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miércoles 11 de febrero 2026
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Arnoldo PirelaOpinión

Arnoldo Pirela: El «rentismo» petrolero no es el problema

Me propongo responder, o resolver, una paradoja histórica: ¿cómo explicar que Venezuela, poseedora de las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, haya sufrido un colapso económico, institucional y humanitario sin precedentes, y una diáspora de entre 7 y 9 millones de personas, en ausencia de guerra, catástrofes naturales o destrucción masiva deliberada de su infraestructura petrolera?

Una pregunta que se conecta con debates más amplios sobre el desarrollo, los países del llamado “Sud global” y el papel de la dotación natural de recursos —hidrocarburos, metales y minerales estratégicos, “tierras raras”, agua— en las trayectorias históricas de crecimiento y desarrollo o estancamiento.

Para intentar esta tarea, que considero esencial a los venezolanos, me apoyo en cuarenta años dedicados a la indagación directa sobre el sector petrolero en Venezuela y sobre la más amplia estructura industrial del país, incluyendo empresas privadas y públicas, nacionales, extranjeras o mixtas y de diversa talla. Trabajo académico y de consultoría, particularmente desde la UCV-CENDES, en el Laboratorio de Innovación y Aprendizaje (LIA) y en el CEPED/IRD, Francia 

Nos basamos en una lectura cuidadosa de la historia económica y política del país, desde la época colonial hasta la actualidad, y en una crítica a la “maldición de los recursos” y al “rentismo” o las teorías dominantes del desarrollo en países ricos en recursos naturales. En otras palabras, consideramos que el caso venezolano no se entiende adecuadamente solo con la noción de “rentismo petrolero” ni con las explicaciones de la “maldición de los recursos”. Proponemos centrar la atención en las fallas históricas de gobernanza petrolera y en las mentalidades de las élites responsables de diseñarla y sostenerla a lo largo de más de un siglo.

Desde los años noventa, una amplia literatura nacional e internacional ha convertido a Venezuela en un caso emblemático de “Rentismo” y de la llamada Resource Curse Thesis y de la “paradoja de la abundancia”. Esta literatura sostiene, en líneas generales, que:

La abundancia de recursos, especialmente petroleros, induce “rentismo”  o “rent seeking”, debilita las instituciones, concentra poder en el Estado y genera políticas económicas ineficientes. Adicionalmente, se produce la conocida “enfermedad holandesa”, con apreciación cambiaria, desindustrialización y fragilidad fiscal.

Frente a ese enfoque, hay dos líneas de crítica académica relevantes:

Di John (2009, 2011), quien muestra, para el caso venezolano, que no existe una relación necesaria entre abundancia de recursos y “rentismo”; más bien, son las opciones políticas e institucionales concretas las que explican resultados divergentes.

Pérouse de Montclos (2014, 2024), en referencia a Nigeria, concluye que la llamada “maldición de los recursos” oculta la responsabilidad profunda de las élites locales y del gobierno en los problemas del delta del Níger; así que la “maldición” es síntoma de mala gobernanza, no su causa.

Desde nuestra perspectiva, el caso venezolano se presenta como un ejemplo extremo que refuerza estas críticas: un colapso petrolero masivo sin guerra, sin destrucción bélica generalizada, sin agotamiento geológico y con sanciones relativamente tardías.

Por ello, proponemos sustituir la categoría “rentismo petrolero” por la de fiscalismo: un régimen histórico en el que la gobernanza petrolera se orienta a maximizar y centralizar el ingreso fiscal en el Estado, relegando sistemáticamente los objetivos de desarrollo industrial y productivo de largo plazo. Entonces, el petróleo no explica el subdesarrollo. El “rentismo” no es causa, sino resultado de un tipo específico de gobernanza petrolera. Los problemas venezolanos se entienden mejor como fallas de diseño institucional, reglas fiscales, incentivos y control político. Por tanto, no son efecto de una “maldición” inherente al recurso o un “rentismo” inherente a las particularidades de la formación del precio en los mercados internacionales del petróleo (Babtista, 1979 y 2010).

Si revisamos comparativamente otros casos de países petroleros que atravesaron guerras, ocupaciones, sabotajes masivos o sanciones severas: Rumanía, Kuwait, Irak, Siria, Nigeria, México, Brasil, Colombia, etc. En todos ellos se observan:

Destrucciones importantes de infraestructura.

Caídas temporales significativas de la producción.

Procesos costosos de reconstrucción.

Sin embargo, en ninguno de estos casos se registra un colapso prolongado y profundo de la producción petrolera comparable al venezolano, que pasa de un máximo histórico de 3,45 millones de barriles diarios (diciembre de 1997) a solo 392 mil barriles diarios en julio de 2020, y se mantiene deprimido durante años.

Además, el caso ruso tras el colapso de la URSS, con una caída del 50 % respecto del pico de 1988, ilustra que incluso en contextos de crisis sistémicas severas es posible estabilizar y reconstruir la producción.

En Venezuela, por el contrario, la caída es:

Prolongada: más de dos décadas de declive (1999-2021).

Profunda: reducciones superiores al 80 % respecto del máximo histórico y del promedio de 50 años.

Paradójicamente acompañada de un aumento masivo de las reservas probadas, producto de inversiones orientadas a la certificación de reservas (Plan Siembra Petrolera) mientras se descuidaba la capacidad productiva.

El resultado es una relación reservas/producción (RPR) desproporcionada: hasta 926 años de explotación al ritmo de producción actual, una cifra absurda desde el punto de vista económico e indicativa de una estrategia de gobernanza severamente distorsionada.

En paralelo, el país sufre:

Desmoronamiento económico (pérdida de más del 80 % del PIB entre 2013 y 2021).

Hiperinflación prolongada, una de las más largas de la historia moderna.

Deterioro social extremo: más del 90 % de la población bajo la línea de pobreza, más del 70 % en pobreza extrema (ENCOVI 2021).

Crisis humanitaria compleja, reconocida por organismos internacionales.

Todo ello en un contexto donde la industria petrolera ha estado en manos del Estado desde 1976 y donde la Constitución de 1924 centraliza en el tesoro nacional el control sobre el subsuelo y sus recursos.

Así pues, es útil ubicarnos en la genealogía de la gobernanza petrolera y de las mentalidades de élite durante más de un siglo de pensamiento venezolano sobre el petróleo, que va desde Alberto Adriani, Uslar Pietri, Betancourt y Pérez Alfonzo o Gumersindo Rodríguez hasta Baptista, Mommer, Chávez, los dependentistas y los ideólogos del “socialismo petrolero del siglo XXI”. Lo que encontramos, desde muy temprano, es que se consolida en las élites una visión “fisiocrática” y moralista que:

Valora el trabajo agrícola como “producción verdadera”.

Ve el petróleo como renta pasajera, potencialmente corruptora y destructiva.

Concibe el uso legítimo de la renta como instrumento para “sembrar el petróleo” en la agricultura y, secundariamente, en la industria no petrolera. Un marco mental que se refuerza con:

El trauma del bloqueo naval de 1902-1903 por parte de potencias europeas, que alimenta un nacionalismo soberanista defensivo.

La influencia del marxismo y del antiimperialismo durante el siglo XX, que refuerzan una lectura del petróleo como campo de batalla geopolítico y de las compañías internacionales como fuerzas depredadoras.

El auge de discursos ecologistas y dependentistas que presentan a Venezuela como “sociedad petrolera dependiente” y al petróleo como fuente de destrucción ambiental y social.

Así que el resultado es una “leyenda negra del petróleo” (Straka, 2016) que atraviesa distintos momentos ideológicos (liberal-reformista, socialdemócrata-Keynesiamo, dependentista, bolivariano-socialista) manteniendo invariante la sospecha hacia el petróleo como motor directo de desarrollo industrial.

Entonces, apoyándonos en Castoriadis y en la tradición venezolana de estudios sobre mitos políticos (García Pelayo, Carrera Damas, Pino Iturrieta, entre otros) afirmamos que un Imaginario Social Instituyente del venezolano sobre el petróleo (ISIVP) se organiza en torno a algunos mitos estructurantes:

El mito de la “Venezuela agropecuaria”, país idealizado de pequeños y medianos productores, que el petróleo habría desvirtuado.

La consigna “sembrar el petróleo”, formulada por Uslar Pietri en 1936, que adquiere rango de divisa nacional y se convierte en criterio moral y político para juzgar la acción del Estado.

La idea de que el petróleo ha transformado a Venezuela en “país rentista, flojo y corrupto”, destruyendo una supuesta economía agroexportadora basada en el “trabajo honesto”.Un componente religioso-místico: el país habría sido una “Tierra de gracia” bendecida por la naturaleza, corrompida por la “riqueza fácil” extraída de las “oscuras profundidades de la tierra”.

Este imaginario trasciende partidos, regímenes y doctrinas: es asumido, con variaciones retóricas, por liberales reformistas, socialdemócratas, dependentistas y chavistas. En particular, el chavismo retoma explícitamente la consigna “sembrar el petróleo” y la presenta como núcleo de su proyecto económico y social, a la vez que declara “agotado” el modelo de “economía rentista petrolera”.

Así pues, subrayamos un rasgo paradójico: incluso los líderes que han administrado las mayores bonanzas petroleras (Carlos Andrés Pérez y Hugo Chávez), pero también Maduro y los demás lideres maduristas, se legitiman invocando la necesidad de “superar el rentismo” y “sembrar el petróleo”, mientras reproducen o radicalizan formas de fiscalismo y centralización estatal.

Nuestra hipótesis es que este ISIVP tiene una dimensión performativa: al funcionar como “palabra mágica” legitimadora de políticas públicas, contribuye a producir precisamente el colapso que desde los años treinta se anunciaba como profecía. De allí la idea de “profecía autocumplida”: las estrategias diseñadas bajo la consigna “sembrar el petróleo” terminaron por impedir una inserción productiva y competitiva de Venezuela en la economía de los hidrocarburos y, en última instancia, llevaron al colapso de su industria petrolera.

Sobre estas bases empírica e histórica, la hipótesis de fondo puede resumirse así:

No es el petróleo, sino la forma en que Venezuela ha gobernado el petróleo —su gobernanza petrolera— lo que explica la paradoja de un país con inmensos recursos hidrocarburíferos y un colapso económico y social sin precedentes.

Las nociones de “maldición de los recursos” y “rentismo petrolero” captan síntomas, pero no causas. La causa profunda se encuentra en un fiscalismo crónicamente sobredimensionado, anclado en un imaginario agropecuario y soberanista, que bloqueó durante más de un siglo la posibilidad de construir un proyecto de desarrollo industrial moderno basado en las ventajas comparativas de los hidrocarburos y en la innovación competitiva.

Así pues, en enero de 2026, cuando el presidente Trump consulta públicamente a los ejecutivos petroleros sobre sus expectativas al respecto de Venezuela, luego de la captura de Nicolas Maduro, Darren Woods, director de ExxonMobil califica al país como “uninvestable” o “no apto para inversiones”, precisando que había problemas legales y políticos de largo plazo que atender; mientras que Harold Hamm, magnate estadounidense del sector, más diplomático, dice: Venezuela tiene «sus desafíos». Algunos días más tarde, el director ejecutivo de ConoccoPhillips, Ryan Lance, afirma que su prioridad con Venezuela no es perforar pozos sino recuperar los 10.000 millones de US$ de indemnización decidida en sentencias de árbitros internacionales. Mientras que Chevron, que todavía opera en Venezuela, no ofrece más que un pequeño aumento, con dos años de plazo, en el rango entre 60.000 y 125.000 barriles diarios adicionales. 

En síntesis, las grandes empresas petroleras entienden muy bien que el reto de la reconstrucción llevará entre 10 y 15 años y requerirá una financiación externa masiva. Por tanto, nadie puede garantizar cual será el carácter de la gobernanza petrolera de Venezuela en los próximos 15 ó más años. Y eso es un pesado factor de incertidumbre, a la luz de más de un siglo de centralización y monopolización del Estado, que alcanzó un grado absoluto en los últimos 27 años. 

En resumen, nuestra perspectiva apunta a demostrar que el desarrollo exitoso con los hidrocarburos, como con cualquier otro recurso estratégico, depende estrechamente del régimen de gobernanza. En el caso de la gobernanza petrolera en Venezuela, ponemos en evidencia que ella necesita una base política y social y una visión de país centrada en la transformación industrial del petróleo, el gas y sus derivados y no en una gobernanza donde el apetito fiscal, o “Fiscalismo”, está por encima de las expectativas de desarrollo económico e industrial permanente. “Fiscalismo” en tanto que la gobernanza privilegia la maximización de ese ingreso petrolero y su centralización y control en el Fisco nacional, por encima de otras opciones que apunten a una mejor y más directa atribución o a los estímulos directos al desarrollo industrial competitivo. 

Entonces, el reto mayor no es hoy una apresurada nueva Ley de hidrocarburos y otras medidas o concesiones que intentan convencer a las grandes petroleras internacionales para correr el riesgo con Venezuela. Esos no son más que los apuros circunstanciales de los estratos políticos actualmente gobernantes en Venezuela y en Estados Unidos. Aún mayor será el reto de formar una nueva generación de profesionales al servicio de una visión económica de largo plazo. Además, las empresas extranjeras también necesitarán de personal local formado a todos los niveles. El panorama todavía no está claro y se requieren importantes cambios legales y políticos que restablezcan la confianza externa y la de los venezolanos, los de adentro y los de afuera, que tendrán que invertir su tiempo y esfuerzo personal y patrimonial para, con una visión de largo plazo, acompañar la lenta y difícil recuperación. Los inversionistas extranjeros saben que no comenzarán a ver una recuperación sino pasados un buen número de años y todos deberíamos saber que será crucial superar muchos errores de gobernanza y la fuerza de las mentalidades que están detrás de ellas, algo que no han querido hacer, o no han sabido cómo, los gobiernos que se han sucedido desde J. V. Gómez (1908-1935) hasta N. Maduro (2013-2026).

Referencias:

Baptista, Asdrúbal. 1997 y 2010. Teoría Económica del Capitalismo Rentístico. IESA, 1997 y BCV. Caracas.

Di John, Jonathan. 2009. From Windfall to Curse? Oil and Industrialization in Venezuela. 1920 to the Present. The Pennsylvania State

University Press.

Di John, Jonathan. 2011. “¿Is There Really a Resource Curse? A Critical Survey of Theory and Evidence”. Global Governance 17(2).

Encovi (Encuesta Nacional de Condiciones de Vida). Realizada regularmente desde 2014 por equipo técnico de UCAB y UCV. https://www.proyectoencovi.com/.

Pérouse de Montclos, Marc-Antoine. 2014. » Oil curse, State instability and violence in developing countries: theoretical lessons for Nigeria” IFRA-Nigeria papers series n°32

Pérouse de Montclos, Marc-Antoine. 2024. “Nigeria, la fabrique de la malédiction du pétrole dans le delta du Niger”. Éditions de la Sorbonne, ISBN: 979-10-351-0912-7.

Straka, Tomás, comp. 2016. La Nación Petrolera: Venezuela, 1914-2014. Universidad Metropolitana, Caracas. (Texto de Nueva Economía, Año XX, N° 34, 2011)

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