jueves 19 de febrero 2026
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Una poética idealista

En las clases de Teoría de la Literatura que imparto en la Universidad de Málaga comienzo siempre con un propósito que podría parecer excéntrico: durante los primeros 15 minutos (antes de abordar los fundamentos críticos de diversas metodologías, de distintas corrientes hermenéuticas y de variados y densos marcos conceptuales) nos dedicamos a leer poemas.

No los sometemos aún a la glosa técnica y totalizadora. Tampoco los forzamos a que confiesen su estructura interna ni su trasfondo histórico. Simplemente los dejamos suceder como quien abre una ventana en los cielos mojados de la tarde y permite que la luz se mezcle un poco con la vida práctica. Surge así una lectura que produce un paréntesis de olvido contra la inercia de las prisas universitarias. Y me gusta pensar que gracias a esos primeros 15 minutos de la sesión se va modificando, poco a poco, la temperatura del aula. Hay estudiantes que traen consigo a la asignatura su biografía íntima, su secreta turbulencia, su trasiego a menudo invisible para el docente. Y quiero imaginar también que la lectura de un poema, como estadio previo a lo áspero de la teoría literaria, ordena los focos mentales y convierte la dispersión en atención para que el alumnado, por lo general, pueda prolongar la experiencia originaria de la poesía con la apremiante inmediatez de una misión vital: superar los créditos del grado.

Si no me equivoco, decía Hans-Georg Gadamer, el gran renovador alemán de la hermenéutica estética, que comprender significa, en todo momento, un acontecimiento del lenguaje, es decir, un diálogo donde tradición y presente se entrelazan en la dimensión ontológica del logos. Es por esta razón que, a mi juicio, más que aplicar una metodología estricta sobre un determinado texto conviene antes participar en una lectura de poemas donde ser y esencia se entreveran. Cada estudiante devuelve al poema la pregunta de quiénes somos. Y es a fuerza de plantar interrogantes en el aire como crece el esquema arbóreo de la mirada en la pizarra. Pero nace entonces ya un afán de conocimiento regado por el interés genuino. Cuando T.S. Eliot insinuaba que la poesía constituye una forma tajante de depuración, creo que se refería al efecto que producen las palabras al aparecer dispuestas en función de la estimulante lógica de lo insólito: es ahí donde el espíritu logra sobrevivir al ruido que satura los entresijos cotidianos.

Los primeros 15 minutos en el aula son, llevados al fútbol, como los minutos de descuento de un partido clave. No hay que dar nada por sentado y, además, como espectadores de nosotros mismos, aspiramos a la realización segura de lo que acometemos. Así la vivencia se escapa a otras coordenadas, así surge la adherencia emocional en textos que, aunque antiguos, actualizan el horizonte donde atardece hoy igual que hace cientos y cientos de miles de años. Si la palabra poética penetra en las rendijas de arcaicas ceremonias, es porque hay en ella una vinculación arqueológica, así como hay una sílaba, una metáfora, un encabalgamiento que nos descubre ese espacio universal donde somos continuidad de la cadena evolutiva.

El poema adquiere ese relieve: un fragmento óseo que, al ser atentamente examinado bajo la lupa de lo minúsculo, revela paisajes enteros con sentido. Y, no obstante, esa trascendencia no es abstracta. La interpretamos sobre el pupitre, la subrayamos con notas al pie, la identificamos con otras formas de arte. Todas las preocupaciones que nos atañen (el amor, la vida, el tiempo, la muerte) abren posibilidades de lenguaje que resuenan contra el reloj inmutable de las atalayas de la historia. En el Viaje del Parnaso, Cervantes festeja el valor de la poesía como forma de resistencia que ennoblece al ser humano frente a las adversidades y las inclemencias éticas. Y Shakespeare (o Marlowe, según los conspiradores) entregaba a los endecasílabos la tarea de vencer la amenaza de nuestra condición efímera.

Por eso, cuando concluyen los primeros 15 minutos de calentamiento, de poesía que confía en preservar la salvación humana en dosis de belleza, la rigidez de la teoría literaria, de la disciplina estrictamente científica, se hace más auténtica. Y de ningún modo el análisis destruye posteriormente el objeto de estudio, pues no lo reduce a una red ecléctica de sistemas que ensombrecen la conciencia. Se diría que la poesía prepara el terreno, orienta el canto de lo sublime a las circunstancias mundanas de nuestro singular mapa del tesoro. Y el naufragio, así me gusta imaginarlo, sucede cuando nadie advierte la neblina que abarrota la respiración de un aula sin poemas. Por esto justifico que antes de la labor crítica y teórica, es necesario pasear por la orilla de la página abierta y al azar. Por eso en mis clases de Teoría de la Literatura no importa tanto un autor, una temática, un fetiche estético: se trata, en realidad, de fundar a ciegas una luz expansiva. La que nos pone el enigma frente a los ojos. Ahí se restituye el ser. Ahí se puede habitar poéticamente el mundo. Y mi poética docente, si bien idealista, es innegociable: la poesía en el aula ha de mantener su flotación como una nota sostenida en la partitura, como el ritmo cardíaco del atleta, como casi una fe, pero sin dioses. Con razón se atrevió a decir John Keats que: la belleza es la verdad, la verdad belleza

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