La revista Vogue México y Latinoamérica, perteneciente al conglomerado Condé Nast, incorporó el libro Venezuela, un museo imaginario en su lista de recomendaciones literarias imprescindibles de 2026.
De acuerdo con los criterios de selección de la revista, cada título incluido atraviesa un proceso de evaluación basado en su calidad técnica, originalidad y la relevancia temática dentro de categorías que abarcan desde la narrativa hasta los denominados Coffee Table Books.
Esta distinción colocó a la producción nacida desde una organización sin fines de lucro en el mismo estante de editoriales globales de alto perfil.
Para Andreína Suárez, presidenta de la Fundación Flor de la Esperanza y editora del libro, el reconocimiento validó un esfuerzo que inició con el objetivo de documentar la memoria visual del país, y trascendió hacia una plataforma de validación del talento plástico local en el extranjero.
“¿Qué sentimos todos en el equipo de Flor de la Esperanza cuandoVogue México nos nombró en su revista? Cuando recibimos la llamada, sentimos esa emoción profunda que nos confirmó que cuando las cosas se hacen con cariño, con propósito y buscando la excelencia; trascienden”, dijo Suárez en entrevista para El Diario.
La noticia del reconocimiento llegó en un momento en que la institución se enfocaba en la distribución local del ejemplar, por lo que Suárez explicó que el origen de la propuesta, vinculada al trabajo social en comunidades vulnerables, añade una capa de significación al logro al demostrar que la excelencia editorial puede emerger de fundaciones con propósito social.

La visibilidad del arte venezolano en la región
El impacto de este hito incidió en el posicionamiento de la plástica venezolana frente a la crítica y el mercado latinoamericano. Históricamente, el país ha gozado de una posición de vanguardia en el arte del continente, y este libro se presenta como un documento de validación que certifica la vigencia de los procesos creativos nacionales ante una audiencia global.
Asimismo, Suárez destacó que el éxito es compartido con un ecosistema de artistas que han mantenido su producción.
En ese sentido, para la presidenta de la Fundación Flor de la Esperanza este reconocimiento en una plataforma de alcance masivo sirve como una invitación a coleccionistas y estudiosos para volver la mirada hacia la producción contemporánea de Venezuela.
“Esto no pudo hacerse sin el equipo maravilloso que nos acompañó. Este logro de que nos hayan nombrado en una revista de ese nivel y en una plataforma en Latinoamérica de ese calibre refuerza que es un logro de toda Venezuela, no solamente nuestro. Es de nuestros artistas plásticos que han trabajado siempre por mostrar lo bello que tiene Venezuela y preservar su cultura”, añadió la editora.
La coordinadora editorial subrayó que la intención del libro es restituir el lugar que la historia del arte venezolano ha ocupado tradicionalmente. Al ser incluido por Vogue, la obra adquiere una dimensión de objeto de estudio, lo que facilita que los nombres de los 50 artistas seleccionados circulen en nuevos espacios de legitimación.
“Esto vuelve a poner el arte venezolano donde siempre estuvo, donde siempre debió estar. Venezuela tiene una historia artística súper respetada en Latinoamérica, pero en los últimos años había tenido una visibilidad como debilitada. Ahora se nos abre una ventana nuevamente y le dice al mercado y a la crítica: aquí hay talento vigente, potente y contemporáneo. Aquí están los artistas plásticos entregados a luchar por el país y a creer en él”, resaltó Suárez.

Una selección basada en la diversidad generacional
La curaduría de la obra fue un proceso de complejidad técnica que recayó sobre Elida Salazar, Trina Itriago y Gabriela Benaim. El reto consistía en condensar la identidad de la plástica venezolana en 50 exponentes, sin pretender establecer un canon absoluto, sino una puerta de entrada para comprender la multiplicidad de visiones que conviven en el país.
Suárez enfatizó que la responsabilidad de esta selección se asumió con el objetivo de representar la diversidad en las generaciones y lenguajes, por lo que el equipo curatorial buscó testimonios que representaran el florecimiento de la plástica en el contexto actual, que sirva como un legado para las generaciones futuras.
“¿Cómo se logra condensar un país en 50 artistas? No fue una tarea fácil, pero se hizo con muchísima responsabilidad y sobre todo con humildad. No pretendíamos definir a Venezuela, sino simplemente abrir una puerta para entenderla. Por eso la curaduría era indispensable. Eran tres personajes del arte venezolano en distintas facetas de este”, dijo la experta.
El diálogo entre los artistas consagrados y los emergentes constituyó el corazón narrativo del libro. Los maestros proporcionaron la base histórica y la identidad necesaria, mientras que los jóvenes creadores aportaron la visión de futuro y la evolución de los discursos, una unión que aseguró que la obra fuera percibida como una muestra viva.
“Buscar la diversidad en las generaciones, los lenguajes, fue lo que nos hizo llegar a esta maravillosa obra literaria. Venezuela no es una mirada, son muchas voces conviviendo en el mismo espacio. El diálogo generacional es esencial. Los grandes maestros nos dan raíz, historia, identidad, dejan un legado, mientras que los artistas emergentes nos muestran el presente y el futuro”, destacó la editora.

Humanización del arte en Venezuela, un museo imaginario
Más allá de la reproducción de las piezas, la obra busca profundizar en la psicología del creador a través de siete capítulos y textos redactados por Claudia Cordido, con los que se intenta acercar al lector a los procesos de resiliencia que atraviesan los artistas plásticos.
Suárez acotó que entender la historia personal detrás de la obra permite que el arte se convierta en una experiencia conectada con la realidad humana.
“El libro no es solamente una memoria, es continuidad. El criterio final fue consolidar un documento que sirviera como un testimonio del florecimiento de ese arte nacional que las nuevas generaciones tendrán en el futuro. Para nosotros conocer al artista, al ser humano detrás de las obras es indispensable”, añadió.
En cuanto a la ejecución técnica, la producción fue un proceso colaborativo. El diseño gráfico, liderado por Pedro Quintero y desarrollado junto a Fabiana Abreu, se planteó con el objetivo de acompañar la visualidad de las piezas sin saturar al lector. La calidad fotográfica y la selección de locaciones fueron fundamentales para cumplir con los estándares internacionales exigidos para un Coffee Table Book.
“El arte no es solamente una obra, es una historia, es la forma en que cada artista ve la vida, es su recorrido de resiliencia, de búsqueda y de encuentro. Cuando entiendes al artista, terminas entendiendo y conectando con su obra desde otro punto de vista”, indicó la presidenta de la fundación para El Diario.
Agregó que es en ese proceso en el que el arte deja de ser lejano y se convierte en algo más profundo y humano, debido a que saber quién es la persona y la historia detrás de esa obra tiene mucho más valor que el producto en sí mismo.

El desafío editorial y la misión social
La consolidación de un libro que abarca a más de 50 artistas representó un reto logístico. En ese sentido, Suárez detalló que la coherencia del discurso se logró gracias a especialistas como Elida Salazar, cuya experiencia en museografía e historia del arte permitió estructurar los capítulos como una experiencia fluida.
“Entre Pedro, Fabi y yo logramos que el libro no compitiera con las obras de arte que estaban adentro, sino que más bien las acompañaran. Además, un trabajo increíble de fotógrafos, de locaciones, de aliados que hicieron posible que este libro tuviera la calidad que se muestra en cada imagen, en cada detalle. Tenemos un equipo súper comprometido con mostrar el arte venezolano con la dignidad y la belleza que se merece”, señaló.
Esta armonía visual se complementó con un riguroso proceso de jerarquización de contenidos a través de la labor editorial, que consistió en articular las diversas trayectorias y lenguajes plásticos bajo un hilo conductor que evitara la fragmentación, y permitiera que el lector transite por la obra como si recorriera las salas de una exhibición física.
“Son más de 50 artistas, diferentes formas de mostrar el arte y muchísimas historias. El reto era que todo se sintiera como un solo recorrido, como una sola experiencia. Y ahí sí trabajamos en conjunto. Nos dedicamos a decidir qué iba a haber en cada capítulo y qué representaba cada capítulo. De verdad fue un trabajo retador, emocionante y siento que nos hizo graduarnos como editores de este libro maravilloso”, puntualizó Suárez.
Otro de los aspectos relevantes es el impacto social del libro, ya que las ventas están destinadas a financiar los programas de alimentación y educación de la Fundación Flor de la Esperanza, la cual apoya a más de 1.500 niños en condiciones vulnerables. Esta vinculación entre la cultura de alta gama y la asistencia social directa define el carácter del proyecto.
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