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domingo 5 de abril 2026
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Venezuela: la arquitectura de una elección controlada, por Alfonzo Bolívar

Venezuela no se encamina necesariamente hacia una transición democrática. Lo que comienza a configurarse es algo más sofisticado y, por ello, más peligroso: la construcción deliberada de una elección controlada, diseñada no para transferir el poder, sino para legitimarlo bajo nuevas condiciones geopolíticas.

Detrás de los movimientos recientes del entorno de Delcy Rodríguez y de la operación política dirigida por Jorge Rodríguez, se percibe un patrón claro. No es improvisación. Es método.

Una estrategia en tres tiempos: narrativa, medición y control

El oficialismo ha entrado en una fase que todo estratega político reconoce: la preconfiguración de un proceso electoral antes de su anuncio formal.

Primero, la construcción de narrativa. Se ha intentado reposicionar la imagen del poder, suavizando el discurso ideológico, moderando el lenguaje y proyectando una supuesta apertura. La retórica ya no es la confrontación permanente, sino la estabilidad, la reconciliación y la recuperación económica. No es un cambio de fondo. Es un cambio de forma orientado a ampliar aceptación.

Segundo, la prueba de aceptación social. La presencia en actos públicos, la exposición mediática y los nuevos formatos comunicacionales no responden a la gestión de gobierno, sino a mediciones políticas. Se evalúa reacción, se calibra rechazo, se identifican nichos de oportunidad. Es, en esencia, una campaña sin declararse como tal.

Tercero, la preparación del terreno institucional. Aquí reside el núcleo de la estrategia. El sistema no necesita romper la legalidad para imponer su voluntad; necesita reinterpretarla. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela ofrece una herramienta clave: la figura de la “falta absoluta” del presidente. Bajo ese mecanismo, podrían convocarse elecciones en un plazo de 30 días.

El punto crítico no es jurídico, sino político: cuándo y cómo se decide activar esa figura.

La oportunidad geopolítica: legitimidad a cambio de estabilidad

El contexto internacional ha cambiado. Estados Unidos y otros actores han comenzado a priorizar estabilidad energética y control migratorio sobre exigencias democráticas estrictas. Venezuela, con sus vastas reservas de petróleo, vuelve a ser relevante.

En este escenario, el poder en Caracas ha comprendido que no necesita elecciones perfectas. Necesita elecciones aceptables.

Un proceso que cumpla con ciertas formalidades, que permita participación limitada, que incluya actores opositores funcionales y que pueda ser presentado como un paso hacia la normalización. Eso es suficiente para destrabar relaciones, aliviar sanciones y reinsertarse en el sistema financiero internacional.

La ecuación es clara:

apariencia de democracia a cambio de reconocimiento externo.

El factor María Corina Machado: legitimidad sin estructura

En contraste, María Corina Machado representa hoy la mayor legitimidad popular dentro del país. Pero su fortaleza es también su vulnerabilidad.

Su ausencia operativa dentro del territorio, las restricciones institucionales sobre su movimiento y la imposibilidad de competir en igualdad de condiciones la colocan en una posición delicada frente a un escenario de elección acelerada.

Si el poder decide activar el mecanismo electoral bajo condiciones controladas, la ecuación cambia:

no gana quien tiene más apoyo, sino quien logra participar dentro de las reglas impuestas.

La pieza clave: la oposición fragmentada

Ninguna elección controlada es viable sin competencia administrada. Aquí entra el rol de sectores opositores dispuestos a participar bajo condiciones limitadas.

La existencia de una oposición fragmentada, con actores que priorizan espacios de poder sobre condiciones democráticas, facilita el diseño de un proceso electoral donde la competencia existe en apariencia, pero no en esencia.

Este modelo ya ha sido utilizado en otros contextos:

elecciones con múltiples candidatos, pero sin verdadera posibilidad de alternancia.

La hipótesis central: una legitimación programada

El escenario que se perfila no es accidental. Es secuencial:

Se consolida una narrativa de estabilidad y apertura.

Se mide la aceptación social del nuevo discurso.

Se ajustan las condiciones institucionales.

Se activa un mecanismo constitucional en el momento oportuno.

Se convoca a elecciones en tiempo limitado.

Se restringe la participación de los actores con mayor capacidad competitiva.

Se valida el resultado con reconocimiento internacional.

Esto no es una transición. Es una legitimación programada.

El riesgo real: la normalización de un modelo híbrido

Venezuela podría convertirse en un caso emblemático de lo que la ciencia política denomina un sistema híbrido:

un régimen que combina elementos formales de democracia con prácticas estructurales de control.

El peligro no radica únicamente en la manipulación electoral. Radica en algo más profundo:

la aceptación internacional de ese modelo como suficiente.

Porque una vez que la comunidad internacional valida un proceso imperfecto en nombre de la estabilidad, el incentivo para mejorar desaparece.

El poder no se está retirando, se está reconfigurando

Lo que está ocurriendo en Venezuela no es la antesala de una transición democrática tradicional. Es la evolución de un sistema que ha aprendido a adaptarse.

El poder no se está debilitando.

Se está reorganizando.

Está construyendo narrativa, probando aceptación y preparando el terreno institucional para un momento clave:

el instante en que una elección deje de ser un riesgo y pase a ser una herramienta.

Cuando ese momento llegue, la pregunta no será si habrá elecciones.

La verdadera pregunta será:

si esas elecciones representarán la voluntad del país o la consolidación definitiva del poder que las organiza.

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