jueves 2 de abril 2026
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Pololo Arráiz: el maestro que convirtió el civismo en canto y dejó su voz sembrada en Barquisimeto, por Luis Alberto Perozo Padua

A cien años de su nacimiento, Napoleón “Pololo” Arráiz emerge como una figura irrepetible: educador, cronista y cantor de lo larense que entendió la escuela como trinchera moral

El salón huele a tiza húmeda y madera vieja. Afuera, el sol de Barquisimeto cae como una sentencia sobre el patio. Adentro, el profesor levanta apenas la voz, pero basta. “Usted no viene aquí a repetir, viene a pensar”, dice, mientras golpea suavemente el pupitre con los nudillos. Nadie se mueve. Nadie respira. El muchacho del fondo —Guillermo Luna, futuro gobernador del estado Lara— lo recordará como un instante decisivo. Así empieza todo: con un maestro que no enseña materias, sino destinos.

“No gritaba nunca… y sin embargo nadie se atrevía a distraerse”, recuerda el cronista barquisimetano Carlos Guerra Brandt, fijando la escena como quien vuelve a un lugar intacto.

Así empieza a dibujarse Napoleón Arráiz Rodríguez, “Pololo”, nacido en El Tocuyo el 2 de abril de 1926. Pero su historia no se deja atrapar por fechas: se reconstruye en la memoria de quienes lo vivieron.

Se forma en el Instituto Pedagógico de Caracas y regresa a Barquisimeto con una convicción que no negocia: educar ciudadanos. No técnicos, no repetidores, sino individuos capaces de convivir en libertad.

Según rememora Guerra Brandt, su idea era clara: “formar civilistas”. La palabra no era decorativa. Era programa.

Y entonces el aula deja de ser aula. Se convierte en laboratorio de país.

Durante décadas, Pololo atraviesa los pasillos del Liceo Lisandro Alvarado y del Mario Briceño Iragorry con una pedagogía que desborda el currículo. Enseña historia, sí, pero sobre todo enseña responsabilidad. Enseña normas, pero sobre todo enseña sentido.

“Él no estaba formando alumnos, estaba formando ciudadanos”, insiste el cronista, como corrigiendo cualquier intento de simplificación.

El civismo como oficio

Hay en Pololo una noción casi sacerdotal de la educación. Su trabajo no es empleo: es apostolado.

Combate la ignorancia, pero también la indiferencia. Insiste en valores que hoy parecen incómodos: respeto, tolerancia, decencia pública.

Su libro Formación Moral y Cívica no es un manual más. Es la extensión escrita de su magisterio: una guía para entender que la convivencia no es espontánea, se construye.

Quienes pasaron por sus aulas no solo recuerdan contenidos. Recuerdan una forma de estar en sociedad.

De allí salen profesionales, dirigentes, exgobernadores. Pero también —y esto es más importante— ciudadanos anónimos que sostienen la vida civil sin estridencias.

“Su mayor logro no fue lo que enseñó, sino lo que dejó sembrado”, apunta Guerra Brandt.

Un archivo vivo del habla larense 

Inspirado en relatos familiares —especialmente en su tía Natividad Reyes—, Los cuentos de mi tía política y otras tonterías preserva giros del lenguaje popular y sirve de referencia para estudios lingüísticos en la UCV. 

 

El cronista de la oralidad

Pololo entiende algo que muchos intelectuales pasan por alto: el lenguaje popular también es patrimonio.

En sus cuentos, recoge expresiones que no aparecen en diccionarios formales, pero que contienen la identidad de una región. No las corrige. No las estiliza. Las respeta.

Ese gesto —aparentemente literario— es, en realidad, político: preservar una forma de hablar es preservar una forma de pensar.

Su obra se convierte en material de estudio, pero antes fue una intuición: lo que no se registra, se pierde.

Serenatas y memoria

Hay otra escena.

Barquisimeto de noche. Ventanas abiertas. Voces que se elevan en coro. Entre ellas, la de Pololo, joven, participando en serenatas junto a otros bohemios de la ciudad. 

No es un pasatiempo. Es una extensión de su proyecto.

Escribe letras —incluso versiones del vals Como llora una estrella— que luego serán interpretadas por distintos músicos. 

Graba dos discos LP, conduce el programa Serenata producido por el canal regional Telecentro, impulsa corales.

Su convicción es simple y profunda: la cultura también educa.

La música, en su caso, no es ornamento. Es herramienta de identidad.

Una vida sin fisuras

“Todo el mundo le decía Pololo”, evoca el cronista.

No es trivial. En esa cercanía hay una clave.

El profesor no se separa del hombre. No hay doble discurso. Lo que enseña en el aula lo practica en la calle.

Sencillo, accesible, atento. Escucha. Conversa. Se involucra.

Además de educador, es columnista, compositor, promotor cultural, creador de una revista infantil. No se limita a un rol: multiplica su influencia.

Mantiene amistad con músicos, impulsa corales, participa activamente en la vida cultural larense. La educación, en él, no tiene fronteras.

El eco que permanece

El 17 de mayo de 2023 muere Pololo Arráiz. Pero la muerte, en este caso, es apenas un dato biográfico.

“Uno lo sigue viendo en la gente”, afirma Guerra Brandt, no como consuelo, sino como evidencia.

Está en el ciudadano que respeta una norma sin vigilancia. En el que habla con respeto. En el que entiende que la convivencia no es casual.

“Hoy hacen falta más Pololos”, insinúa el cronista Guerra Brandt.

Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿qué hicimos con esa educación que insistía en formar ciudadanos y no solo profesionales?

El salón sigue ahí. La tiza, el calor, el murmullo contenido.

Y en algún punto de la memoria, un hombre camina entre pupitres invisibles.

No levanta la voz.

No hace falta.

Porque lo que enseñó —si aún queda oído— sigue sosteniendo, en voz baja, la idea de país.

Luis Alberto Perozo Padua
Periodista especializado en crónicas históricas
luisalbertoperozopadua@gmail.com
@LuisPerozoPadua

Fotos: Colección del cronista Carlos Guerra Brandt

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