La historia suele tener un sentido de la ironía cruel. Entre 1936, el año de la Gran Huelga Petrolera, y 1975, la izquierda democrática venezolana (los adecos) trabajó sin descanso para que imágenes de sumisión institucional, a actores externos, no sucedieran más. Se luchó, se derramó sangre y se padeció carcel y exilio para que nunca más se le pasara revista en inglés a nuestros pozos petroleros y que el petróleo fuera de Venezuela. El objetivo era sagrado: que quien mandase sobre el petróleo de Venezuela fuera venezolano y hablase castellano.
Sin embargo, en este inicio de 2026 el país se ha topado con una realidad que desmorona décadas de retórica. Esta misma semana, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, protagonizó una escena que resume el signo de los nuevos tiempos: pasó revista a los pozos petroleros venezolanos hablando en inglés. A su lado, Delcy Rodríguez, presidenta encargada de una cúpula que hizo del “antiimperialismo” su única bandera, fungía como la ejecutora necesaria de una tutela que han aceptado por pura supervivencia.
En apenas 40 días, el chavismo gobernante ha entregado siete décadas de conquistas históricas. Bajo la lógica la Doctrina de Seguridad Nacional de EE UU de 2025 (el corolario Trump) y su enfoque de “orden y negocios”, el nacionalismo chavista ha revelado su verdadera naturaleza: un decorado prescindible cuando lo que está en juego es la permanencia en el poder.
El diagnóstico: la utilidad de la debilidad
Es un hecho que debemos analizar con frialdad: para la administración Trump, centrada en resultados tangibles y estabilidad operativa, el chavismo de Delcy Rodríguez está resultando más funcional que cualquier alternativa democrática. No es una cuestión de afinidad, sino de pragmatismo económico y geopolítico. Una cúpula carente de legitimidad de origen, cercada internacionalmente y debilitada, es un interlocutor que no tiene margen para negociar, solo para obedecer.
Esta ausencia de legitimidad se traduce en una docilidad que un liderazgo con respaldo popular masivo, como el de María Corina Machado, jamás podría permitirse. Mientras un gobierno democrático tendría que defender la soberanía y rendir cuentas a su sociedad, el chavismo —en su urgencia por obtener “legitimidad de ejercicio” ante su tutor exterior— está dispuesto a entregarlo todo, incluidos los símbolos y conquistas históricas. Han revertido de facto la Nacionalización de 1975 porque su prioridad ya no es el país, sino el reconocimiento de quien tiene el poder de decidir su permanencia.
Una capitulación anímica
Hay maneras de gestionar la crisis. Nadie discute que Venezuela necesita desesperadamente la inversión extranjera para recuperar sus industrias y su economía, pero se podría hacer con dignidad y marcos institucionales soberanos. Lo que presenciamos hoy es una claudicación anímica. Tras haber empujado al exilio a 350.000 profesionales calificados y vinculados a los asuntos públicos y la política y desarraigado a 8 millones de migrantes, el chavismo ha preferido arrodillarse ante el pragmatismo de Washington antes que abrir paso a una transición real, han preferido la tutela externa que transición entre criollos.
Ni la derecha más liberal de Venezuela se habría planteado jamás una entrega de tal magnitud. Es la paradoja final: quienes llegaron al poder prometiendo «liberación nacional» han terminado siendo los mejores administradores de una tutela extranjera que hoy supervisa desde la asignación de divisas en el BCV hasta la operatividad en un pozo petrolero.
Actuar sin ingenuidad: el poder blando democrático
Ante este escenario, es momento de actuar sin ingenuidad. La oposición democrática venezolana ha demostrado poseer un formidable poder blando en Occidente y, específicamente, en los centros de poder de EE UU; una capacidad de influencia que fue capaz de convencer a Washington de actuar contra el autoritarismo chavista. Debemos asumir con realismo que Estados Unidos se mueve por su propio interés y, en consecuencia, usar ese mismo poder de persuasión para lograr que la democracia sea, realmente, una prioridad tan urgente como el “orden y los negocios”.
Recuperar la soberanía requerirá de una política con mayúsculas y de un capital humano que hoy observa con tristeza esta entrega. El reto inmediato es utilizar nuestra influencia internacional para equilibrar la balanza, mientras paralelamente nos volcamos a reconstruir las capacidades políticas en el terreno, hoy minadas por años de represión y control social. Solo regenerando nuestra fuerza interna y nuestra utilidad estratégica podremos asegurar que el futuro de Venezuela se decida, nuevamente, en nuestro propio idioma y que Venezuela pueda ser libre, de nuevo, y de los venezolanos, una vez más.
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