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sábado 30 de agosto 2025
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Yondri, el vendedor ambulante

Texto de Kesarted Aer.

Uno es pasajero y uno va pasando en esta vida.

Parte I: De cómo Yondri llegó a ser

A pesar de la timidez, yo siempre me he considerado un chismoso y un metiche. Cuando veo a aquellos influencers preguntar a los transeúntes qué define al caraqueño y no saben qué responder, estoy yo, detrás de la cámara, muriéndome por gritar la respuesta que siempre ha sido muy obvia: no hay nada más caraqueño que las camioneticas por puestos.

No importa si eres de los que se la pasa en Yummy o si solo puedes permitirte el Metro, todos nos vemos acosados por el cornetazo furioso de la camioneta que casi se lleva al motorizado. Ellas están en todas partes: las oímos pasar frente a nuestra casa, escuchamos la playlist salsera del conductor, y, si somos suertudos, escuchamos “¡La parada, por favor” o “¡Llévame pa’ tu casa pues!”. No importa dónde estés: clase, trabajo o acostado en la cama, mientras estés en la ciudad oirás a lo lejos la batalla de graznidos camioneteros.

Por supuesto, nadie nunca presta atención a la cotidianidad caraqueña, les fastidia el caos de la ciudad, pero a mí no. He aprendido a amar el caos porque hace a la vida divertida. Armando Rojas Guardia decía que el escritor debe aprender a vivir poéticamente, ser receptor de la belleza en lo grotesco de la cotidianidad y acatar la magia del día a día que suele ser ignorada.

Claro, aquella magia se suele perder cuando el colector quiere cobrar el pasaje más caro y apenas te alcanza para pagar porque eres un pobre estudiante de Letras que no tiene ni para comprar un tequeño diario. Cómo los odio, van aumentándole cinco bolívares todas las semanas, como si nadie se diera cuenta. Cuando les reclamas, comienza una guerra interminable que sabes que perderás, porque para ellos, cuando se trata de inventar nuevas reglas callejeras, son los más estudiosos de la ley, fieles defensores de una gaceta ficticia y etérea. Esta es su rutina diaria: pelear con viejitas y estudiantes muertos de hambre. 

Todos somos sumisos en la camioneta, pero yo, a veces, me paso de tonto. Sin importar qué tan alto sea el volumen de la playlist del conductor, no protesto y me quedo tranquilo. A veces, me pregunto si me quedaré sordo por el retumbar de las cornetas o por el de mis audífonos de $5 que intentan, pobremente, hacerles competencia. Casi siempre, sobre todo por las noches, me queda solo cerrar los ojos y dejarme llevar por el viaje, disfrutando de las violentas caricias del viento cuando se cuela en ráfagas por las ventanas al agarrar velocidad en la carretera.

Aunque el ventarrón me deshaga los rizos y llegue a la universidad con peinado de nido de pájaro, disfruto tener la ventana abierta y vislumbrar aquel mundo terrestre que, posiblemente, nunca recorra a pie. Mi mirada se pasea por esos efímeros espacios liminares con desasosiego o, dicho en caricuarense, veo bodeguitas en las que nunca voy a comprar y me siento como triste porque nunca podré conocer el mundo a plenitud. En el extenso camino el mundo se abre más y más. Todo se ve lejano y aterrador.  

A veces uno desearía no tener tantos problemas existenciales en las camionetas, pero es inevitable, soy un moribundo estudiante de Humanidades al que apenas le alcanza contar con ellas para volver a casa. De noche tengo dos opciones: irme de pie, muerto de cansancio, o hacer una cola kilométrica y llegar a casa quién sabe a qué hora. Por supuesto, siempre escojo la segunda opción. Ya tengo mi metodología, conozco las colas y sé que, cuando las cabecitas lejanas se tambalean, está avanzando. De lejos me pongo a contar el espacio metafísico dentro de los buses, llenándolos con las personas restantes en la cola para calcular cuál será la camioneta en la que me tocará irme. Casi siempre la pego con exactitud; cuando no, es porque tengo hambre. Pero qué rabia cuando me toca la que tiene las luces led y la cornetica encima de los asientos. Me pregunto qué mal estaremos pagando a quienes nos toca irnos en esa discoteca móvil. Qué mal estaremos pagando los que nos toca irnos en esa discoteca móvil.

Pero es aquí, dentro de este mundo transeúnte-camionetero de Zona Rental, donde entra nuestro protagonista: el superhéroe sin capa que le pone un alto momentáneo al hambre del estudiante o al antojo de las señoras que salen del trabajo, ese vendedor ambulante al que he apodado Yondri. 

Desde que empecé a estudiar en la Universidad Central de Venezuela, Yondri siempre ha estado en la parada de Zona Rental-Zoológico/Caricuao. Al principio, antes de tomar lo cotidiano como algo interesante o digno de ser contado, solo era el vendedor que iba y venía. Le compraba gomitas, algo que recuerdo vívidamente porque estaban muy baratas y yo adoro los gusanitos ácidos. Su presencia se hizo constante en el camino de vuelta a mi hogar. Oír su voz, su pregón de todos los días, se volvió parte de mi rutina; tanto así que era como un personaje secundario en la historia de mi paso por la academia. Cuando Yondri no venía y, en cambio, se montaba a vender una señora u otro hombre, me negaba a comprarle así me estuviese muriendo de antojo. Hubo una época, cuando escribía constantemente en mi diario, en la que Yondri aparecía casi todos los días y yo narraba lo que le compraba: Cocosette, Oreo, chupetas Pin Pon, Doritos, Samba, Flips, Tip top, chicharrones Pigsy, caramelos Bonbonbum y de tamarindo, platanitos, a veces Natuchips, a veces TOM, entre otros.

Un día, reunido con otros tantos literatos de primer semestre como yo, hicimos un ejercicio de escritura en el que debíamos retratar lo fantástico de la cotidianidad y yo decidí hablar de Yondri. A continuación, les presento la crónica inédita que escribió mi yo del pasado, deseoso por conocer al humano detrás de este oficio.  Sin embargo, esta crónica no acaba acá, porque, spoiler alert, mi yo del presente cumplió con el capricho: entrevisté al verdadero Yondri sobre su situación como vendedor ambulante. Sus respuestas pueden cambiarte la vida… ¡o no! Nos veremos en la tercera parte.

Parte II: Crónica sobre Yondri, el vendedor ambulante

Hay un vendedor ambulante en la parada de autobuses quien, así no tenga dinero para comprarle siquiera un caramelo, me tienta a hacerlo cuando lo veo. No es porque cuente con una gran variedad de chucherías o porque tenga un excepcional carisma, no; sino porque me he inventado tantas veces su historia en mi mente que ahora lo considero un amigo más al que debo apoyar, así sea con la pelusa del bolsillo.

Han pasado varios meses desde que me di cuenta de su constancia en mi monótona existencia y ahora es inevitable no esperarlo. Lo apodé Yondri, porque aunque suene estereotípico y poco correcto, ese fue el nombre perfecto: pegajoso y memorable. Debía ser Yondri, Yendri o Yonatan, uno de esos tres. No me interesaba saber su nombre real; con el pasar del tiempo se asentó como Yondri en mi mente, y enterarme de que se llama Juan, Alberto, José o Manuel sería como enterarse de que tus padres son el niño Jesús o que el ratón Pérez es la tía Patricia. Se llama Yondri, no hay otra manera.

Él no ha cambiado nada, parece que el tiempo no le afecta. No se ha hecho un piercing, no se ha hecho un tatuaje, no se ha dejado el bigote y tampoco permite que el cabello le crezca por más de tres dedos. Es un hombre moreno, larguirucho, pero con músculo para cargar las dos cajas y tres bolsas con los productos usuales. Ese es Yondri, con su voz alargada, seseo, elisión de eses finales, pérdidas de d intervocálicas y otras tonterías lingüísticas. Tiene buen volumen de voz, con proyección suficiente para no ser molesto. Oírlo subirse es como oír a Dios, porque sé que la “bodega móvil” me va a matar el antojo. Su discurso nunca fue como el de cualquier otro que vende chucherías por vender. Yondri es Yondri, no hay otro como él.

Nuestras interacciones no pasan del “¿En cuánto tienes la Susy?” y su respuesta sólida y concreta que me hace darle el dinero. Es un simple intercambio: dinero por chuchería; pero a veces me deja preguntándome muchas cosas y me quedo viéndolo pasar de asiento en asiento, esquivando a personas con habilidad de maestría.

¿De dónde será?, ¿cuáles serán sus sueños?, ¿siempre quiso ser “La bodega móvil”? Parece que se le da muy bien, porque lo veo a diario desde el mediodía hasta las 10:00 pm. Si no está cargando la yincana, está en la bodega inmóvil, frente a la parada de Las Adjuntas, pasando un punto o, simplemente, sentado. ¿Vivirá cerca de Plaza Venezuela?, ¿qué hará Yondri en su tiempo libre?, ¿cómo se divertirá?, ¿irá todos los fines de semana a tomarse una cerveza con sus panas o prefiere quedarse en casa contando el dinero y pensando en su próxima inversión?, ¿qué diablos pasa con Yondri cuando los hambrientos necesitamos alimento y él es reemplazado por alguien más?

Hoy me rugía el estómago del hambre que sentía mientras hacía la cola del autobús, con dinero en mano, esperándolo llegar. A veces se queda afuera, mientras los pasajeros esperan la camioneta, comprando dólares o vendiendo cigarrillos, pero no lo veía y estaba desesperado. Me senté, casi de rodillas, rezando para que Yondri apareciera y poder comprarle algo, cuando, de pronto, el pregón: “¡Cómo está, familia! Aquí la bodega móvil pasando por su asiento”. Sentí que volvía a la vida. Mis adentros se llenaron de paz y Pingüinitos, bendito sea cuando tiene Pingüinitos.

Hoy aprendí a verlo como un héroe, pero uno que me deja una incertidumbre que me intranquiliza. ¿Qué pasará con él?, ¿cuánto tiempo más me durará? No soporto la idea de que se vaya porque creo que no notaré su ausencia enseguida, y cuando lo haga, me sentiré culpable. Me sentiré vacío al saber que Yondri ya no está y que un cualquiera de Petare, Antímano o Guarenas tuvo que venir a reemplazarlo con discursos mal estructurados y timbres de voz fastidiosos. Y si Yondri deja de venir, ¿qué haré yo con esa incertidumbre de no saber a dónde se fue?, ¿se habrá ido a vivir a otra ciudad con toda la plata reunida?, ¿habrá podido ahorrar lo suficiente?, ¿le subieron el alquiler y tuvo que irse a vivir con su posible hermano a Barquisimeto?, ¿habrá pagado sus deudas y se habrá dedicado a algo menos agotador?, ¿lo habrán contratado en una empresa?, ¿se habrá metido en un problema con los de la línea de autobuses y lo habrán vetado?, ¿habrá tenido algún problema con un malandro y encontraron su cuerpo en una zanja? ¡No quiero ni imaginarlo! Yo prefiero que Yondri siga apareciendo como un personaje misterioso, sin pasado o futuro, vendiendo gomitas y caramelos. Prefiero ser yo quien no pase por ahí más nunca a que él deje de existir en la cotidianidad caricuarense. Por favor, si llega a irse, que se despida de nosotros, que lo anuncie con trompetas, que deje una carta de renuncia clavada al muro o al poste de electricidad de la parada, porque en ningún noticiero jamás se preocuparían por hablar de algo trivial como la partida de un vendedor de chucherías, a ellos no les importa. Pero a mí sí, a mí sí me importa y me angustia no saber qué ocurrirá con él.

Parte III: Preparaciones ansiosas para una entrevista

Por dos años aquella crónica permaneció así, sin un punto más o un punto menos. Yondri siguió siendo un personaje recurrente, infaltable, a quien nunca le hablé más allá del “¿Cuánto cuesta esto?”, con mi voz tímida y ansiosa. Pero todo cambió cuando empezamos a leer las crónicas de Clarice Lispector en clase. Era posible dar cuenta de lo cotidiano de la vida y preguntarle a una persona por sus sueños, por lo que hace y por lo que quiere hacer. Había oportunidad de expandir su historia.

Comencé a hacerme la idea de entrevistar a este hombre y dar cuenta de él como ser humano y no como la ficcionalización que yo había creado en mi mente. Preparé las preguntas con base en mi crónica y me moría de ansias. Poco tiempo antes conocí a Alejandro, un compañero de la Escuela de Letras que también usa esos autobuses , así que le conté y le fascinó la idea. De hecho, me contó algo que, así sea una estupidez para cualquiera, me abrió las puertas a un lado de Yondri que desconocía totalmente.

—Sí, marico, yo lo he visto irse. Eran como a las 11:00 pm. No sé dónde guardó el toldo, la mesa o la silla, pero metió las chucherías en una bolsa negra y se fue en una moto.

—¡¿En una moto?!, ¡¿él solo?!

—No, marico, alguien lo vino a buscar.

Y yo aluciné. ¿Alguien vino a buscar a Yondri?, ¿quién sería?, ¿un amigo?, ¿un hermano?, ¿un amante? Así fue como, movido por el chisme y por el estilo jocoso de Clarice Lispector, modifiqué algunas preguntas.

El día de la entrevista practiqué con varias amigas. Estaba nervioso como si lo tuviese al frente. Ellas, a modo de chiste, respondieron con estereotipos que solo me inquietaron. ¿Qué haría yo si las preguntas lo ofenden?, ¿cómo reaccionaría yo si cae en lugares comunes y solo dice “yo solo trabajo. Yo solo le echo bolas a la vida, hermano. Estoy ocupado, déjame trabajar”?, ¿cómo hago para sacarle el jugo?, ¿cómo hago para hacerlo hablar?

Me dio tanta ansiedad hacerlo solo que tuve que esperar a Alejandro para que me acompañara, aunque en el camino me había empezado a arrepentir.

—¿Y si está en modo “bodega móvil” y no me quiere responder porque está ocupado?

—Le pides que lo hagan por WhatsApp.

No quería eso. No quería la autocorrección y autocensura de un mensaje de texto, yo quería al humano, a la persona real para que me respondiera con sus errores o sus miradas incómodas de “Déjame trabajar en paz, acaba esto de una vez”. Yo estaba preparado para lo peor y, por suerte, no estaba en la parada, lo encontré en la “bodega inmóvil”.

Alejandro se quedó atendiendo una llamada mientras yo me acercaba decisivamente y le pedía al hombre una entrevista. Él le pasaba el punto a una señora y me respondió que no tenía problema, aunque me miró con desconfianza. La señora, por otro lado, fascinada por mi iniciativa, empezó a hablar de lo mucho que lo admiraba y lo ponía de ejemplo en su trabajo por ser un luchador, guerrero, resiliente y otras cosas que, en lugar de sonar positivas, sonaban condescendientes. Mientras ella hablaba, Yondri pasó el punto varias veces a otras personas. Cuando por fin pude correr a la señora, él se mostró listo para responder mis preguntas. Gracias a Dios no se presentó diciéndome su nombre, yo me lancé a preguntar y olvidé ese pequeño gran detalle que, más adelante, me carcomería.

Me dio su consentimiento para grabar; así que lo que leerán a continuación es Yondri, la persona real, respondiendo con sus propias palabras las torpes preguntas de un miserable estudiante de Letras.

Parte IV: La entrevista al ser humano

—¿Eres de Caracas?

—Sí, soy de Caracas. De San Agustín del Sur.

—Siempre te veo por la parada de Caricuao, ¿por qué elegiste ese lugar en específico?

—Porque es céntrico. Es céntrico para el comercio, pues, y hay mucha movilización de gente.

—¿Con qué nombre presentas tu trabajo a los demás?, ¿te haces llamar vendedor ambulante, dueño de un pequeño negocio, emprendedor o qué nombre utilizas?

—Emprendedor.

Hasta ese momento no sentía que había conexión entre entrevistado y entrevistador, y me quería morir. Obvié de la transcripción: “¿Emprendedor?” y su respuesta “Sí”, para no sentirme patético. Tenía miedo de que continuara así, no quería que la entrevista fuese tan tiesa, así que le solté la primera pregunta divertida.

—¿Cuál es tu chuchería preferida?

No lo pensó dos veces, sonrió con diversión.

—Yo no soy amante de las chucherías. 

—Porque no como chucherías. Así voy a crecer más rápido.

Reí nerviosamente mientras él me veía con cara de “¿Ya terminaste?”.

—¿Cómo es tu día típico como vendedor? Cuéntame sobre tu rutina.

—Fuerte, en el sentido de armar el negocio. Hay clientes que son fuertes, que también son, ¿cómo te digo? maleducados. Hay clientes que vienen molestos hasta de su propio hogar y quieren agarrarla con gente de la calle, entonces uno se cala todo eso en el día. Uno va absorbiendo todo eso en el día y es mucho estrés. No es fácil tampoco, en el sentido de los policías,  el “Quítate”, el “Ponte”, “No puedes estar ahí”. ¿Sabes?

—¿Y qué pasa cuando cierras?, ¿cómo haces para cerrar el día? —Pregunté yo, esperando que me hablara sobre la persona misteriosa de la moto.

—Recojo las chucherías, organizo todo, saco mi contabilidad, ¡Mi hermano! —saludó a alguien que pasaba y que lo llamó por su nombre, el cual no pude oír— saco mi contabilidad, lo que vendí en el día y guardo para saber lo que estoy guardando en el depósito.

Le pregunté sobre el depósito y me señaló una reja frente a las paradas de autobuses, una que pensé serviría de estacionamiento, pero no. Le pregunté cómo guardaba sus cosas allí.

—Bueno, este, cómo te digo. Yo antes guardaba más adelante, por Sabana Grande, y cerraron ese depósito. Ellos mismos resolvieron: “Vamos a hacer un depósito aquí, para que ustedes sepan”, y guardamos ahí ahora.

Entonces, como pésimo interrogador, lo interrumpí para preguntarle si le cobraban por eso y con esa repuesta se asomó el verdadero Yondri, Yondri empresarial, el vendedor y contable:

—Claro, todo en Venezuela lo cobran —se rio—. Hasta esta entrevista la puedo cobrar.

Ambos reímos; él genuinamente, yo con nervios, calculando mentalmente cuántos bolívares me quedaban en la cuenta para ver si le compraba algo y no sentirme tan culpable por robarle tanto tiempo. Rápidamente cambié el tema a otra pregunta más personal.

—¿Cuál es tu canción favorita?, ¿qué música escuchas?

—¿Qué música escucho? ¡Salsa! —dijo con gusto, con un tumbao— La salsa. Mi canción favorita… Hay muchas, pero mi cantante favorito es Héctor Lavoe.

Omití de la transcripción mi “Qué buenos gustos” y su “Sí”, porque me parecieron irrelevantes. Aunque terminé escribiéndolos de todas maneras.

—¿Desde cuándo te dedicas a vender?, ¿por qué elegiste este oficio?

—Me dedico a vender desde que hubo el apagón nacional de Venezuela. Empecé viajando cuando estaba la crisis económica, que no había alimentos en Venezuela, que se conseguían pocos alimentos, las colas, y existía lo que llaman “El bachaqueo”. Empecé viajando para Cúcuta, Colombia, a traer mercancía. Traía mercancía, le vendía a los kioscos, las bodegas mayormente. Como mayorista les vendía yo. Hasta que un tiempo los viajes ya no me estaban dando el porcentaje de ganancias, que yo sacaba la cuenta y cada vez me dejaba menos porcentaje por la inflación del país, que subía a cada rato.

Decidí lanzarme a la calle a vender, en el sentido de que la compañera que estaba conmigo —sospeché de una amante, lo que tuvo sentido más adelante— me dijo: “Bueno, si no te está dejando margen de ganancia, lánzate a la calle a vender”. Yo decidí ir a vender en la calle y me fue bien al primer día, caminando como vendedor ambulante, como lo llaman así “vendedor ambulante”, y me fue bien, así sucesivamente y dije “no, me voy a ir al centro de Caracas, que es Plaza Venezuela, porque es una zona de, como quien dice, de transferencia”, pues, que circula bastante gente en el día, porque los que vienen de Los Teques caen aquí, los que van pa’ Petare caen aquí, ¿sabes? Los que vienen de Petare también, si van a agarrar por el centro caen por aquí.

Entonces conocí esta parada que era nueva en ese entonces y me quedé aquí, porque vi el flujo de gente, aquí se mueve prácticamente la mayor parte de la población del oeste de Caracas.

La entrevista se interrumpió un momento para tomar una foto al comprobante de un pago móvil. Como me quedé callado, me exigió la siguiente pregunta y me sentí apenado. La siguiente pregunta era muy personal y no quise exponerlo frente a otros, así que cambié el orden.

—¿Cuáles son los mayores desafíos que enfrentas en tu día a día?

—La lluvia, el sol, mi hermano. Cuando el sol está ardiente uno está quemado, mira, ve —se subió las mangas de la camisa— doble color de piel. Este es un color y este es otro color —le pregunté si se pasaba todo el día parado—. No, me siento también, en el banquito. Aquí en el negocio (la bodega inmóvil) también trabaja mi sobrino y yo trabajo, como lo llaman, de vendedor ambulante: caminando todo el día, subiéndome en la camioneta, ofreciéndole productos a la gente…

Se tomó una pausa para vender un agua mineral y un cigarrillo, y señaló al comprador y se rio:

—Así como clientes como él es el día a día, sabes: que quieren algo fino y están pagando lo que es ¿sabes? —carcajeó y siguió pasando el punto y cambiando billetes.

—¿Qué querías ser de pequeño?

—¿De pequeño, mano? Quería ser contador público. Sí, estudié hasta el segundo semestre de Contaduría Pública, pero la situación país —se le hizo amarga la sonrisa—… No tenía un apoyo así realmente, como quien dice, económicamente para estudiar, pero me decidí a trabajar. Estudié en una universidad en Catia, pero también estudié en el Centro Contable de Venezuela e hice cursos de Contaduría Pública, pero tampoco los terminé. Llegué hasta el módulo 5 —pregunté si le gustaría terminarlos—. Sí, sí. Cuando esté estable y tenga realmente un negocio estable sí me voy a decidir a terminar mis estudios.

—¿Cómo se ve el futuro para ti?, ¿qué tienes en mente alcanzar ahora?

—Ser comerciante, un gran comerciante.

—¿Hay alguna historia particular o alguna anécdota que te haya marcado en tu tiempo como vendedor?

—Cuando uno va surgiendo, en el sentido que uno va agarrando bastante capital, me han pasado bastantes cosas, como la gente… Traiciones —ahí fue interrumpido para hacer un avance de efectivo de 50 bolívares—. Sí, traiciones, como de pareja, de amistades que se me han ido con plata. He prestado plata y no me la han querido pagar.

Continuó pasando el punto mientras yo creaba escenarios dramáticos en mi mente. En un momento, me dijo que no subiese la grabación porque en ella salían los datos personales del comprador y me dio mucha vergüenza no haberme dado cuenta antes. Me disculpé. Ambos nos reímos, pero me dijo que había una señora que quería comprar y, como nos vio ocupados, se fue. Me sentí culpable y apresuré el final con una de las preguntas que, para mí, era la más importante.

—¿Qué es el amor para ti?

—¡¿El amor?! En estos tiempos enamorarse, no… Está complicado porque he pasado por decepciones —le pregunté si tiene que ver con su trabajo—. Sí, estoy más enfocado en el negocio que en el amor. Pero enamorarse es bonito, eso está escrito en La Biblia, el amor es una cosa bonita.

—Si pudieras enviarle un mensaje a la gente que conocerá tu historia, ¿qué les dirías?

—Que se enfoquen en el trabajo. Que nada en este país es regalado, todos los servicios uno los tiene que pagar, todo, los estudios. Por eso es que este país no ha salido adelante, porque la gente quiere que todo se lo regalen: quieren ir, pasar la tarjeta de gratis. Por eso es que este país no se ha desarrollado. Quieren montarse en el Metro gratis, que todos los servicios de agua sean gratis. Están acostumbrados a que se les regale todo.

—¿Hay algo más que te gustaría añadir o que consideres importante que la gente sepa sobre tu vida o tu trabajo?

—El esfuerzo. El esfuerzo que hago todos los días. Pararme a diario, saber que tengo que trabajar siete días a la semana sin descanso porque es un trabajo diario —pregunté por sus vacaciones—.Agarro vacaciones los primeros 15 días del año, pero el resto del año no. Este año gracias a Dios conocí una isla paradisíaca de Venezuela, que es La Tortuga, una maravilla de Venezuela. Me dedico a eso, a conocer lugares de Venezuela a los que nunca he ido y reúno mi plata, hago un fondo para eso, para que cuando me toque irme de vacaciones visitarlos.

Empecé a despedirme, cuando, por sorpresa, él sacó su teléfono y empezó a mostrarme fotos de una tortuga en el mar. Su teléfono tenía una muy buena calidad de imagen y procedió a mostrarme fotos familiares, él en un atardecer, nadando, en una lancha. También me enseñó fotos de su viaje a Morrocoy, Falcón, me contó sobre su hermana chef que volvió de Colombia. Galipán, él y un abrigo. El Ávila. El Junquito. Me contó sobre sus ganas de conocer Los Roques y que, posiblemente, el año siguiente lo haga.

—Para eso trabajo. Uno es pasajero y uno va pasando en esta vida —concluyó.

Al ver que la entrevista ya había terminado, Alejandro se acercó y le compró unas gomitas que luego me regaló. Sentí que el círculo se había cerrado y me despedí muy efusivamente de Yondri, quien también había terminado con una sonrisa y una expresión completamente distinta a la que tenía cuando comenzó la entrevista. 

 Si lo ven, apóyenlo. Cómprenle algo. Quiero que ahorre lo suficiente para que termine su carrera de Administración.

En cuanto a su nombre, yo ahora cargo con mucha culpa. Yondri murió como aquel personaje etéreo en mis fantasías de escritor. Ahora es una persona real, de carne y hueso, pero sin nombre. Me da pena preguntárselo después de esto, así que seguiré comprándole chucherías cuando pueda. Pero con pena, claro que sí, mucha, mucha pena.

Me siento realizado como escritor, al menos por ahora. Sentía una responsabilidad de contar a Yondri, ese personaje que vemos tan cotidiano que se deshace y se pierde en nuestro recuento del día a día. Creo que lo logré, esperemos que no se moleste conmigo.




La entrada Yondri, el vendedor ambulante se publicó primero en El Diario.

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