quiero decir es que echo de menos a ambos actores volviendo a encarnar a seres humanos normales, pero no parece ser esa la directriz del cine del realizador griego. Y a eso me refiero con el agotamiento del signo.
En Bugonia se ven marcas sensibles de este cansancio de signos y estilos. La fidelidad de la versión de Lánthimos con respecto al filme de ciencia-ficción coreano en el que se inspira (Save the Green Planet, de Jang Joon-hwan, de 2003) no es un punto a favor, sino al contrario. Los cambios más importantes son la transformación femenina del ejecutivo de la empresa farmacéutica de uno a otro filme, la Michelle Fuller que encarna Emma Stone, y el desenlace fatal del personaje de Plemons, el Teddy de Bugonia con respecto al Byeong-Gu del filme surcoreano: un conspiranoico militante cuya absoluta convicción de que estamos siendo colonizados/exterminados a fuego lento por unos extraterrestres, de los cuales la Fuller es emisaria principal, lo lleva a secuestrarla, raparle el cabello, que para él son antenas a través de los cuales ella es rastreada por su nave nodriza desde el espacio sideral, untarla de crema antihistáminica para reducir su influjo alienígena y torturarla con descargas eléctricas que le demuestran que ella no es humana. Otro agregado original de Will Tracy, el guionista y Lánthimos es el personaje de Dan, interpretado de manera impresionante por Aidan Delbis y que hace un contraste emocional intenso con el desquiciado fanático de Teddy/Plemons. Lo demás es bastante similar al original coreano.
Reiteradas señas de identidad
La persistencia de Lánthimos en sus marcas de identidad perturba muchos elementos de la estructuración dramática de Bugonia. El Teddy de Plemons acopia todos los síntomas del conspiranoico millenial que agobia nuestros días: los terraplanistas, los cazadores de estelas de humo venenoso, en su extravío, por los cielos de Europa, los obsesionados con el ecosistema que se desquitan con las obras maestras del arte embarrándolas de pintura o excremento, los adictos a las teorías de conspiración alienígena que inundan las redes (hace pocas semanas el ex presidente Obama declaró que creía en los extraterrestres) entre otros especímenes y expresa con intensidad esa deshumanización e intransigencia hacia su entorno, que lo alienan irremisiblemente, pero no encuentra un eficaz y necesario contrapeso en el personaje de la CEO Fuller, tecnócrata, adicta al antienvejecimiento, escéptica sobre el cambio climático, porque Lánthimos privilegia sus estilemas por sobre la estructura narrativa. En lugar de que veamos dos símbolos de la dominación ideológica y la hegemonía rígida que nos asedia, en simetría equivalente, hace que los espectadores empaticen casi toda la película, por su rol de agobiada víctima, con la empresaria.
El énfasis de Lánthimos está en la exasperación de la crueldad del cautiverio de Michelle en el sótano de Teddy, los enfrentamientos irracionales de este con aquella, la concentración en el rostro entre asombrado y extático de Plemons en la escena de la tortura, en lugar del cuerpo convulsionante de la Stone, la enervante escena de la comida, donde ella vuelve a sacarlo de quicio, sólo por defender su convicción. La única escena equilibrada de toda la película, la serenísima revelación de Michelle de su verdadera naturaleza, con la exposición de una nueva teoría conspiranoica, pero inversa: la del gen suicida que nos rige e impele a la autodestrucción, está, sin embargo, precedida por la frenética secuencia dividida de Teddy asesinando torpe e irracionalmente a su madre, mientras Michelle descubre los atroces archivos de su captor con los testimonios de sus experimentos previos sobre otros humanos o andromedianos. Lo que sigue es el colmo de lo irrisorio en el desquiciado desenlace del enfrentamiento entre ambos, pero esto y la inverosimilitud vulneran cualquier propuesta ideológica o conceptual como no sea la del dominio del absurdo.

Referencias fílmicas
Prevalece tanto en el filme el despliegue estético personal de Lánthimos -como si necesitara vanamente reconfirmarlo-, que abundan sus particulares tomas de cámara en preferentes planos generales distanciados de la acción (como en la secuencia del secuestro de Michelle) o esa reiteración de lo zoomórfico/zoofílico en sus filmes (la amenaza metamorfósica en La langosta, los conejos proliferantes de La favorita, las criaturas híbridas de Poor Things, los perros de las pesadillas de la Liz y la abnegación de la veterinaria de Kinds of Kindness) que aquí sostiene nada menos que el enigmático título de la película, alusivo a la Bugonia de la época clásica cantada, entre otros, por Virgilio con la sugerente idea de la capacidad autogenerativa de las abejas incluso a partir de la podredumbre, y por último el uso poderosamente agresivo de la banda sonora de Jerskin Fendrix.
Esta práctica de filmación, montaje y creación de Lánthimos incluye la intertextualidad cinematográfica: la primera huella es la cercanía de las escenas de abducción de Michelle por Teddy con las de la asfixiante perversión de El coleccionista de William Wyler (1965), uno de los primeros testimonios del cine sobre sociópatas: la casa y el sótano del raptor son muy similares. La segunda es la brillante secuencia final apocalíptica con el subtexto de la célebre canción “Where have all the flowers gone?” en la voz de Marlene Dietrich, que recuerda en su patética ironía aquel también extraordinario epílogo de Stanley Kubrick a su genial Dr Strangelove, con su ballet de bombas atómicas estallando sobre el soundtrack de “We’ll meet again” cantado por Vera Lynn.
Para quien escribe esto, tal sobreabundancia de marcas de estilo y referencias retrospectivas cinéfilas, parece confirmar la idea de que Bugonia es sobre todo un ejercicio de estilo, digno de la estatura de un cineasta virtuoso como lo es Lánthimos, pero más movedizo y endeble en el terreno del contenido, especialmente comparado con su propio cine. A pesar de sus innegables logros, Bugonia se parece demasiado a un cuarto episodio -prolongado- de Kinds of Kindness.
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