Texto de Erick Lezama.
Despierto sobresaltado a las 3:30 am. Sin espabilarme, todavía en la cama, le escribo a Manny: “Hola, buen día”. Como no me responde, minutos después le insisto con un sticker. Pero nada. “Mejor no lo molesto”, pienso. Hoy es el maratón para el que lleva meses preparándose y debe estar ocupado, imbuido en el ritual de tomar café y vestirse con calma mientras repasa el plan a ejecutar en la pista. Entonces me levanto de un tirón, me alisto tan rápido como puedo y salgo hacia el parque Los Caobos, el punto de partida de la carrera, con la esperanza de encontrar a Manny. Quiero darle un abrazo, desearle éxito.
En el trayecto, termino envuelto en una procesión que va en la misma dirección que yo. Gente, gente, gente, demasiada gente. Es extraño tanto movimiento, tanto entusiasmo, a estas horas en que la ciudad aún está a oscuras. Hace frío. Mucho frío. No me traje un suéter. El viento gélido me pega en la cara, pero no me detengo.
Llego a Los Caobos, que ya está abarrotado de atletas. Hay que pedir “un permisito, un permisito, porfa” para evitar tropezarlos. En la entrada, un animador, micrófono en mano, dice que son 6 mil corredores los que atravesarán Caracas de punta a punta: 2 mil harán 42 kilómetros (el maratón completo); mientras que 4 mil recorrerán 21 (o sea, la mitad). Aquí están unos y otros: se toman fotos, calientan (trotan, hacen sentadillas, se estiran, brincan, saltan la cuerda), beben café para terminar de despertarse, se embadurnan con protector solar y crema mentolada, y se desean suerte.
¿Dónde estará Manny?, pienso. Me dijo que llegaría a las 4:00 am y son las 4:40 am. Debe andar por aquí. ¿Cómo estará vestido?, ¿qué número lleva en su dorsal? No tengo esos detalles, pero sigo buscándolo. Aguzo la mirada. Hoy este bosque luce más iluminado que de costumbre, gracias a los postes portátiles que instalaron a lo largo de las caminerías. Hay corredores de Bolívar, Apure, Guárico, Amazonas, La Guaira, Delta Amacuro, Zulia… casi de cualquier rincón del país. Lo sé porque llevan pancartas o franelas que dicen sus lugares de procedencia. “Mérida representando”, reza una. “En Cumaná se corre bien”, leo en otra.
A lo lejos, como un eco, escucho al animador de voz grandilocuente insuflando energía sobre esta masa de deportistas ansiosos: “¡Vaaaaaaaamos, que hoy serán los héroes!”. También inyecta algo de tensión: “Este es uno de los maratones más difíciles de Latinoamérica”, comenta.
Tengo la impresión de que el tiempo está transcurriendo muy rápido. Ahora son las 5:40 am. Los Caobos ha comenzado a vaciarse. Los corredores están yéndose a la pista, a un costado del parque, pues esto está por arrancar. Ni modo: dejo de buscar a Manny y me paro a metros de la salida, desde donde escucho el Himno Nacional interpretado por una orquesta sinfónica. A las 5:50 am salen los atletas de movilidad reducida; a las 6:00 am, los corredores los “élite”; a las 6:05 am, el resto, “los mortales”, el pelotón del que forma parte Manny.
—Más que una carrera, esta es una cita de experiencias de vida: ahí van las historias de cada ser humano que ha decidido desafiarse, sobreponerse y llegar a una meta —grita el animador— ¡Nos vemos cuando salga el sol!
Atrapo la frase porque me resuena. El deporte revela mucho de la condición humana puesta a prueba: ofrece un espectáculo que nos permite asomarnos por un momento a los límites, las aspiraciones y la tenacidad de quienes se lanzan a la aventura de ganar, de superarse. ¿Qué es la gloria?, ¿cuánto cuesta alcanzarla?, ¿para qué sirve? Cada quien tendrá una épica personal con la cual responder.
Hace días, después de entrenar para hoy, Manny me narró la suya. Era una mañana de cielo azul. Nos encontramos en un parque de árboles frondosos bañados por un sol dorado y ahí, sentados en un banquito, me dijo:
—El asfalto puede ser testigo, compañía, desahogo y redención: el asfalto escucha y no juzga. Por eso es mi salvavidas. Lo ha sido una y otra vez.
*
Manny do Santos nació en Caracas, en 1971, en el seno de una familia de portugueses que llegaron a Venezuela buscando lo que Europa, devastada por la guerra, no podía ofrecerles. Tenía un año cuando quedó huérfano. Su papá murió de un infarto, su madre de cáncer. Entonces la hermana mayor y su esposo lo asumieron como un hijo. Cuidaron de ese niño que al crecer se convirtió en un adolescente un tanto rebelde. Comenzó una carrera universitaria, que abandonó porque no le interesaba. Trabajó como librero, como comerciante, como vendedor en tiendas por departamento, hasta que, para que sentara cabeza, su padre de crianza le propuso incorporarse al negocio familiar: una carnicería en el mercado popular de Quinta Crespo.
Se dio cuenta de que cortar carne no era cualquier cosa; el oficio tiene su ciencia y con el tiempo él fue aprendiéndolo. Entretanto, conoció a la mujer con la que luego se casaría y con la que tendría un hijo. Siguió abriéndose camino en el mundo de los frigoríficos y, ya convencido de que era bueno en ello, se fue a Portugal a probar suerte, pero no se halló, así que regresó.
Tenía 33 años. Era 2004. A los meses, salió a celebrar con unos amigos que la selección de Portugal había ganado un partido de la Eurocopa. Algunos de ellos dejaron en el carro unos fuegos artificiales. Manny encendió un cigarrillo, una chispa cayó en la pólvora y la bolsa con los explosivos comenzó a echar humo. Él, por reflejo, la agarró y, justo en ese instante, se produjo un estallido.
Manny sangraba a chorros, no soportaba el dolor punzante en las manos, rezaba padrenuestros, sentía que iba a morir. Lo llevaron al hospital y en la emergencia escuchó a los médicos decir que no había mucho que pudieran hacer:
—No hay nada que podamos reparar, nada que salvar.
Cuando se le pasó el efecto de la anestesia, Manny se encontró con que le habían amputado ambas manos. La recuperación fue lenta y —no podía ser de otro modo— le costaba asimilar lo sucedido. Andaba de mal humor, ensimismado, se le dificultaba entender su nueva corporeidad. Este complejo proceso fue haciendo mella en su relación de pareja: él y su esposa se distanciaron a tal punto que decidieron divorciarse. En buenos términos, eso sí.
Sintiéndose extraviado, Manny se fue a Estados Unidos con unos amigos, pero regresó a los meses porque quería estar cerca de su hijo: lo extrañaba; no quería perderse la experiencia de verlo crecer. Llegó a Venezuela, alquiló un anexo. Pocos días después, unos delincuentes lo allanaron y se llevaron todo lo que pudieron.
Manny, harto de los sucesivos infortunios, sentía que necesitaba distraerse, espantar las cascadas de malos pensamientos que no dejaban de inundar su mente, y fue por eso que se le ocurrió meterse en un gimnasio.
“Si eres payaso —se dijo viéndose en el espejo de esa sala de musculación— ¿qué vas a hacer tú aquí, si lo tuyo es estar al aire libre? Además, ¿con qué manos vas a agarrar las mancuernas? ¿Acaso no ves cómo te mira la gente?”.
En ese instante vio a un hombre corriendo en una cinta y se respondió: “Pues será eso”.
Así se abrieron para él las compuertas hacia un mundo posible. Porque a partir de entonces se hizo adicto a esa sensación de correr y correr y correr y correr hasta casi perder el aliento.
Con el tiempo, logró invertir en su propia carnicería. Y andaba entusiasmado con una agitada vida social marcada por el running: salía con amigos a entrenar, a carreras de fondo cada fin de semana, a comprar implementos deportivos. De hecho, fue corriendo que conoció a una chica de la que se enamoró. Se hicieron novios, se casaron, tuvieron dos hijos: una familia feliz.
Pero la llama de esos buenos tiempos se fue apagando. En degradé: poco a poco, sin darse cuenta, la cotidianidad se hizo latosa. La esposa de Manny se iba a correr mientras él se clavaba en el negocio. Ella avanzaba, él daba pasos hacia atrás. Ser el sostén económico del hogar comenzó a pesarle. La carnicería dejó de ser próspera y le demandaba mucha atención. Había una crisis en el país. Venezuela había caído en una espiral inflacionaria que diluía el dinero de la gente. Casi nadie podía comprar proteínas de origen animal. Alimentos que, de cualquier manera, muchas veces escaseaban. Cuánto costaba mantener los mostradores llenos. Manny pasaba el día sacando cuentas. Para mantener el negocio, se endeudó. Los intereses lo asfixiaban. ¿Cuándo comenzó a sentirse harto?, ¿cuándo quedó estancado? Todavía no sabe en qué momento dejó de correr definitivamente, ni cuándo engordó tanto: él, un hombre de 1 metro y 74 centímetros, estaba pesando 104 kilos.
Se sentía frustrado. Andaba cabizbajo. Ni se arreglaba. La barba le rozaba el pecho. No se reconocía, no quería que lo reconocieran. “Más bien quería disfrazarme, me daba pena que me vieran”, recuerda. Para colmo, llegó la pandemia de covid-19, y el encierro no hizo sino acentuar ese malestar macerado.
2020.
2021.
2022.
2023.
Todos esos años hundido, muy hundido.
Hasta que un día, algo —no sabe qué, quizá el instinto de sobrevivencia— lo impulsó un poco a flote. En un rapto de lucidez, tomó la decisión de vender la carnicería y, literalmente, salir corriendo: “Para reencontrarme conmigo y con la naturaleza, y para meditar y orar”. Y así apareció una motivación: correr el maratón CAF 2024. Porque había completado decenas y decenas de carreras cortas, y había hecho varios maratones, pero nunca uno en Caracas, su ciudad. Motivado, se cortó la barba y comenzó a levantarse temprano para entrenar. Tenía una meta a la que llegar.
Entonces vino la gran ola, el parteaguas.
Cuando faltaban tres meses para el maratón, su esposa le dijo que ya no lo amaba. Quería el divorcio, no había vuelta atrás. Punto y final.
—Sentí un dolor, un vacío, una desolación que ni siquiera cuando me amputaron las manos experimenté.
Esta vez la depresión pareció volver con los dientes más afilados. Manny solo pensaba en dejar de existir. Le dio vueltas a la idea. Intentó, sin éxito, quitarse la vida en esas semanas cansinas.
No sabía cómo conjugar esa frase manida de: “Volver a empezar”.
—Y yo solo corría… corría llorando, para escapar, para sacar la rabia, para animarme. Recuerdo que era diciembre, un diciembre triste; después vino enero, y yo con ese vacío aquí en el alma.
En febrero de 2024 corrió el maratón como quien nada a contracorriente. Le pesaban los pies. Sentía una maraña atascada en el pecho. Las lágrimas le trancaban la respiración. Seguía adelante con esa asfixia, con ese ahogo. Resolvió pararse de tanto en tanto a llorar un poco para poder seguir. De lagrimita en lagrimita, llegó al final.
“Me cumplí”, se dijo orgulloso.
—Fue como si el asfalto me hubiese hablado para decirme que podía encontrar sosiego, que no debía detenerme, que había un camino ahí…
De aquel día ha pasado un tiempo y cientos de kilómetros. Tiempo y kilómetros que han ayudado a cauterizar las heridas. Manny ahora sonríe más. Se ha ido reinventando. Vive en un nuevo lugar en el que le encanta pasar tiempo con sus hijos. Encontró un modo de subsistencia en el running: ahora no solo corre, sino que se hizo entrenador personal. Es su emprendimiento. Acompaña a ocho atletas, los monitorea, establece sus rutinas, lleva control de sus desempeños, comparte con ellos lo aprendido en todos estos años.
Varios de sus alumnos, de hecho, están corriendo hoy con él.
—Será la primera vez que correré siendo profe —me dijo aquel día que hablamos en el parquecito— creo que este maratón lo disfrutaré como ningún otro, pana. Será distinto. El Manny que estará corriendo es un nuevo Manny.
Por eso es que esta madrugada quería verlo y desearle éxito antes de la largada. Sé que aspira hacer el maratón en 4 horas y 30 minutos. Han transcurrido dos horas. ¿Por qué kilómetro irá?, ¿cómo la estará pasando?
*
Amaneció, ya amaneció.
Cuatro horas después, aquí continúo, al borde de la pista. Me conmueven los mensajes que leo en las pancartas de la muchedumbre que se ha volcado a animar a los atletas.
“No dejes de creer en la magia del momento: corre”.
“Solo los arrechos se atreven”.
“No importa el tiempo, importa hacerlo”.
“Un paso más es un paso menos”.
Estoy encaramado en un muro, cerquita de la meta. Tomo fotos, aplaudo, grito: “Ya llegasteeeeee”. Me emociono aupando a corredores a los que ni siquiera conozco: “Vaaaamos, tú puedes”. Me río al ver a “personajes superpoderosos” corriendo como cualquier mortal: ahí va el Chapulín Colorado; allá va Spiderman y más allá hasta Jesucristo. Cuánto ingenio. Cuánto desparpajo.
*
Converso con quienes tengo a mi alrededor, escucho con atención más historias de ese caudal que pasa frente a mis ojos:
Una mujer espera a su esposo y me cuenta que vino con él desde Guasdualito, estado Apure: “Él es sobreviviente de cáncer, su sueño era hacer la CAF. Cuando estaba convaleciente por la quimio, yo le decía: ‘De esta vamos a salir, vas a volver a correr’. Y mira, mira donde estamos hoy. Lo logramos”.
Una chica espera a su novio y me dice que el running le cambió la vida: “Antes bebía, era obeso y ahora está en la línea, se para tempranito a darle duro; se ha vuelto más disciplinado, más serio”.
Un muchacho espera a su esposa y me dice que ella, corriendo, superó la depresión que le detonó el cierre de la empresa de la que era gerente.
Una señora espera a su hijo, médico residente de pediatría del JM de los ríos, y me dice que él pone dinero de su bolsillo para comprar desde alcohol y gasas hasta desinfectantes para el hospital: “Corre para desestresarse de todo eso”.
Una tía espera a su sobrino y está angustiada: “Es su primer maratón, estoy ansiosa”.
Yo también espero, como todos.
Espero a Manny.
*
“Liberen a todos los presos políticos”, dice la pancarta que lleva una corredora.
“Liberen a todos los presos políticos”, grita un hombre al verla pasar, y agrega: “Basta de la dictadura”.
La gente aplaude.
Después se hace un silencio incómodo.
*
Miro el reloj.
Todavía falta.
Me enternece una escena que se repite una y otra vez: padres que se detienen instantes para arrancar del público a sus hijos y llegar con ellos al final. También hay padres que se lanzan a la pista para acompañar a sus hijos en los últimos metros. Algunos corredores llegan enteros, pero otros están regresando vueltos trizas. Al menos cinco se desploman al atravesar la meta y les tienen que alcanzar una silla de ruedas. Hay uno que llega con la entrepierna sangrante. No sé cuántos acalambrados, no sé cuántos desgarrados. Veo tanto sufrimiento como euforia y solidaridad. Muchos se abocan a “remolcar” a quienes les está costando seguir. ¿Qué se le puede decir a alguien que se siente al límite, a alguien a quien el cuerpo y la mente le gritan: “Ya, para, basta”? No lo sé, pero lo que veo aquí es que las palabras funcionan: se convierten en una grúa que arrastra a esos corredores fatigados hasta el momento fugaz, brevísimo, de la gloria.
La brisa agita los árboles, cae una llovizna de hojas secas.
¿Será que Manny ya llegó y no lo vi? Imposible. No me he movido de aquí. Algo debe haberle pasado. Ya se cumplieron cinco horas. ¿Estará bien?
*
El cronómetro general marca 5:10:01.
Allá parece que viene. Síííí, es él.
—¡Manny! —le grito, pero no voltea.
Intento grabar con mi celular ese instante y, enredado, no logro sino una fotografía borrosa. Aplaudo al verlo bajo la meta, y salgo corriendo al parque Los Caobos para tratar de encontrarlo. Es un tumulto de corredores, familiares, fotógrafos, paramédicos, patrocinadores. Detallo la foto que acabo de tomar: Manny tiene una gorra verde, una camiseta gris, su dorsal es el 1842.
Lo busco.
Lo encuentro 10 minutos después.
—¡Maaaaany! —lo abrazo, le pregunto qué tal le fue.
—Se sufrió, se sufrió…
Aún agitado y empapado de sudor, me cuenta que en el kilómetro 27, saliendo de Las Mercedes, comenzó a sentir un dolorcito en la planta de los pies.
—…Intenté adaptarme, cambié mi pisada, pero eso sobrecargó mis pantorrillas y el dolor aumentó…Pero gracias a Dios uno nunca está solo.
Yurmelys Bolaño, una de las atletas a las que él entrena, lo vio sufriendo y se quedó al lado de su mentor haciendo de grúa: le hablaba para distraerlo, lo animaba a no desistir. “Vamos, vamos, vamos”.
A Manny entonces dejó de importarle el tiempo. Bajó el ritmo, y siguió, disfrutando de los colores, del escándalo de las guacamayas, de la brisa: de esa sensación de paz tan distinta a la que experimentó el año anterior corriendo en esas calles.
—A veces las cosas no salen bien, pero no importa…
Hace un silencio, mira hacia la nada:
—…Lo disfruté, pana, lo disfruté —sonríe.
Entonces nos tomamos una foto y lo dejo ahí con su medalla, celebrando con algunos amigos esos 42 kilómetros que, me dice, le han ratificado que el asfalto es un salvavidas para continuar navegando; que siempre hay quien se queda cerquita, aunque el agua parezca tempestuosa.
Y que las calles, esas mismas calles, ahora lucen muy distintas.
La entrada Un salvavidas de asfalto se publicó primero en El Diario.